Noticias del español

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| Paula Corroto
www.publico.es, España
Lunes, 27 de diciembre del 2011

«INCINÉRAME EL CILINDRÍN, TRONCO»

Los cambios en la nueva ortografía muestran la evolución que ha tenido el español en los últimos cien años.


«Todo diccionario es ideología». Esta frase pertenece al nuevo director de la Real Academia Española, José Manuel Blecua, y refleja que el lenguaje es resultado de cómo el hablante mira las cosas. Y hay dos razones por las cuales no siempre miramos de la misma manera: por necesidad aparecen conceptos para los que no existen palabras y han de inventarse como, por ejemplo, agujero negro del inglés blackhole o por lujo el hablante siempre intenta ser original, de ahí que hotel y restaurante hayan sustituido a fonda. Según manifiesta el lingüista y académico José Antonio Pascual, «en una generación, el léxico y el uso del lenguaje suele cambiar hasta en un 5 %». Ahora ha surgido el revuelo por cambios ortográficos como la tilde de guión, pero, definitivamente, así se escribe la historia de la lengua. Una conversación del siglo XIX hoy no sería tan fácil de entender.

Del estudio de estas modificaciones se encarga el Diccionario Histórico, cuya primera fase está prevista que culmine en 2017. A continuación, algunos de los cambios que albergará este diccionario.

Del estallido' a la explosión'

A lo largo del último siglo hemos perdido muchas expresiones casi sin darnos cuenta, ya que, como hablantes vivimos bastante poco en comparación con los años de historia que tiene nuestra lengua. Por ejemplo, hace cincuenta años era muy habitual decir «ha explotado una bomba», mientras que en la década de los treinta lo común era manifestar «ha estallado una bomba». Y en los últimos años cada vez más hablantes afirman que «ha explosionado una bomba». «Este es el lujo expresivo: buscar la originalidad», explica Pascual. Por otro lado, a comienzos del XIX tampoco eran nada comunes palabras como bar y hamburguesa. De hecho, esta última, obtuvo muchas reticencias por parte de los traductores, que a principios del siglo XX todavía la traducían como albondiguilla.

El deporte no siempre fue deporte

En ocasiones, los hablantes tienen que echar mano de viejas palabras para designar nuevos conceptos. Es lo que ocurrió a principios del XX cuando comenzó a inocularse la idea del culto al cuerpo. Apareció lo que muchos en sus inicios todavía llamaron sport. Sin embargo, otros hablantes se fijaron en la palabra deporte, cuya semántica era «ir al campo a disfrutar». Nada que ver con el esfuerzo y la competición. El vocablo caló aunque durante años ambos deporte y sport estuvieron en dura pugna.

La modernización de la sociedad y la llegada de numerosas personas a la ciudad procedentes del entorno rural también trajo cambios a lo largo del siglo pasado. De hecho, hoy apenas nadie recuerda lo que es una badila paleta de hierro para remover las brasas del brasero o un azufrador. Sin embargo, si las referencias rurales van cayendo en desuso, nuestra sociedad, cada vez más tecnológica, se ha hecho acopio de nuevos términos impensables para un chaval de hace cien años. Ciberespacio, chateo o confort, surgidas de la necesidad del habla, son, como dice el académico Pascual, «prácticamente de anteayer, aunque pensemos que hoy no podemos vivir sin ellas».

La criada ahora es servicio doméstico

Otro cambio sutil, pero bastante importante desde el punto de vista de la mentalidad del hablante es el que ha venido provocado por la tendencia de lo políticamente correcto. El académico Pascual recuerda que en su niñez «se hablaba en términos absolutamente brutales». Sin embargo, también cree que esta tendencia, en vez de facilitar la comunicación, nos está volviendo «unos cursis». Además, según él, refleja a «una sociedad cada vez más cínica, porque muchas veces con el cambio de la palabra lo que se hace es engañar». El mejor ejemplo es el de llamar a la criada, servicio doméstico. «No hay que cambiar para darle estatus, sino pagarles más y que tengan una mejor situación laboral. Lo otro es dar gato por liebre», asegura Pascual.

Qué pasa, tronco

Las jergas normalmente son tan efímeras que no llegan a tener presencia en los diccionarios de la DRAE. No así en el Diccionario Histórico. Es el léxico cuya vida más se parece a la de la moda. Por eso, si hoy utilizáramos expresiones de los jóvenes de los sesenta y setenta como «incinérame el cilindrín» (dame fuego para el cigarrillo) quedaríamos ridículos. Ahora bien, para un veinteañero de los años treinta era bastante guay biciclear montar en bicicleta, hoy totalmente desfasada. «La jerga tiene que ver con cierta rebelión juvenil, que existe en todas las épocas, y también con la labilidad de las palabras. Por eso cambia tanto con cada generación», asegura el académico.

A vueltas con el franquismo

«Un diccionario no es una organización del mundo, sino que intenta describir la realidad. Y la realidad no es unívoca. Un diccionario no debe buscar la verdad sino lo que socialmente se piensa de una palabra». Este es el mantra de la Real Academia Española al enfrentarse a la definición de palabras con carga ideológica. Ahora bien, como señala José Antonio Pascual, «está claro que las definiciones responden a la ideología dominante». De ahí que durante años, el catolicismo fuera una religión y el luteranismo, una secta. Ahora la RAE se enfrenta a la definición de franquismo para el próximo DRAE. La Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica ya ha pedido que refleje claramente su sino violento. Pero, de momento, este cambio, parece ir despacio. «En lexicografía las cosas no se hacen de hoy para mañana. Y van perezosamente», admite Pascual. A ver qué decide el hablante.

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