Noticias del español

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| Juan Cruz
EPS (Suplemento dominical de El País) (Madrid, España)
Sábado, 19 de abril del 2007

IGNACIO BOSQUE: EL MONJE DE LAS PALABRAS

Da gusto hablar con este hombre; verle reír por un hallazgo gramatical, por una sintaxis bien construida; feliz en medio de sus centenares de cartapacios ordenadísimos en un mundo, el de su despacho, al que él, sin embargo, atribuye un insoportable desorden.


Un hombre feliz con las palabras, un hombre tranquilo que habla con la convicción de los apasionados. Ignacio Bosque. Tiene 55 años, nació en un pueblecito cerca de Hellín, Isso (Albacete), porque su madre quiso tener en su sitio natal a los cinco hijos. Hace nada, en Cartagena de Indias, durante el Congreso de la Lengua donde se presentó la que va a ser la primera Gramática panhispánica de la lengua española (que él coordinó durante 10 años y que publicará Espasa), Bosque fue llamado «el mejor gramático de la lengua española», y de él todo el mundo que le conoce dice que es un sabio. Él desmiente enfáticamente los elogios y los atribuye a la amistad, y si es por eso debe de estar rodeado de amigos. Académico de la RAE desde 1997, catedrático de Lengua Española de la Universidad Complutense, discípulo (uno de los predilectos) de Fernando Lázaro Carreter, estudiante en Berkeley durante los años 1974-1975 —donde aprendió que saber es saber pensar—, toca con orgullo sus libros y sus proyectos, y habla de ellos con la satisfacción de un entomólogo que hubiera descubierto una mariposa dificilísima. Su estudio está insonorizado, acaso para que no entre la música atronadora que le gusta oír a su hija, pero también quizá para reproducir el silencio del que también disfruta en la Academia cuando busca, con otros, las soluciones para esa especie de arquitectura del lenguaje que es la gramática. Quiso ser arquitecto, pero le fallaba el dibujo, y ahora, cuando ha pasado el tiempo, se ha dado cuenta de que quizá, en efecto, aquella vocación por construir sea como esta vocación por saber cómo construimos lo que decimos a diario. Fruto de esta pasión, entre otros, es Redes. Diccionario combinatorio práctico del español contemporáneo (SM), que él dirigió y en el que establece la relación que tienen las palabras entre sí como quien está relacionando a las personas entre ellas. Vive en Aravaca, un barrio de Madrid, y cuando entras en su casa sabes que lo haces en una especie de templo en el que él ejerce como un sabio (aunque no le guste que se le llame así) o como un monje de las palabras. Cuando te vas de allí, te sigue su risa, la satisfacción de vivir haciendo lo que le entusiasma.

Se le ve a usted tan feliz que lo es desde la infancia…

La verdad es que mi infancia fue muy feliz, en Alicante. Fui al colegio de los maristas, y tuve una buena educación. Hice el Bachillerato de ciencias. Me gustaba mucho la arquitectura, y me sigue gustando. Pero era muy malo en dibujo. Me gustaban los idiomas; llegué a creer que lo mío debía ser la filología moderna. Me llevó unos años darme cuenta de que mi propia lengua podía ser objeto de estudio.

¿Y cómo llega uno a esa conclusión?

Lleva tiempo. En los cursos comunes de filosofía y letras decidí estudiar filología hispánica, pero no sabía si haría o no investigación. No sé exactamente cómo ocurrió. Al principio no piensas que tu propia lengua pueda ser materia de investigación, quizá porque crees que el objeto de estudio debe ser siempre algo externo, algo ajeno. En Alicante no podía terminar la carrera, y me vine a Madrid, a la Autónoma. Allí fui alumno de Lázaro, mi maestro, que fue siempre para mí un estímulo extraordinario.

Y luego se fue a la Universidad de Berkeley, en California, un destino de entonces.

Fue gracias a Lázaro, que insistió para que me presentara a una beca de la Fundación March. Allí estudié con lingüistas de primera fila. He dado luego clases en Minnesota y en Ohio, pero es muy diferente ser alumno a ser profesor. La etapa de estudiante te cambia más profundamente, y a mí me cambió el tiempo que pasé en Berkeley. ¿Sabe usted lo que más me llamó la atención de esa etapa de estudiante?

No.

Que mis compañeros tenían verdadero entusiasmo por lo que hacían. La enseñanza en España era demasiado memorística. En EE UU me encontré con estudiantes que preguntaban todo el tiempo en las clases; los profesores ponían ejercicios muy creativos, para los que había que ejercitar la imaginación, hacer propuestas, argumentar, armar hipótesis, criticar, etcétera.

Acaso esa actitud de los estudiantes era un modo de ser de la sociedad…

Claro. El norteamericano medio está educado para ser creativo. El español está más educado para ser receptivo. Aquí percibimos quizá mejor el arte que allí. En Estados Unidos, la originalidad se valora muchísimo. Quizá excesivamente. Aquí uno escribe una tesis y la presenta como «una pequeña contribución» a su campo de estudio. Allí se supone que una tesis tiene que ser un descubrimiento, una propuesta innovadora, absolutamente original.

Y se vino con esa experiencia de entusiasmo a un país…

… en el que había muy poco de todo eso. Así es. Intenté aplicar las actitudes que había aprendido allí. Al principio resultó duro. Mis estudiantes esperaban que me limitara a «dar los apuntes». Los primeros años me tocaron grupos numerosos de alumnos vocingleros que tenían muy escaso interés por lo que estudiaban. Alguna vez me fui de clase dando un portazo. En fin, siempre he pensado que todos los profesores te enseñan algo, pero sólo unos pocos hacen que algo cambie en tu cabeza. Yo siempre he deseado estar en este segundo grupo. No sé si lo habré conseguido.

¿Cómo lo hace?

Para dar buenas clases no hay que estudiar muchos cursos de pedagogía. Es fundamental, por ejemplo, transmitir a los estudiantes la sensación de que ellos pueden descubrir algo.

Usted tuvo el estímulo de Lázaro.

Un gran estímulo. Me apoyó muchísimo. De hecho, si yo entré en la Academia fue porque él promovió mi candidatura, ya que yo no tenía particular interés en entrar en la RAE. Yo le decía: «Don Fernando, el tipo de lingüística que a mí me interesa no tiene nada que ver con la Academia». Pero él entendía que había que rejuvenecer la institución, que tenían que entrar profesores universitarios jóvenes.

¿Y qué lingüística es la que le interesa a usted?

Me atrae especialmente la relación entre el léxico y la sintaxis. Con Lázaro empecé a estudiar gramática generativa. Él fue el primer catedrático que la introdujo en España. En Estados Unidos amplié esos estudios, pero también estudié semántica, y algo de gramática del discurso y de pragmática.

Es curioso, la gente piensa que la gramática es una sola cosa, un libro de gramática. Y es como un árbol. O un bosque, si me permite el símil.

La gente tiene una visión muy restringida de la gramática. Y los periodistas, por cierto, a veces contribuyen a difundirla. Muchos piensan que hay un solo tipo de gramática: la normativa o prescriptiva, la que te dice lo que es correcto y lo que es incorrecto. Piensan que los lingüistas somos los policías del idioma. Es un error. Además de la gramática descriptiva, que no posee carga normativa, existe la gramática contrastiva, que se aplica fundamentalmente a la enseñanza del español como segunda lengua y a la traducción. A ella se añade la gramática teórica, que es muy importante en la universidad.

A usted, dar clases le permite seguir estudiando.

Sí, claro, sobre todo en los cursos de doctorado. Siempre he elegido en esos cursos temas monográficos aparentemente muy pequeños, lo que permite indagar en los detalles.

¿Qué temas pequeños, por ejemplo?

Por ejemplo, el subjuntivo. Claro, la gente dirá: ¿pero se puede hablar treinta o cuarenta horas del subjuntivo? Pues se puede, y hasta algunas más. Hace unos años di un curso sobre cuatro cuantificadores: mucho, poco, bastante y demasiado.

¡Sobre mucho, poco, bastante y demasiado! ¿Qué es lo que tendríamos que saber del subjuntivo en medio minuto?

El subjuntivo aporta unas veces matices mínimos en relación con el indicativo, pero otras veces introduce diferencias de significado muy marcadas. Se observa un matiz mínimo en: «No sabía que tocabas el clarinete» / «No sabía que tocaras el clarinete». Hay una diferencia, pero muy leve. Ahora, fíjese en este otro par: «No se casó con él porque estaba embarazada» / «No se casó con él porque estuviera embarazada». ¿Verdad que hay una gran diferencia?

¡Abismal!

Bueno, pues todo eso se explica con mucho detalle en las clases de gramática. No se trata de decir: aquí se usa el indicativo y aquí se usa el subjuntivo, sino de explicar la relación entre la forma y el sentido, y mejor si se hace en función de principios gramaticales que cumplan otros propósitos más generales. Quizá exagero, pero mi impresión es que la gramática se explica mal en el Bachillerato. Los estudiantes de gramática aprenden a etiquetar, no a analizar, a captar la relación que existe entre la forma y el sentido.

¿Y a usted le enseñaron bien la gramática?

En la Facultad me enseñaron lo fundamental. Empecé a estudiarla más a fondo cuando acabé la carrera.

Al menos le gustaría jugar con las palabras, combinarlas…

Siempre me gustaron los juegos de palabras, y me siguen gustando. En términos más profesionales, me atrae mucho el poder percibir algo interesante que puede estar oculto en frases que decimos todos los días. Estoy convencido de que en el trabajo científico es fundamental sorprenderse de lo cotidiano.

¿Se sigue sorprendiendo?

Absolutamente, todos los días. Pero lo cierto es que uno aprende a sorprenderse. Es preciso desarrollar un cierto instinto para que te llame la atención algo que has dicho u oído miles de veces. En realidad, el lenguaje no nos sorprende porque está muy cerca de nosotros. El análisis requiere distancia, pero el lenguaje lo lleva uno puesto; fíjese si lo tenemos cerca.

¿Y qué consecuencias tiene saber mal la gramática?

No es que se sepa mal la gramática. Lo que sucede es que hay personas que no muestran el menor interés por el idioma. Creen que la lengua es una institución externa, que los gramáticos imponen sus reglas a los hablantes como si fueran legisladores o como si los principios de la gramática fueran normas de tráfico o de derecho mercantil. Es una opinión extendidísima. Es una pena que sean tan pocos, proporcionalmente, los que comprenden que las palabras no son el envoltorio de las ideas, sino el material del que están hechas. Para el gramático, la lengua es esto y mucho más. Es una aventura, un territorio que nunca acaba de explorar, pero que cada día conoce un poco mejor.

Oyéndole daría la impresión de que la gramática es como la vida misma. Y como un 'puzzle'. Si una pieza se rompe, el resto se derrumba.

Así es. En muchas secuencias, quitas un artículo o una conjunción y el resultado no tiene sentido. Cada pieza de una oración simple cumple algún papel.

Usted se lleva hoy a los adultos españoles a los estadios que hay en el país, los examina de gramática y los suspende a todos.

No exagere. La verdad es que yo no sé ahora mismo cuál es el nivel medio en España en relación con el conocimiento de la gramática. Pero, como le decía, a mí me parece que antes que saberse de memoria etiquetas gramaticales hay que reflexionar sobre las palabras y sus matices, verlas como partes de uno mismo. Todos los escritores lo hacen, por cierto. Los escritores son atletas del idioma. El atleta no sabe por lo general qué es un bíceps, pero tiene bíceps, y bien desarrollados. Muchos escritores perciben los matices de la sintaxis o del léxico antes que los lingüistas, y lo he podido comprobar en la RAE. ¿Por qué? Porque tienen una sensibilidad especial.

Una profesión como la suya exige un grado de vocación casi monacal…

Depende de en qué proyecto estés trabajando. Si se refiere usted a este último, la Nueva gramática de la lengua española, es verdad que ha sido un proyecto muy intenso, una labor de 10 años que me ha tenido recluido mucho tiempo. Ha sido el más importante de todos los proyectos en los que he participado. También lo fue la Gramática descriptiva, que dirigí con Violeta Demonte.

¿Y se ha sentido un poco monje metido en esto?

Pues un poco sí. La verdad es que ha sido un proyecto difícil, pero muy ilusionante. La responsabilidad era tremenda. Afortunadamente, estábamos bien organizados. Tras unos tanteos, dimos al fin con una fórmula que nos permitió avanzar con seguridad. Hemos tenido un excelente grupo de asesores, académicos y no académicos, y un eficientísimo equipo de ayudantes que ha coordinado mi compañero Guillermo Rojo. Hemos contado además con todos los adelantos informáticos de que dispone la Academia. Pero lo más importante de todo ha sido la voluntad y el empeño, que compartíamos con todas las Academias americanas, de llevar adelante una descripción de la lengua de todos que presentara además las particularidades de cada área lingüística.

Han hecho ustedes más que muchos Gobiernos por juntar América Latina y España en un solo proyecto.

Eso decía un diplomático el día del acto de Medellín, cuando se aprobó la nueva gramática: «Yo nunca he visto que se levanten uno a uno los representantes de 22 países y digan sí a algo, a cualquier cosa». Aquel acto fue muy emotivo. Para mí en particular, porque he llevado la principal responsabilidad del proyecto. Y digo esto a la vez que reconozco que mi trabajo ha consistido sobre todo en poner en su lugar los ladrillos que me han proporcionado otras personas.

Los ladrillos, la arquitectura siempre…

Es que es un poco eso. El resultado del esfuerzo de muchos. Este proyecto muestra, desde la primera página hasta la última, que describimos el español común, no el español de España. Este solo hecho ya es una novedad. El hispanohablante medio no tiene conciencia de cuánto comparte con los demás hispanohablantes. Es algo muy evidente, pero casi nunca se resalta.

Nosotros los españoles hemos sido siempre un poco arrogantes con nuestro uso de la lengua. Sobre todo los de una zona de España, que creen que ése es el único español.

Sí, así es.

A los canarios se nos avergonzaba por no decir la zeta de zapato…

El escritor peruano Ricardo Palma vino a España y trató de convencer a la Academia de que añadiera al DRAE algunos peruanismos, pero no le hicieron caso. Fue a finales del siglo XIX. Pensaban, supongo, que el Diccionario debería recoger únicamente el español de aquí.

Eso ha cambiado.

Radicalmente. La política panhispánica de la Academia se basa precisamente en ese cambio. Esta gramática no es la primera obra que hacemos desde esa perspectiva. Es la sexta. Y en la próxima edición del Diccionario, ya aparecerán con la marca ES, de España, los términos que sólo se usan aquí.

Eso es un cambio político, también.

Sobre todo es un cambio lógico. Somos el 10 % de los hispanohablantes del mundo. Las palabras y las construcciones que compartimos no son nuestras, son de todos.

¿Ese reconocimiento de América le ha cambiado?

En estos 10 años he aprendido mucho sobre el español de América. Cuando yo estudiaba en la Facultad, el español de América era una asignatura optativa. El español de España constituía el resto de la carrera. Se estudiaba, pues, como optativa la asignatura relativa al español del 90 % de los hispanohablantes del mundo. Pero no nos dábamos cuenta. Y ahora, claro, lo veo como la cosa más natural del mundo. Hay ciertas actitudes que son evidentes, pero se precisan años para adquirirlas. Una colega mía uruguaya me contó una vez que hace ya mucho tiempo le dijeron en Andalucía: «Habla usted muy bien español, a pesar de ser extranjera». Hoy día, nadie diría algo así. La convivencia con hispanohablantes de otros acentos es cotidiana, y además existen la televisión y la radio.

¿Y qué ha aprendido usted mismo haciendo la gramática?

Mucho. Primero, sobre el español de América. Después, sobre la gramática en general, porque hemos tenido que organizar muchísimos materiales. Si se compara esta gramática con otras de la Academia, se ven muchas novedades, casi en cada página. La obra tendrá unas 2.400. A pesar de esta extensión, esta gramática se presenta como una síntesis, que quiere ser actual y equilibrada, de lo que hoy se sabe. La última gramática académica es de 1931, y la nuestra aparecerá el año que viene. Habrán pasado, pues, 77 años, que es mucho, muchísimo tiempo en cualquier disciplina.

¿Hay un error gramatical en el que incurrimos más?

Probablemente, los de concordancia, los anacolutos. En la lengua conversacional, los anacolutos son frecuentes. La cuestión es que cuando uno cambia de registro y pasa a la lengua escrita, no debería ser normal dejar frases inacabadas o cometer errores de concordancia.

Dijo de usted su colega mexicano José Moreno de Alba: "Es el mejor gramático de la lengua española". Y en privado y en público dicen que usted es un sabio. A los 55 años, ¿cómo recibe uno elogios así?

Son disparates. En España hay 10 o 12 profesionales de mi generación que tienen una experiencia similar a la mía. Me eligieron a mí para este proyecto porque era miembro de la RAE. No soy sabio, sino apasionado por mi trabajo. Se pueden descubrir cosas todos los días sobre nuestra lengua, y eso requiere cierto apasionamiento. Borges decía que no se puede ser poeta de nueve a dos y de cuatro a seis. Pues lingüista, tampoco.

Dicen que la gramática y la democracia se parecen. Si quitas un elemento, el edificio se cae. ¿Qué pilar no se puede quitar de la gramática? ¿El verbo?

No es tan simple. Las relaciones sintácticas son complejas. Unas relaciones gramaticales afectan a expresiones contiguas, pero otras no. Una palabra puede influir sobre otra que está a su lado, pero también sobre alguna situada a bastante distancia. A ver si puedo darle un ejemplo. Fíjese en esta frase: «Sólo tiene un amigo que sea verdaderamente inteligente». Si quitamos el adverbio solo no podríamos usar el subjuntivo sea. El subjuntivo está inducido por ese sólo, pero a cierta distancia.

¿Y cuando habla usted es consciente de la gramática que sabe?

Todos sabemos gramática, pero de manera inconsciente. Sin embargo, existe la deformación profesional, y hay que evitarla. Yo no lo he conseguido del todo, porque cuando alguien dice algo interesante gramaticalmente, me suena una especie de campanita. Tengo un amigo botánico al que le ocurre lo mismo: va andando, ve plantas, y no puede evitar fijarse en ellas.

Excepto cuando oye música.

Soy bastante melómano, es verdad. En casa siempre había música clásica. A mi padre le gustaban mucho los clásicos rusos. A mí me gusta más el barroco. La música se parece en algo a la gramática, puesto que con 12 notas se crean miles de melodías. Se parece bastante a lo que se consigue con el idioma, ¿verdad? Y no son 12, son unas cuantas decenas de miles de palabras. La verdad es que en la Academia no hablamos sólo de palabras. Hablamos de música y de muchas otras cosas.

Un club de intereses diversos.

Sí. La Academia ha sido muy importante para mí por muchas razones. Me ha permitido conocer a personas excepcionales. Yo siempre digo que es la única escuela en la que los maestros son los compañeros. Un verdadero privilegio.

¿Y qué es un maestro?

Personas destacadísimas en sus diversos campos. Personas reconocidas.

Usted es un maestro.

No. Yo no me considero un maestro, yo me considero, como le decía antes, un…

…un entusiasta.

Sí, eso es. Un apasionado.

¿Cómo se aplica todo lo que sabe a la vida que hay fuera del estudio? Se tiende a pensar que los sabios viven en una torre de marfil…

¡Que no soy sabio! Lo que sucede es que me interesa mi trabajo. Pertenezco al grupo de personas que llevan puesto el trabajo porque no lo dejan sobre la mesa al salir de la oficina. Hay matemáticos, biólogos, químicos o filólogos que tienen un problema al que siguen dando vueltas cuando dejan el despacho y llegan a casa. Yo pertenezco a ese grupo, pero ésa es la situación normal en el mundo de la ciencia. Por otra parte, yo creo mucho en la inspiración.

Pero ha de hallarte trabajando…

… como decía Picasso. Este tipo de trabajo se hace por vocación o no se puede hacer. No es un trabajo burocrático o administrativo.

Usted es de una generación que entra de lleno en la transición: se está muriendo Franco, y de pronto empieza una nueva vida. ¿Y el porvenir? ¿Cómo lo ve?

Soy bastante optimista. Tenemos que mejorar en la educación, en ayudas a la investigación; las universidades están demasiado burocratizadas y hay demasiada endogamia. En el campo de las humanidades, todavía nos falta un poco para llegar a niveles internacionales.

¿A usted le ha cambiado saber más?

Aprender siempre ayuda a relativizar las cosas. Además, uno cambia porque no deja de aprender. Los lingüistas hurgamos en las palabras, y tenemos lupas que nos permiten analizar de cerca las mismas palabras que usamos todos.

Lo cierto es que este trabajo le da a usted mucha felicidad.

Todo trabajo en el que se puede descubrir algo proporciona cierta felicidad.

¿Esa lógica la aplica a la vida?

Bueno, en la vida no todo es descubrir, pero es importante hurgar. En los 10 últimos años no he hecho prácticamente nada fuera de este proyecto. Pronto tendré un año sabático en el que procuraré descansar, pero también explorar otras cosas. El enriquecimiento personal se logra a través de estímulos diferentes, y yo los quiero seguir buscando. Leer, pasear, escuchar música, ver cine, escribir sobre otros asuntos. Estoy deseando que se publique la nueva gramática para empezar a hacer cosas diferentes.

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