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| Juan Aguirre
diariovasco.com, España
Domingo, 14 de marzo del 2010

HACER UN BREAK

Esta espantosa expresión está calando en el lenguaje ordinario aupada por el falso halo de modernidad de los anglicismos. Hacer un break (léase 'brek') equivale a romper con la rutina, con lo ordinario, en beneficio de una mejor calidad de vida y de nuevas expectativas de crecimiento personal.


Procede del tenis, donde designa el juego ganado a quien está en posesión del saque. Los periodistas deportivos cuidadosos con el lenguaje lo traducen por «romper el servicio». Pero tal modismo no es trasplantable: si Ferrán Adrià en vez de hacer un break con El Bulli anunciase que ha decidido «romper el servicio», lo imaginaríamos triturando la vajilla, doblando la cubertería en plan Uri Geller o haciendo una llave judoka al pinche incompetente. Y eso no causaría el mismo efecto.

Quien se permite hacerle un break a su vida se sitúa fuera del círculo vicioso de producción, consumo y llanas pasiones en que chapoteamos la mayoría. Hace un break el/la profesional de éxito que lo deja todo para criar gusanos de seda; la pareja que, aún enamorada, acuerda una separación erótico-experimental; el político que prescinde del coche oficial para estar más en contacto con la calle; el artista de afanes espirituales emigrado a Katmandú; o las top-models que nunca van de vacaciones sino que, entre pasarela y posado, hacen un break en playas paradisíacas.

Confieso mi envidia ante esos famosos que abandonan sus carreras en el mejor momento para «pasar más tiempo con la familia». ¡Lo que yo pasaría con mi familia es hambre si dejase de aporrear este teclado! Y como yo, todos los de la clase tropa que para hacer una tortilla tenemos que romper los huevos mientras que a otros les basta con hacerles un break… y encima se chupan los dedos.

Llegamos así a la constatación del mucho prestigio y distinción que en nuestros días goza cuanto se inscribe en la novedad y la mudanza. Somos la civilización del zapeo (¡uf!), del reseteo (¡reuf!), de la moda de temporada, de lo flamante con fecha de caducidad, del perpetuo cambio sin recambios. Y esto es algo que a uno le aturde por lo que tiene de mutación antropológica: pues para las generaciones precedentes nada era humanamente más deseable que la permanencia, la fidelidad a un modo de vida, a un lugar, a una comunidad y a unas creencias; la plenitud estaba en relación directa con ese grado de estabilidad sin sobresaltos. La metáfora de una existencia ideal tenía los contornos de un largo río tranquilo, familiar y previsible.

Aspirar a lo contrario era de gente txotxola y poco consistente. Así es como nuestros antepasados nos verían, y como podemos vernos a nosotros mismos a poco que nos reposemos.

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