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| Andrés Martín
latribunadeciudadreal.net, España
Sábado, 19 de junio del 2010

ILUSTRACIÓN Y PEDANTERÍA

Nada más grato que leer u oír la opinión de personas que, gracias a su esfuerzo personal, han llegado al dominio de la ciencia o del arte. El diccionario está lleno de términos preciosos, que no son otra cosa que el reconocimiento universal a los méritos contraídos por estas personas singulares.


Desde sabio hasta insigne, pasando por conspicuo, eminencia, preclaro, ilustre o egregio, y me quedo aquí por no hacer la relación larga en exceso. No quiero, sin embargo, dejar pasar la ocasión de comentar, muy brevemente, el significado último de adjetivos tan admirables.

Insigne, acompañado del substantivo de que se trate (escritor, médico, ingeniero, etc.) es todo aquel que no precisa de signo ninguno para ser reconocido.

Si algún gracioso, con aire ingenuo, nos preguntara qué significa claro nos echaríamos a reír, pues hasta los niños saben la respuesta. Pues bien, preclaro significa claridad en grado sumo, es decir, brillante. Así pues, una persona preclara es alguien de la cual emana la luz propia del conocimiento profundo, en suma, de la sabiduría.

Preclaro tiene un hermano gemelo en ilustre que, en origen, quiere decir bañado de luz. En cuanto a eminencia, aparte del tratamiento dado en la iglesia a los cardenales, significa ‘elevado’, ‘sobresaliente’. Egregio, en fin, no está exento de cierto tinte humorístico, pues significa ‘el que está fuera de la grey’, vale decir, del rebaño.

Vemos que, en resumen, todo se dirige a señalar la excepción en grado superlativo. Pero no hay más que conocer, siquiera someramente, la vida y obra de los grandes hombres a lo largo de la Historia para extraer esta aleccionadora lección: Que cuanto más sabio se es, más humildad se manifiesta, y buen ejemplo de ello es la conocida frase de Sócrates: «Sólo sé que no sé nada».

Todo lo que hay por aprender es de tal magnitud que cabe la comparación con las aguas del mar. Por mucha agua que se extraiga siempre quedará más por extraer. Nadie mejor que el sabio para comprender esta sencilla comparación, de ahí que se muestre humilde y generoso. Y digo generoso porque nunca pedirá nada por enseñar, pues entiende la enseñanza como transmisión, y no como lucro.

Lo anterior viene a cuento de haber leído en una publicación comarcal un artículo curioso, y digo curioso porque el autor utilizaba no sólo citas en latín sino términos propios de aulas universitarias cuyo uso, a nivel popular, resulta fuera de lugar, por no decir ridículo. El ilustrado autor olvida o desconoce que «incurre en pedantería todo aquel que hace vano alarde de erudición, téngala o no en realidad», según la Real Academia Española. Además, si los lectores no entienden lo que están leyendo no merece la pena malgastar el tiempo en escribir.

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