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| Ángela Benedetti, concejala de Bogotá
eltiempo.com, Colombia
Lunes, 15 de junio del 2006

GÉNERO, ARROGANCIA Y ESTUPIDEZ (OPINIÓN)

Una importante y afortunada polémica pública se ha desatado, a propósito de la aprobación en el Concejo de Bogotá del proyecto de acuerdo de mi autoría 'por medio del cual se promueven medidas para el uso del lenguaje con perspectiva de género'.


Se busca con esta norma que las entidades públicas distritales, en sus documentos oficiales hagan uso de expresiones lingüísticas que incluyan por igual a los géneros masculino y femenino.

Se ha descalificado esta iniciativa, argumentando que carece de importancia para la vida pública ocuparse de estos asuntos aparentemente banales y superficiales. Incluso, hay quienes critican al Concejo por «ocuparse de estos temas, cuando la ciudad tiene problemas realmente graves que deberían concentrar la atención de esta corporación». Otros alegan que este acuerdo atenta contra la pureza de nuestro idioma y constituye una afrenta contra la «aconsejable economía del lenguaje». Alguien va más allá. Evadiendo la crítica argumentada al proyecto, acude a la descalificación personal. Según un columnista, me comporto como los «políticos estúpidos»… que «crean problemas sin razón aparente», o sea, sin «la búsqueda del bienestar colectivo» o de «una ganancia personal».

No me cabe duda de la relevancia de acordar otras maneras de nombrarnos y nombrar al mundo. El lenguaje no es un asunto banal. ¡Por favor! Está inscrito en nosotros a una profundidad inimaginable. No hay nada tan arraigado a las aventuras fundacionales del género humano como el lenguaje. Pensamos porque disponemos de un lenguaje y no al revés. En gran medida, somos el lenguaje, lo que significa que cualquier proceso de exclusión social demandará especiales esfuerzos por erradicarlos del mundo de la vida y del mundo de la comunicación. Con razón, el filósofo alemán Jürguen Habermas afirma que el nacimiento del género humano está atado indisolublemente a la maravillosa invención del lenguaje.

En palabras de la Corte Constitucional, en su sentencia C-804-2006, el lenguaje sexista tiene «serias implicaciones por cuanto presenta al hombre-varón como el único sujeto de acción y de referencia y ubica a la mujer en una situación de dependencia y subordinación» (…) Las normas deben contener definiciones no discriminatorias por motivos de género.

Estos argumentos me ahorran referirme a la pureza y a la economía del lenguaje. Sólo debo decir que, como todo producto humano, el lenguaje está sometido a una permanente e inevitable transformación y adaptación. Y bien vale la pena que estas transformaciones lingüística den cuenta o estimulen cambios sociales tan profundos como las relaciones entre hombres y mujeres.

Por último, resulta paradójico, por decir lo menos, que quienes descalifican por superficial este proyecto, derrochen ríos de tinta en los medios para atizar esta polémica. Resulta sorprendente la escala de valores de aquel que considera éticamente más aceptable al político que hace el mal buscando el provecho personal, racionalidad económica pura que tiene tanta responsabilidad en los dramas de la modernidad. Ya el Premio Nobel de Economía Amartia Senn denunciaba a estos «tontos racionales».

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