Noticias del español

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| Xoán Salgado
elcorreogallego.es, España
Lunes, 8 de octubre del 2007

IDIOMA, EL MANANTIAL QUE NO CESA

Manantial que no cesa, el idioma de un pueblo se va configurando día a día, experiencia tras experiencia, novedad sobre novedad, a medida que la imaginación o la imitación, la invención o la toma de prestado van enriqueciendo el léxico como solución a nuevas e imprevistas situaciones de progreso.


Unas respuestas que el conjunto de la sociedad asimila como adecuadas y propias y termina por incorporar a su propio vocabulario. Nada, en consecuencia, más vital y variable que el idioma, forzado por la necesidad de cada momento histórico, de cada hallazgo técnico o científico, a dar respuesta a lo novedoso de una sociedad en permanente evolución.

Y ello es así por encima incluso de una natural tendencia al inmovilismo histórico o a malentendidos purismos que alimentan la idea de estanqueidad en la lengua y que difícilmente se compadecen con la cambiante historia de los días. Por decirlo con otras palabras, hay quienes en ese acendrado sentimiento purista entienden que el idioma heredado lo es en tal grado de excelencia, perfección y amplitud que no precisa de nuevos aditamentos o recursos para cumplir su cometido de comunicación social.

Otros, por el contrario, desde la vertiente opuesta, creen que todo lo viejo, también en el lenguaje, es sinónimo de decrepitud y anquilosamiento y que por ello mismo debe ser desterrado en favor de nuevas formas, provengan éstas de donde fuera y tengan o carezcan del imprescindible rigor académico.

En todo caso, el debate es tan antiguo como la comunicación y seguirá, por los días de los días.

Fue en febrero de este año, como bien conocen nuestros lectores porque así se lo hicimos saber, cuando este diario adoptó una medida sin duda de calado en la utilización de la herramienta que da sentido al periódico, el idioma. Desde esa fecha palabras como camping, ballet, boom, collage o kleenex, por poner sólo unos pocos ejemplos, dieron paso a otra grafía distinta al aparecer como campin, balé, bum, colaje o clínex. La medida, se recordaba desde aquí el 12 de febrero («Por la docta senda de la Academia»), no era capricho del periódico sino que respondía a la decisión adoptada en su Consejo de Redacción de incorporar en el libro de estilo las recomendaciones que la Real Academia Española de la Lengua (RAE) hacía desde el aún fresco de tinta Diccionario panhispánico de dudas. Al aceptar dichas recomendaciones, reconocíamos también, el periódico en absoluto pretendía ser abanderado en el panorama informativo, ya que idéntica decisión se estaba adoptando por muchos otros medios de comunicación, incluso antes de que lo hiciera este diario.

La medida, sin embargo, sorprendió entonces —y aún lo sigue haciendo ahora— a algunos lectores que nos reconvienen por el uso de términos y grafías que entienden inadecuados.

Es el caso de Miguel Ruiz Ballesteros que en un correo electrónico (término que la RAE defiende frente al e-mail tan al uso) titula su misiva con el expresivo «defendamos el idioma», para decir que «con frecuencia se puede leer en su periódico, incluso con caracteres de titular, la palabra parquin para referirse a un lugar destinado a aparcar vehículos. Como usted sabe muy bien, esa palabra, ese barbarismo, no existe en nuestro vocabulario. Si el reportero en cuestión es aficionado a utilizar términos anglosajones, creo que se le debería exigir que los utilice correctamente (parking). Un periódico es un medio de difusión y educación y con estas licencias se difunden palabras erróneas y se educa más bien poco». Para el lector, «el mismo comentario es de aplicación al término briq (o brik, no recuerdo exactamente) utilizado hace unos días, en un titular, para referirse al futuro precio del brick de leche. Por cierto, la palabra brick, significa ladrillo y nada tiene que ver con el envase contenedor de líquidos».

El citado Diccionario de la RAE recoge a propósito de la primera de las palabras citadas por el lector la forma de parquin como «adaptación gráfica propuesta para la voz inglesa parking. Su plural debe ser párquines» y añade «aunque, por su extensión, se admite el uso del anglicismo adoptado, se recomienda usar con preferencia voces españolas de sentido equivalente como aparcamiento, en España, y en América, según las zonas, estacionamiento, parqueo, parqueadero…»

Nada dice, o ha encontrado este defensor en los diccionarios de la RAE, a propósito del otro ejemplo citado por el lector, por lo que su utilización en el periódico cabría interpretarse como un exceso del periodista al ir más allá que la propia Academia en los aires de renovación. Sin embargo, otro diccionario que los periodistas suelen consultar con frecuencia (el que el diario El Mundo ofrece vía Internet) sí recoge la acepción de brik como sinónimo de tetrabrik, palabra que también aparece recogida, con la siguiente definición: 'Envase de cartón impermeabilizado donde se envasan alimentos líquidos y semilíquidos'.

En todo caso, más allá del acierto o desacierto en el uso de una palabra concreta, lo que subyace en el fondo de la amable misiva del lector es su lógica preocupación porque los periodistas utilicemos adecuadamente la herramienta del idioma, al reconocernos una indudable labor de difusión y educación, sentimiento que es compartido por la propia Redacción del periódico y en cuyo uso adecuado se afana aunque, eso sí, admitiendo con el recordado Lázaro Carreter que «no existe ninguna lengua pura: todas, desde sus orígenes, son producto de mestizaje», porque, «la impureza es lo que permite que las lenguas sean instrumentos adecuados a las cambiantes y progresivamente complejas necesidades de sus usuarios. Un pueblo estancado en un idioma inmutado sería culturalmente un cadáver», concluía.

Ejercitar la curiosidad intelectual

Quienes honran esta página con su habitual lectura conocen bien, por repetida, la postura de este defensor frente a la polémica que recuerda la misiva del lector. Desde aquí hemos defendido, y seguiremos haciéndolo, el uso del idioma en su más correcta y académica forma frente a neologismos o barbarismos que en muchos casos se asientan más en la comodidad o la apatía intelectual de quien los incorpora a su léxico que en una necesidad real por carencias del idioma que nos es propio. Una exigencia que cobra mayor responsabilidad cuando atañe a un medio de comunicación, donde el ejercicio profesional no puede adocenarse en la comodidad o la simpleza sino que debe encauzarse hacia la curiosidad y el rigor intelectuales. Sin pretender ser inmovilistas, antes que los extranjerismos bien haríamos en escudriñar en las potencialidades del propio idioma en busca de soluciones que acaso resulten más adecuadas que las que proceden de una tan fácil como cómoda y burda importación. Sabemos, con Alarcos, que la lengua se mantiene «por impulso de sus hablantes y sus escritores», pero ello no está reñido con exigir, de ambos, toda la capacidad y el esfuerzo intelectual de que sean —seamos— capaces.

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