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| Juan Carlos Zubieta Iún
eldiariomontañes.es,. España
Viernes, 31 de octubre del 2008

HABLAR PARA QUE TE ENTIENDAN

Me gusta que me hablen claro, que lo hagan para que entienda. Imagino que al resto de los mortales les ocurrirá lo mismo, pero, desgraciadamente, hay muchos que hablan o escriben precisamente para lo contrario, para que su interlocutor no se entere de nada.


Hace poco estuve en el médico y salí de la consulta con la sensación de que me había estado tomando el pelo. No entendí la mitad de las cosas que me dijo. Unas partes se las callaba, otras las daba por supuestas y para entender bastantes de sus expresiones hubiera necesitado un diccionario médico.

¿No le habrán explicado en la Facultad que uno de los elementos clave de la atención al paciente consiste en comunicarse con él y atenderle debidamente? La misma situación me ha ocurrido con otros profesionales: con algunos abogados y notarios he tenido dos sensaciones: en unos casos que se sentían cómodos comprobando que no les entendía, y en otros, simplemente, que me situaban en el mismo plano que la sillas que tenían en su despacho: ni me miraban, soltaban su discurso y si les preguntaba volvían a repetirlo exactamente igual.

Sentir que me estaban hablando en otro idioma también me ocurrió hace poco con el técnico que me arregló la caldera de gas. Y también suelo comprobar que estoy en un mundo extraño cuando llevo el coche al taller. Igualmente, en ocasiones, escucho a colegas (sociólogos, psicólogos, pedagogos y, en general, a muchos profesores) y no les entiendo absolutamente nada; por tanto, sospecho que es muy probable que sus alumnos lo tendrán muy difícil. Por supuesto, afortunadamente, no todos los miembros de los gremios citados son iguales; es decir, que no se ofendan y lo tomen a nivel personal algunos de mis familiares, amigos, colegas y muchos profesionales que se relacionan con el mundo de forma correcta.

¿Por qué hablan así? ¿Qué pretenden? Evidentemente, algunos no hablan claro debido, simplemente, a que tampoco son claras sus ideas. También conozco a personas que debido a su personalidad tienen alguna dificultad para expresarse. En esos dos casos disculpo absolutamente la carencia; es más, a casi todos nos pasa que en ocasiones tenemos dificultades para transmitir una idea (y mucho más cuando se trata de sensaciones o sentimientos). Por otra parte, también disculpo a los que carecen de un dominio de la lengua (y así, al mismo tiempo, también procuro alcanzar el perdón de todos ustedes por mi torpeza con el manejo de la gramática); es natural, somos humanos y, por tanto, ignorantes de casi todo.

Por el contrario, rechazo a tres grupos: a los prepotentes que no les preocupa la persona que tienen enfrente y, en consecuencia, no hacen el mínimo esfuerzo para procurar que el interlocutor les comprenda; a los manipuladores que conscientemente utilizan un lenguaje oscuro para que los demás no les entiendan y así poder beneficiarse de su posición, y, en tercer lugar, a los que utilizan un lenguaje sólo para los iniciados o unas expresiones poco comunes para, de esta forma, con esta falta de claridad, lograr prestigio.

Si yo, como profesor, no logro que mis alumnos me entiendan, o si por mi forma de expresarme les aburro, significa que lo hago mal. Del mismo modo, cuando voy al médico deseo que me explique con claridad las características de mi dolencia, las causas por las que se ha producido, su posible evolución y su tratamiento. ¿Es mucho pedir? Por cierto, ¿entienden ustedes la información que acompaña a los envases de los medicamentos?, ¿y las instrucciones de los aparatos electrónicos? Yo debo ser muy torpe, pero habitualmente me quedo en blanco.

Siempre pienso que el televisor lo habrán diseñado y montado unos técnicos muy preparados, mientras que el encargado de redactar las instrucciones ha debido de ser el tonto de la empresa.

Fernando Lázaro Carreter en su magistral El dardo en la palabra ha dicho: «La modernidad exige el circunloquio (.). El rodeo se impone (.). Es notable la aversión al vocablo simple cuando éste puede descomponerse en un verbo seguido de complemento que significan aproximadamente lo mismo». El profesor también llama la atención sobre la utilización de términos en otros idiomas como instrumento de propaganda y para tratar de lograr prestigio. Y en el prólogo del libro que reúne sus artículos dice: «Casi todo puede decirse, como mínimo de otra manera que tal vez sea mejor: más clara, más rotunda, más irónica, menos enrevesada, mejor ajustada al asunto, a su intención, a las expectativas de quienes han de leerlo u oírlo, y al momento».

Cuando una persona no se esfuerza en ser entendida, cuando no se preocupa por su interlocutor, está indicando que es soberbia, que carece de humanidad, que es egoísta, que no tiene educación. Por el contrario, son buena gente quienes se relacionan con sencillez. En este sentido, las personas más brillantes que he conocido han compartido unas características: se comunican con todo el mundo en un plano de igualdad, adecuan el lenguaje al nivel de su interlocutor y no se dan importancia por sus conocimientos en un campo determinado del saber. En cualquier caso, en términos generales, prefiero mil veces a una persona sencilla y buena, aunque no sea muy capaz, que a una inteligente y egoísta.

El uruguayo Mario Benedetti ha escrito: «La sencillez es una de las virtudes más complicadas de este viejo mundo. Cuando uno es sencillo (en su habla, en sus actos, incluso en su poesía) corre el riesgo de ser tomado por tonto, por Babieca (.). Todo mandante, ya sea el mandamás como el mandamenos, se afana (sobretodo cuando afana) en no ser sencillo. La dificultad es su muro de contención, su bastión, su blindaje. En la sencillez, los hombres y mujeres se amparan, se comprenden, se alivian. En la complejidad, en cambio, se ven con desconfianza y rencores».

Los que ponen la voz engolada, utilizan un lenguaje alambicado y usan cultismos sin venir a cuento e introducen un término en inglés en mitad de su discurso, me dan risa, en ocasiones me producen algo de pena, pero también hay casos que me ponen a la defensiva. Es decir, puede ocurrir que el que utiliza ese lenguaje es simplemente un ignorante que se vale de esa estrategia para ocultar su desconocimiento sobre el asunto que le ocupa; es decir, la retórica puede servir como la tinta al calamar. Por otro lado, no aguanto a los que usan el discurso para aparentar ser superiores y tampoco soporto a los que pretenden embaucarnos.

Álex Grijelmo ha explicado muy bien el gran poder seductor que tienen las palabras. Con ellas, además de comunicar sucesos, pensamientos, sentimientos y estados de ánimo, además de expresar lo que somos, nuestro origen y trayectoria, tratamos de convencer, engañar o manipular. Ese poder seductor se emplea en la política y en el mundo del comercio, en la universidad y en el ámbito de las iglesias, lo utilizamos para enamorar y para hacer daño.

Por su parte, Amando de Miguel, refiriéndose, en La perversión del lenguaje, a la jerga de los políticos dice: «Hay un principio de éxito en las palabras que se deriva precisamente de su misterio, de no saber bien qué quieren decir, sobre todo si resultan sonoras (.). Ahí está el singular atractivo para muchas personas de la misa en latín, las películas en versión original, las canciones en lenguaje ininteligible».

Hace unos meses, en Buenos Aires, un taxista me dijo: «Acá, a los políticos les das una coma y te hacen un discurso». En ese momento me acordé de Cantinflas: en todas sus películas había alguna secuencia en la que lanzaba una perorata para no decir nada; sí, igual que muchos políticos, de allá y de acá (en España, encima, la mayor parte de los discursos de nuestros representantes son leídos y, encima, muchos siguen estando vacíos de contenido).

Para concluir, permítanme citar uno de los consejos que don Quijote dio a Sancho antes de que partiera a gobernar la ínsula: «Habla con reposo, pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala». ¿No creen ustedes que a muchas personas les convendría leer el Quijote, y también algunas páginas magistrales de Benedetti?

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