Noticias del español

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| Luz Nereida Pérez
Claridad, Puerto Rico
Del 3 al 9 de abril del 2008

HABLEMOS ESPAÑOL: DE COLORES

A la memoria del siempre nuestro Rafael Tufiño... el Maestro Tefo.


Los azules y los rosados de Fra Angélico, los claroscuros de Rembrandt van Rijn, los juegos con la cámara oscura de Jan Vermeer, el impresionismo de Claude Monet o de nuestro Francisco Oller, el vitralismo de Pablo Marcano, la originalidad de Antonio Martorell, el estilo figurativo de Rafael Tufiño… Todo ello plasmado en líneas, balances, contrastes y, sobre todo, colores… ¿De dónde provienen los nombres que damos a los colores en nuestra lengua española? ¿Qué valores simbólicos se les adscriben?


Algunos nombres de colores en su base lingüística nos parecen ajenos, exóticos y a la vez subyugantes, como el fucsia, el magenta, el verde chartreuse. El Diccionario de la Real Academia Española señala que el adjetivo fucsia es un epónimo que proviene de Fuchs, que es el apellido de un botánico alemán. En su sentido de sustantivo femenino, la fucsia es un tipo de arbusto originario de América. Fue llevado a Europa por el botánico francés Charles Plumier, quien a su vez le dio nombre en honor al médico y naturalista Leonardo Fuchs, quien investigó profundamente los tratamientos para la lepra y la sífilis, así como las cualidades farmacológicas de plantas como el aloe, la cicuta y el láudano. El magenta —proveniente del italiano— es adjetivo definido como «de color rojo oscuro» [¡Cuán inexacto y difícil resulta el definir colores y emociones!] Este color —también descrito como rojo de tono púrpura o carmesí oscuro— recibe su nombre porque su pigmento se descubre en el mismo año de la batalla de la ciudad italiana de Magenta (4 de junio de 1859). Allí las tropas de Napoleón III derrotan a los austriacos y se produce la liberación de Cerdeña. Su color rojo alude igualmente a la sangre derramada en esa ocasión.

El color carmesí, el cual mencionamos en la descripción del magenta, recibe su nombre del árabe hispánico qarmazí, que literalmente significa del color del quermes (donde quermes alude a un insecto y a una mezcla de color rojizo que se emplea como medicamento para enfermedades del aparato respiratorio, lo que debe distinguirse de quermés o kermés que es un tipo de verbena o fiesta). El mencionado lexicón define inicialmente esta voz como «del color de grana dado por el insecto quermes». De igual modo hemos aludido al púrpura, palabra que llega al español del latín y a éste a su vez llega del griego porphyra, voz de origen semítico que designa a un molusco de cuya glándula anal se extrae un tinte violeta. Este color se llamó inicialmente púrpura real debido a su costo alto —a causa de la escasez del animal y a la limitada cantidad de su secreción— y por siglos fue el matiz preferido por los monarcas y la jerarquía religiosa. En la definición del diccionario de este «color rojo subido que tira a violado», se describe una curiosa variación cromática de la secreción del mencionado molusco, que inicialmente es una tinta amarillenta, que al hacer contacto con el aire se trasmuta en verde para finalmente llegar al color que hoy llamamos púrpura. En la cultura occidental, el púrpura representa al orgullo y la grandeza, la justicia y la riqueza –por lo costoso de su producción-. Es también símbolo de la realeza y el poder imperial, como también lo fue para los indígenas de América del Sur.

La alusión al tono de verde que conocemos como chartreuse es una de las voces que, por primera vez en la historia de los diccionarios académicos (edición 2001), aparece sin adaptarse fonéticamente y por ello resaltada en el diccionario —como también lo hacemos aquí— mediante el uso simultáneo de letras negritas y bastardilla. Esta voz de evidente procedencia francesa es definida como «licor verde o amarillo de hierbas aromáticas fabricado por los monjes cartujos».

En el fascinante mundo de la simbología, al blanco —del alemán blank— se le asocia con la pureza, la perfección y lo absoluto por lo que una bandera blanca es símbolo de tregua y paz. El negro —del latín niger, nigri— representa al luto y la muerte, pero en China simboliza al norte y al invierno. El rojo –del latín russus- es el color de la vida y de la sangre, del fuego, la pasión y la guerra. En la India y la China representa la fertilidad y la buena suerte y, por ello, las novias suelen vestir de rojo en la ceremonia del casamiento. También es alusivo al peligro y, por eso, los letreros de alerta ante el riesgo suelen ser rojos. El anaranjado –de la voz ‘naranja’, que a su vez llega al español del árabe hispánico- se asocia con las llamas, el lujo y el esplendor y, en China y Japón, con el amor y la felicidad. Los monjes budistas reciben su hábito de color anaranjado azafrán en símbolo de humildad y renuncia.

El marrón o castaño –del francés para castaña- simboliza a la tierra y al otoño, a la humildad y a la degradación. De ahí que las órdenes religiosas fundadas en la Edad Media adopten este color para sus hábitos en alusión al retiro del mundo. El amarillo —del latín amarellus— es oro, luz y sol y representa para el islamismo a la sabiduría y los buenos consejos, en Egipto es símbolo de envidia y desgracia, en China de realeza y en Europa de cobardía y traición. El verde —del latín viridis— es vida, primavera y juventud. Se asocia a la ecología, puede representar a los celos, es símbolo de la Trinidad y para el Islam es un color sagrado. Finalmente tenemos al color azul —voz que surge de la alteración del árabe lazawárd– es el color del cielo y el mar y, por ello, alusivo a la calma, la reflexión, el intelecto y el infinito.

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