Noticias del español

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| Carolina G. Menéndez
lne.es, España
Martes, 24 de marzo del 2009

IDENTIDAD DE FAMILIA

• Fernández, García y González encabezan la lista de los apellidos más comunes en Asturias


• Los añadidos al nombre propio se generalizan a partir del Concilio de Trento


Ochenta de cada mil habitantes asturianos se apellidan Fernández, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), por lo que se convierte en el apellido que más veces se repite en los documentos nacionales de identidad de los ciudadanos residentes en el Principado. Se trata de un apellido patronímico que proviene de Fernán o Fernando, extendido por toda la Península y sin relación alguna entre las distintas ramas.

El INE, tomando como referencia los padrones municipales, sitúa en segundo lugar, con el 65,4 por cada mil habitantes, el apellido García, cuyas primeras referencias se remontan al siglo XIX. Éste procede del nombre personal prerromano García, actualmente en desuso, y que en el idioma godo significaba príncipe de vista agraciada.

Y cerrando la lista de los tres apellidos más habituales en la región se encuentra González, del que son poseedores 51,5 habitantes de cada mil. De origen español, es igualmente un apellido patronímico y se deriva del nombre propio Gonzalo (hijo de Gonzalo), muy común durante la Edad Media y muy extendido por todo el continente americano. Precisamente, dada la elevada presencia de latinos en Estados Unidos, en este país generalmente se escribe sin acento por la influencia del idioma inglés. En cambio, en los estados latinoamericanos ha mutado a Gonzáles por el dominio sonoro de la s sobre la z, y en portugués su equivalente es Gonçalves.

Los apellidos distinguen a las personas, son su seña de identidad, la señal de la familia y sirven de complemento al nombre para evitar confusiones. Pero no siempre existieron. Los apodos ayudaban a diferenciar a las personas: Juan el rubio, Luis el hijo de Antonio, Jesús el carpintero, Carlos el del puente… ya que la repetición de los nombres de pila hacía necesario utilizar un segundo nombre.

Fue en la Edad Media cuando comenzaron a formalizarse los apellidos, ya que los escribanos hacían constar junto al nombre propio el apodo, sobrenombre, profesión o lugar de procedencia de los interesados. En un principio, sólo se documentaban los miembros de la alta sociedad y los representantes de la Iglesia, aunque poco a poco esta práctica se fue extendiendo al resto de la población. Con el cardenal Cisneros, en el siglo XVI, y el Concilio de Trento se crean los registros y se establece el principio básico del apellido, ya que se formalizan los libros parroquiales, apunta Manuel Rodríguez de Maribona y Dávila, historiador y director de la Academia Asturiana de Heráldica y Genealogía. De esta forma, se aseguró su transmisión.

Los apellidos que más abundan en español son los terminados en ez, que significa 'hijo de'. Así, Alfonso Rodríguez era «Alfonso, hijo de Rodrigo». Aunque también el nombre del padre se llegaba a transformar en apellido. Por ejemplo, José el hijo de Marco derivaba en José Marco, o Miguel el hijo de Martín resultaba Miguel Martín. Ambas fórmulas componen los apellidos patronímicos, los más habituales en nuestro país.

También hay que destacar los toponímicos, basados en nombres de lugares: países, regiones, ciudades, pueblos, construcciones (Torre, Castillo, Iglesia, Puente), ríos, entornos (Sierra, Montes, Valle, Calleja, Barranco, Peña..) o vegetación (Prado, Pino, Manzano…). Igualmente frecuentes son los procedentes de oficios (Zapatero, Herrero, Sastre, Pastor..), títulos (Conde, Marqués, Duque, Hidalgo…), cargos eclesiásticos (Monje, Sacristán, Abad…), o relacionados con el ejército (Guerra, Capitán..).

Por último, existen apellidos que en su día eran apodos. En este apartado, el listado es amplísimo, ya que pueden estar relacionados con aspectos físicos (Rubio, Calvo, Delgado…), el carácter de las personas (Bueno, Cortés, Franco..) referentes familiares (Sobrino, Nieto), animales (Conejo) o anécdotas o situaciones vividas por el individuo.

Los apellidos no han sido ajenos a los avatares del tiempo y muchos han sido modificados, sobre todo como consecuencia de la emigración. Con la diferencia de idioma, la carencia de un traductor y la falta de documentos escritos, los escribanos registraban el apellido tal y como lo entendían. Pero otros se han transformado a propio intento, sobre todo si se trataba de apellidos malsonantes. Manuel Rodríguez de Maribona y Dávila, buceando en los registros parroquiales y municipales de distintos concejos asturianos, ha encontrado algunos cuando menos curiosos. Son los siguientes: Gay, Cazo, Fondón, Pardillo, Sobaco, Pis, Mariquetas, Queso, De la Boda, Vinagre, Marrón, Perdones, Cutre, Cortina, Placeres y Cacos.

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