Noticias del español

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| Nicilás Guerra Aguiar
laprovincia.es, España
Jueves, 16 de julio del 2009

GÉNEROS GRAMATICALES Y SEXO

Hace unos días, y con motivo del levantamiento rebelde de los militares hondureños contra el constitucional presidente Zelaya, éste hizo un llamado (sustantivo masculino) a las fuerzas armadas para que se pusieran a sus órdenes.


Y ya en Costa Rica, tras su ilegal y violenta expulsión, el presidente de este país, señor Arias, utilizó la misma construcción. Un llamado que en Honduras y en Uruguay es 'convocatoria para la provisión de un cargo público', aunque su primer significado es 'llamamiento', acción de llamar, con el mismo sentido que la voz llamada (sustantivo femenino), según el Diccionario de la Real Academia Española.

Por tanto, desde el punto de vista del correcto uso de la lengua ambos presidentes pudieron hacer un llamado serio y riguroso o una llamada seria y rigurosa. Así, según usemos las formas masculinas (no marcadas) o femeninas (marcadas), los adjetivos correspondientes deben adaptarse al género gramatical del sustantivo que se use, pues éste es quien lo impone, y no a la inversa como he escuchado algunas veces.

En tanteos previos al desarrollo del tema que se refiere a los géneros gramaticales, algunos alumnos de 1º de Bachillerato afirman que el masculino gramatical está, por ejemplo, en gato, perro, toro, hombre. Por el contrario, gata, perra, vaca, mujer son voces femeninas puesto que representan lo contrario. Por tanto, mis discentes siempre tienen como punto de partida el sexo (básico a sus edades). Y es cuando les planteo que si, entonces, son correctas en castellano las construcciones «Juan es un rata», «Los hombres mayores son unos tortugas cuando nadan» o «Pedro tiene el cuello enhiesto como un jirafa».

Y afirman que sí, pues si dijéramos que el varón es una rata, una tortuga o una jirafa, estaríamos usando el género femenino (es decir, en sus esquemas, el sexo femenino) y, por tanto, podría dudarse de su virilidad (sonrisas, risas). Lo mismo les ocurre con la construcción «Antonio es un máquina en las cosas de Internet».

En esta gradación ascendente —que los llevará a conclusiones racionales— los interrogo sobre el género gramatical de palabras como mesa, guagua, o libro, sello: casi sin pensárselo, afirman que las dos primeras son femeninas y las otras, masculinas, en cuanto que terminan en -a y -o, respectivamente. Les replico que pijama y planeta, por ejemplo, son masculinas. Y que mano y radio son femeninas.

Ya en el paso siguiente les pregunto por las características sexuales que imponen los géneros gramaticales a términos como pared, luz, sillón o mes (femeninos los dos primeros, masculinos los otros). Y les escribo en la pizarra el coche y la forma equivalente en francés, la voiture, de género femenino. Ahora permanecen en silencio, en profunda meditación y, al rato, algunos contestan que, quizás, no siempre el sexo es elemento marcador para el género gramatical. Y aciertan, vive Dios.

Llegados a esta contundente conclusión, les pregunto por términos que según sean masculinos o femeninos significan diferencias de tamaño, de individualidad o colectividad, de persona o cosa, de elogio o desprecio. Y ahí ya se frenan sus conclusiones, toda vez que la pobreza léxica les impide distinguir entre huerto / huerta (de mayor extensión), leño / leña, cosechador / cosechadora (máquina) o, como símbolos, gallo / gallina («Pedro salió muy gallo al terrero» o «Luis es una gallina», aunque se tiende a masculinizar, incorrectamente). Pero sí concluyen que han de recurrir al diccionario. Y lo usan.

Lo curioso es que, tras los ordenados pasos para que ellos lleguen a resultados, la cosa les queda bien clara porque les ha sido razonada previamente. O lo que es lo mismo, confirmo —como lo vengo haciendo desde mis iniciales inicios en las aulas— que los alumnos ni son torpes, ni sufren retrasos intelectuales ni padecen de atrofias mentales. Lo que simplemente ha sucedido es que, de unos años a esta parte, la intromisión en las aulas de ciertos especialistas en planteamientos teóricos nos ha llevado a la errónea consideración de que estamos tratando con gente de reducida capacidad intelectual y a la cual, por tanto, hay que darle todo masticado porque es incapaz de razonar. Y así nos va, y así le va. Si no se les protegiera contra el profesor como a débiles e indefensas criaturitas angelicales; si se les exigiera como se nos exigió a nosotros y así hicimos durante muchos años en las aulas; si maternalismos y paternalismos (exagerados muchas veces por los tutores) fueran menos agresivos, podríamos conseguir que la gente joven ejerciera como es, razonadora, deductiva e interesada cuando el tema les agrada, o lo que es lo mismo, cuando ha de usar las células grises de Poirot.

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