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GENTE DE MUCHAS PALABRAS

Carlos Benito
www.ideal.es, Granada (España)
Lunes, 11 de octubre del 2010

Sabemos por ellos que el ros es un gorro militar y que isa es una canción canaria. Los creadores de crucigramas cuentan los enigmas de estos juegos de letras, idóneos para entrenar la mente.


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Se les ve, sobre todo, en verano. En la playa o la piscina, mientras el mundo resplandece a su alrededor, ellos se aíslan en una cápsula invisible y se inclinan sobre un periódico o una revista, bolígrafo en mano, absortos en la magia de las letras que se van combinando en palabras. Y no es raro verles sonreír de pronto, con una felicidad privada e intensa, cuando logran dar por fin con alguna solución que se les resistía. Han pasado 97 años desde que el New York World publicó el primer crucigrama moderno, aunque existen algunos precedentes británicos del siglo XIX, y este pasatiempo sigue conservando su comunidad de devotos, para quienes el día se quedaría incompleto sin su dosis diaria de definiciones.

Yoly Hornes, una aficionada que acabó convirtiéndose en creadora de crucigramas, recuerda bien aquella fase de adicción que atravesó en la adolescencia: «Comencé a comprarme revistas de crucigramas e intentaba resolverlos todos. Se convirtió en un hábito, casi en una necesidad. Creo que las personas que nos enganchamos con este tipo de pasatiempos tenemos una especie de obsesión con las palabras, es como navegar en un océano infinito de conceptos, de definiciones, de transformaciones». Yoly consiguió empleo en una revista de pasatiempos, donde diseñaba crucigramas y también autodefinidos, sopas de letras… «Era como pasar al otro lado del espejo, algo fascinante para mí. La verdad es que, si bien se trataba de un trabajo, tenía para mí mucho de juego, porque cada uno, sobre todo si tenía un alto nivel de complejidad, se volvía un reto. La otra cara del asunto es que comenzó a obsesionarme: soñaba, a veces pesadillas, con palabras, las palabras se ponían a veces por encima de los significados. Desde entonces, fue decreciendo el placer de resolver crucigramas hasta casi desaparecer. Como trabajo, también comencé a espaciarlo». Ahora es profesora de castellano y de literatura, escritora y… buena jugadora de Scrabble, así que algo quedó de todo aquello.

El trabajo de crear crucigramas es tan peculiar que ni siquiera cuenta con una palabra específica: crucigramista, para la Real Academia Española, es tanto el que inventa el pasatiempo como quien lo resuelve. «Cuando mi hija era pequeña y en el colegio le preguntaron a qué se dedicaba su padre, ella respondió: 'Fa crucigrames' (hace crucigramas). Y la maestra sonrió y le dijo que no le preguntaba por el tiempo libre sino por el trabajo», relata Màrius Serra, responsable del crucigrama en catalán de La Vanguardia y experto en juegos verbales. Serra confirma la vigencia de este pasatiempo, que muchos pusieron en duda con la irrupción, en 2004, del sudoku, mucho más apto para estos tiempos apresurados y de atención dispersa: «Vino para quedarse y ha reforzado la audiencia de las páginas de pasatiempos, pero en ningún caso ha sustituido al crucigrama. Yo creo que la potencia evocadora de la palabra es imbatible: resulta que una palabra respuesta, pongamos que 'chambergo', era una palabra que utilizaba tu abuelo o que asocias a un momento especialmente feliz, o triste, de tu vida, y esa fuerza connotativa es un valor añadido que carga de sentido el mero 'pasatiempo'. Si tuviera que buscar un paralelismo, recordaría mi etapa de fumador y diría que resolver un sudoku es como fumarte un pitillo, pero resolver un crucigrama se parece más a tomarte una copa de buen vino o de tu licor favorito, degustándolo sin demasiada prisa».

El más pequeño

El ordenador ha simplificado mucho la tarea de diseñar un crucigrama, porque el diccionario en formato digital permite recopilar fácilmente todas las palabras que cumplen determinadas exigencias. En rigor, las computadoras pueden rellenar la parrilla sin más intervención humana que la de apretar un botón: «Para eso es preciso tener todo el vocabulario, incluidas las conjugaciones, en una base de datos. En inglés es más fácil, porque no sólo hay programas donde ya están las palabras, sino que incluyen hasta las definiciones, de manera que pueden hacer el crucigrama completo. En nuestro caso, el ordenador puede ayudar, pero hay que trabajar el resultado si se quiere obtener un buen crucigrama, y sobre todo las definiciones», expone Agustín Fonseca, un arquitecto especializado en diseñar enigmas, cuyo trabajo se puede encontrar en la web Imaginarte (www.imaginartejuegos.com). Fonseca figuró en el Guinness como autor del crucigrama más pequeño del mundo, un juego de una sola casilla publicado en 1987 en la revista Muy Interesante. «Desgraciadamente -lamenta-, fue eliminado del libro por considerar que iba en contra de su filosofía, al ser un récord 'imbatible'».

Cuadrar la parrilla es sólo un punto de partida. Una vez completada, se puede hacer un crucigrama rutinario, copiando al pie de la letra las definiciones del diccionario, o un juego apasionante que desafíe el ingenio de quien se enfrenta a él. ¿De qué depende la calidad? «Digamos que hay dos criterios -analiza Màrius Serra-. Por un lado, el técnico, y por otro, el artístico. Desde un punto de vista técnico, un crucigrama con más de un 15 % de la parrilla colonizada por cuadritos negros es un mal crucigrama. También lo sería uno que tuviera demasiadas letras sueltas o siglas, aunque aquí el ingenio puede paliar la baja calidad técnica. Pero, finalmente, lo que distingue de veras un buen crucigrama de uno malo es el componente artístico, es decir, la calidad de los enigmas utilizados para esconder las palabras respuesta».

¿Ejemplos? Serra tiene de sobra: 'contrabajo' puede ser simplemente un 'instrumento de cuerda más grande que la guitarra', pero también 'el instrumento de la orquesta que sirve mejor para afrontar la crisis económica'; 'bronquitis' bien se puede definir como 'la enfermedad respiratoria del pendenciero', y cualquiera sentiría una enorme satisfacción al descubrir que 'idéntico a Jesucristo' sirve de pista para 'clavado'. «El secreto es el grado de dificultad, más o menos como el punto de cocción en la cocina -añade Serra-. La clave de un buen crucigrama es lograr un coeficiente de dificultad que sea, a la vez, lo suficientemente alto para dar valor a adivinar la respuesta y lo suficientemente asequible como para que la mayoría de los lectores no considere imposible resolverlo».

Ese esfuerzo mental de ir llenando las casillas blancas es, ante todo, divertido, pero también puede resultar rentable. «Supone un gran entrenamiento de la mente. Para resolver un crucigrama es preciso tener un buen bagaje de vocabulario y ser capaz de ordenarlo adecuadamente en el cerebro. Lo que es preciso poner en marcha para esta acción es muy grande, y está demostrado que quien resuelve crucigramas tiene ventaja cuando de retrasar el envejecimiento se trata», sostiene Fonseca. Además, lógicamente, en los crucigramas se van aprendiendo palabras. Si no fuera por ellos, muy poca gente sabría que el tas es un yunque de platero, que el ros es un gorro militar o que el río Aar discurre por Suiza: son los clásicos inmortales de las tres letras. «Muchas palabras aparecen sin que nos demos cuenta, por el solo hecho de cruzar las horizontales y las verticales -se sigue maravillando Yoly Hornes-. Entonces se obra el milagro y descubres palabras, incluso realidades o ideas que desconocías. Y eso, al menos a mí, me proporciona pequeñas dosis de emoción y de sorpresa. Como la vida misma, a la que a veces veo como un inmenso tablero con casillas vacías que, a medida que nos hacemos mayores, vamos rellenando».

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