Noticias del español

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| Luz Nereida Pérez
Claridad, Puerto Rico
Miércoles, 4 de junio del 2008

HABLEMOS ESPAÑOL: DE TOCAYOS Y FULANOS

El Diccionario de uso del español actual Clave señala que es voz de origen incierto y el académico nada señala al respecto; el Clave define al sustantivo tocayo o tocaya como persona que tiene el mismo nombre de otra y el académico afirma, naturalmente, lo mismo.


Sin embargo, estudiosos de la etimología como Alberto Buitrago, J. Agustín Torijano y Gregorio Doval atribuyen el arribo de esta voz de uso común en lengua española a las ceremonias nupciales en los tiempos de los antiguos romanos.

Coinciden los tres autores citados —los primeros han escrito el Diccionario del origen de las palabras y el último, Palabras con historia— en trazar la etimología de tocayo a las ceremonias nupciales romanas. [Y tiene que ver con la misma declaración de sumisión de la mujer ante el hombre que ¡aún hoy se hace! citando palabras de Pablo en una de sus epístolas. Hombre claro, como también somos costilla de Adán, ¿qué podía esperarse? Pero vayamos a la base etimológica sin juzgar los hechos desde nuestros afortunados tiempos de afirmaciones, reivindicaciones y conquistas femeninas.]

Señalan los citados autores que cuando la comitiva nupcial llegaba a la casa de la novia, ésta les recibía con las palabras ubi tu Caius, ibi ego Caia (algo así como: donde tú seas llamado Cayo, yo seré llamada Caya). La expresión pasó de la tradición al derecho romano y en éste se denominaba Cayo o Caya a las personas cuyo nombre real se desconocía.

Es decir, que se aludía así a lo que el inglés denomina los John Doe de la vida. Se señala entonces, en esta historia etimológica, que los romanos comenzaron a llamar tu Caius a los desconocidos y luego pasó a ser denominación de aquella persona cuyo nombre coincidía con el de otra. Buitrago y Torijano mencionan también que hay quien ha trazado el origen de esta voz al náhuatl tocayatl, que en esa lengua denomina al nombre o a la fama.

En el español se señala comúnmente a los desconocidos como Fulano, Mengano, Zutano o Perencejo, voces que, en su mayor parte, representan legado árabe en nuestra lengua materna. El Diccionario Clave ofrece tres acepciones para fulano o fulana y traza su origen al árabe fulan (un tal) para también acotar que aplica a «una persona cualquiera», a «persona cuya identidad se ignora, o no se quiere decir; individuo» y, en su acepción femenina, alude a una «prostituta».

[Naturalmente ese endiablado machismo lingüístico: si el vocablo aplica al hombre es digno, si a la mujer, es indigno. El hombre público es respetable y admirable, la mujer pública, prostituta; el hombre libre exhibe su libertad como excelente conquista, la mujer libre debe avergonzarse de sus bajas costumbres morales y por ahí sigue un largo etcétera. Consignada está la protesta]. Afirman Buitrago y Torijano que ya en la Edad Media autores españoles como Alfonso X, el Sabio y Gonzalo de Berceo empleaban el vocablo para aludir a un nombre real sin mencionarlo.

En la historia de esta palabra también se incluye a los dioses romanos Fabulano y Statano, a quienes se les atribuía el enseñar a hablar y caminar a los niños y hay también alusión a la posibilidad teórica de que provenga del hebreo feloni, que significa cualquiera.

De mengano o mengana, se nos indica que parece provenir del árabe man kan (quien sea, cualquiera), que se usaba en el lenguaje notarial para aludir a persona de nombre desconocido. A zutano o zutana se les atribuye origen onomatopéyico al pensarse que provienen de las expresiones cit o zutl, empleadas para llamar la atención de alguien cuyo nombre se desconocía y así a Don Zutl se le añadió la terminación común a las dos palabras antes explicadas para convertirse en zutano. En español, a veces hablamos de Don Fulano o Doña Fulana, expresión paralela a Don Zutl, aunque muchas veces cargada de desprecio.

En cuanto a perencejo o perengano (perenceja o perengana) proviene del apellido español por excelencia, de ese Pérez tan común a muchos y muchas. Con toda probabilidad, señalan los etimólogos consultados, llegó primero perencejo para luego cruzarse el Pere o Pérez con el común mengano. El Diccionario de la Real Academia Española remite de perencejo a perengano para entonces ofrecernos su definición como expresión de uso común para «aludir a alguien cuyo nombre se ignora o no se quiere expresar después de haber aludido a otra u otras personas con palabras de igual indeterminación, como fulano, mengano, zutano.

Fulano puede andar solo en las expresiones hispánicas, pero no así mengano y zutano, quienes suelen acompañar frecuentemente a fulano. Ahora bien mengano va siempre antes de zutano. Es, decir, que fulanito, menganito y zutanito sólo salen a pasear en estricto orden alfabético y, a veces, se les une a última hora y a toda carrera el famoso perencejo.

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