Noticias del español

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| Carlos Marzal
El Mundo Universidad (España)
Miércoles, 16 de mayo del 2007

IDIOMA E INDUSTRIA

Una lengua es, antes que cualquier otro asunto, una manera de sentir el universo, de convertirse en huésped de la realidad. Una convención para intentar hacer del mundo nuestra casa, una casa que, a fin de cuentas, acaba por hacernos a nosotros mismos. El lenguaje representa el más poderoso de los útiles para explicarnos y explicar el ilimitado patrimonio de la experiencia.


Pero, además, una lengua significa otras muchas cosas: la llave de acceso a una tradición cultural, la herramienta para aproximarnos a la intimidad de sus hablantes, un instrumento para intercambiar conocimientos e información, el teatro en donde cobra forma, en definitiva, el asombroso espectáculo de la conciencia. Las lenguas maternas son las madres lenguas. Y también una industria, en el caso de algunos idiomas universales que cuentan con la suerte de poseer cientos o miles de millones de hablantes, posibilidades económicas, y un claro entendimiento de sí mismos. Una poderosa industria.

El español como causa directa e indirecta de ingresos constituye una de las cinco primeras fuentes de riqueza del país. A él se vinculan no sólo sectores clásicos como el de la enseñanza, el editorial, el audiovisual, sino también, en buena medida, el turístico, el de la administración de organismos internacionales, el de los nuevos mercados. La célebre frase de Nebrija —«siempre la lengua fue compañera del imperio»— cobra en nuestros días un significado especial.

El hispanismo, entendiendo por ello el interés afectivo y utilitario que se genera en el mundo hacia la cultura del español, resulta un fenómeno de naturaleza creciente e imparable. De ahí que me parezca tan bien orientada la decisión estatal de tomarse en serio fenómenos como el Congreso de la Lengua o la consolidación y expansión del Instituto Cervantes. Digamos que la lengua se basta por sí misma con su salud propia, pero que las medidas de ayuda —que siempre serán pocas—, más que proteccionismo representan un plan de inversión a corto, medio y largo plazo.

El hecho de que el Cervantes tenga ahora como sede central el edificio de las Cariátides de la Gran Vía madrileña supone —debería suponer— un síntoma y un símbolo: la eficacia y la seriedad empiezan por las maneras de transmitirse la seriedad y la eficacia. El esfuerzo de ampliación de las redes del Instituto en América, Asia y Oceanía —un hecho que no debería significar, en Europa y África, el descuido por conseguir nuevas sedes y consolidar las existentes— va a llevar aparejada la necesidad de un apoyo decidido y permanente en el tiempo. Ojalá que esta política de crecimiento no suponga un lastre económico excesivo para la institución que debe regir buena parte del futuro del español en el mundo.

Una lengua —repitámoslo— es una industria, pero toda buena industria no es sólo una forma de ganar dinero, sino una manera de entender el comercio en su mejor acepción: el modo en que los hombres prosperan con respeto entre los hombres.

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