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HABLANDO VIVE EL HOMBRE… Y SU LENGUA TAMBIÉN

Nosotros hablamos castellano y nos parece natural decir lo que decimos con determinadas palabras. Si nos referimos al «pololo» de Carola está claro que hablamos de alguien con quien ella mantiene una relación sentimental, pero no necesariamente han pensado casarse, pues aún no se ha transformado en su «novio».


Si decimos que iremos «al tiro», estamos diciendo que llegaremos en un instante a un determinado lugar, tan rápido como un balazo. Asimismo, al hablar de una «animita» levantada sobre la carretera, comprendemos de inmediato que se trata de una pequeña casita levantada donde alguien murió de manera trágica, probablemente en un accidente automovilístico.

Todas estas expresiones son comprendidas por quienes comparten el castellano de Chile, pero no necesariamente por otros hablantes del castellano. Es posible que para referirse a estos conceptos en España o en Ecuador existan otros términos que expresen las mismas ideas, o simplemente, bien puede que no existan.

Pensemos el caso al revés. Como todos sabemos, en España y en otros países de Hispanoamérica la corrida de toros constituye una importante fiesta popular. Para los españoles, un toro de lidia no es cualquier toro. Es por eso que el léxico —vocabulario— del español posee muchas palabras para denominar a los toros según su color y características físicas. El pelaje de un vacuno —vaca o toro— puede ser blanco, colorado o negro, pero como estos colores pueden presentarse en distintas tonalidades y combinaciones, para hablar del pelo de los toros de lidia, los españoles han acuñado más de ¡80 palabras sólo para referirse a su color!

Estos ejemplos son una simple muestra de las diferencias que pueden existir entre las variantes geográficas de un mismo idioma. Ahora bien, estas diferencias se hacen aún más notorias al tratarse de lenguas distintas. Esto es así porque cada pueblo comunica a través de su lengua los objetos, fenómenos y pensamientos que se dan al interior de una sociedad. Una lengua no es sólo una herramienta para comunicarnos, sino también un sistema profundamente humano de comprensión del mundo.

El lingüista francés Claude Hagège nos propone un interesante ejemplo para comprender lo que significa este «universo en palabras». Frente al verbo castellano correr, los hablantes del pomo central, lengua hablada por unos pocos ancianos que viven en reservas indígenas de Estados Unidos, utilizan cinco verbos diferentes: uno expresa que quien corre es una sola persona; el segundo, que son varias personas; otro, que quien corre es un animal de cuatro patas o incluso, un anciano; el cuarto verbo indica que corren numerosas criaturas de cuatro patas; el quinto y último se refiere a un grupo de personas que van en automóvil. Esta amplitud de términos para referirse a lo que nosotros entendemos como un sola acción, el correr, se explica por las distintas formas en que los pueblos conciben la vida de los hombres y los sucesos del mundo. Es como si nosotros utilizáramos verbos específicos para referirnos al «volar de los pájaros», al «volar en avión» o al «volar en alas delta».

El medio ambiente es también un factor decisivo en las modulaciones del pensamiento y de la lengua que lo transmite. Un caso emblemático de adaptación del lenguaje a las necesidades del ambiente es el de los esquimales. Un esquimal no conoce la palabra nieve, sino que posee alrededor de quince palabras para hablar de las distintas formas y condiciones en que se presenta la nieve. Estas palabras son especiales y pueden transformarse a su vez en verbos, sustantivos o adjetivos, lo que nos da un total de ¡más de mil expresiones posibles para referirse a la nieve! Por sorprendente que esto pueda parecernos, no resulta tan disparatado si pensamos en que el hábitat de los esquimales en el Polo Norte está nevado casi todo el año, y para hablar entre ellos no basta decir «tal cosa está encima de la nieve», sino que deben especificar si ese objeto está en «la nieve recién caída», en «la nieve que flota sobre el agua», en «la nieve de las montañas», en «la nieve endurecida», etcétera.

Muchas de las lenguas que los hombres «civilizados» llamamos «primitivas», como el pomo central o el esquimal, están o estuvieron a punto de desaparecer. Cada año mueren en promedio unas veinticinco lenguas. Actualmente, existen cinco mil lenguas vivas en el mundo, pero si nada cambia, dentro de cien años la mitad de ellas habrá muerto. Esta pérdida irreparable significa tanto la muerte cultural o total del pueblo que la habla, como un empobrecimiento y un empequeñecimiento para toda la humanidad.

En nuestro país han desaparecido durante los últimos dos siglos el chono, el chango, el kunza o atacameño, el diaguita, el selk'nam y el yámana. Lo más triste del caso es que la desaparición de estas lenguas nativas no fue causada únicamente por imposiciones culturales, sino por la extinción de quienes las empleaban. Pero no todo está perdido. En Chile sobreviven el mapudungun, el aimara y el rapa nui.

Aún estamos a tiempo para aprender el valor que encierran estas lenguas y sus pueblos. No permitamos que desaparezcan junto con ellos mundos enteros y la preciada memoria de nuestros antepasados.

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