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| Patricia Kolesnicov, de la redacción de Clarín
Clarín.com, Buenos Aires (Argentina)
Domingo, 31 de marzo del 2002

EXPRESIONES QUE SE DEJARON DE USAR Y NADIE SABE POR QUÉ

Cada época tiene su forma de hablar. Por eso, hay palabras y frases que resultan viejas. A veces, los objetos que nombran desaparecieron. Pero el cambio de palabras obedece a muchas causas


Ya nadie dice «un kilo y dos pancitos». No se dice «de rechupete» ni se siente «un cuiqui bárbaro». No se dice «Niño bien», «petitero», «fifí», «pituco», «cajetilla». No se usa rapé, no se viaja en tranvía, no se va al centro a ver las cintas de ningún famoso cinematografista. Una época se dice con unas palabras que quedan marcadas. No sólo la nombran, son parte de ella. Y con ella se van.

En su libro Buenos Aires, vida cotidiana en la década del 50, Ernesto Goldar registra las expresiones que se dijeron por esos años. «Estar en la pomada», «Ver el noticiario», «emperifollarse» y ser «paquetón». Eran los años de Perón, se pasaban los inviernos munidos de tricota y echarpe, una oficina en Corrientes y Esmeralda era un «escritorio central» y llegaban a la Capital los cabecitas.

Con indignación se gritaba «tarúpido»; pero ningún enojo justificaba pegarle a un quatrochi, por más que fuera escorchón, aunque se le podría enrostrar un «muerto de frío», si era cobarde. Otra acusación seria: la de tener «un corso a contramano» en la cabeza.

Se escuchaba música en el combinado, la radio se encendía o se cortaba. La mercadería de los negocios era flor de ceibo (nacional) o traída (importada). Con los amigos, si era verano, lo bueno era ir a un bar y pedir un cívico. La palabra será otra, pero la idea persiste: un cívico es un vaso de cerveza algo más chico que un chopp.

«Las palabras nacen y mueren por distintas razones», dice Susana Anaine, la subdirectora del departamento de investigaciones filológicas de la Academia Argentina de Letras. «A veces, desaparece el referente, la cosa que las palabras nombran y entonces la palabra cae en desuso». Como ejemplo, miriñaque, un armazón de metal que llevaban algunas locomotoras para apartar los objetos que impiden su libre marcha. También se llamaba así el armazón de metal que llevaban los tranvías para proteger al peatón. Desde la invención de las lapiceras a cartucho, casi nadie volvió a decir «pluma cucharita», pero si se tuviera que hablar de ese objeto se apelaría a esas palabras.

«La excepción —dice Anaine— son las palabras que designan algo que no existe pero que entró en la historia de la cultura. No hay más troyanos, pero se usa la palabra "troyano"». Otras veces —también explica Anaine— la cosa cambia pero permanece su función y la palabra resiste: «Se sigue diciendo "tirar la cadena" aunque no haya más cadena. Son nuevas acepciones, una extensión del sentido».

¿Qué se dice cuando se dice «en mi época»? Se habla de algunas canciones, de algunos objetos, de algunas comidas, de algunas causas, de algunas palabras. En el museo de cada infancia, de cada adolescencia, habrá algunas maneras de hablar. ¿Quién era usted cuando se escuchaba la música de un long-play en el tocadiscos o cuando había que tener un pantalón pata de elefante?

«Pocas veces —dice el escritor Leopoldo Brizuela— tuve la sensación tan clara de volver a la infancia como cuando visité, en el 93, a un exiliado argentino en Montreal y me recibió hablando la misma lengua que hablábamos al irse, un rioplatense lleno de la jerga de la época, que defendía como un modo de resistir. Una lengua que era la de sus compañeros muertos, y en la que ya no podía hablar con nadie. Por eso, cuando volvió no toleró la nueva Argentina y se volvió a Montreal».

«Me bocharon», dice alguien en una revista de los años 60. «Me trabajaron de lo lindo», declara Pepe Biondi en 1965, para explicar que lo engañaron. Hay entrevistas a los nuevaoleros. El Diccionario de argentinismos que prepara la Academia de Letras da más ejemplos: «El sábado y el domingo —dice el escritor desaparecido Haroldo Conti en Alrededor de la jaula, de 1966— trabajó como un negro, sobre todo el sábado por la tarde con un par de bañaderas que llegaron cargadas de chicos». ¿Cuándo se dijo por última vez «bañadera», para hablar de un «vehículo descapotable, que por lo común se destina a excursiones o paseos urbanos»?

«Es difícil decir exactamente cuándo aparece y cuándo desaparece una palabra», dice Anaine. «Siempre puede haber un ejemplo anterior o posterior».

Promedian los 60, las revistas del espectáculo reseñan teleaudiciones. Se denuncia —y un poco se quiere— a los chantapufis, se fanfarronea cuando el coche de uno es un balazo. Una nota muestra a Bonavena llevándole un triunfo a su madre. Quiere subrayar que todo lo que reluce es oro: «Acá no hay grupos».

¿Por qué cambian las palabras? ¿Por qué es vieja «biógrafo» y usamos «cine»; por qué vemos una película y no una cinta? «No hay una causa única ni se pueden prever o generalizar cambios», dice Alejandro Raiter, a cargo de la cátedra de Psicolingüística en la Universidad de Buenos Aires. «En el caso del cine, es obvia la influencia norteamericana, desde el inglés, que impuso "cine"' pero no pudo imponer "film", aunque le alcanzó para desplazar a "cinta" y "biógrafo". Nuestros videos —no vídeos como en España y en otros países de Latinoamérica— y nuestras computadoras —y no ordenadores— tendrían en principio esa explicación, como los CD, y no discos compactos o DC».

A veces las palabras cambian porque desaparecen las costumbres. «Ir al rincón, tener orejas de burro», dice Anaine. Raiter aporta: «La distinción entre señora o señorita, casada o soltera, desaparece porque no interesa. Los dialectos son dinámicos, tienen la sensibilidad de recrear, representar o constituir cambios sociales».

1974: un aviso que busca a Miss Bikini Argentina llama a la aspirantes a un autoexamen: «¿Te considerás mona?» Se critican las chambonadas de los chambones, las patas largas de las modelos se acomodan con dificultad en la estatura mezquina de un puff y todo bebé necesita su chiripá. Una actriz, con el pelo flou, declara que lo que más le gusta es «escuchar música en su esterofónico». Por la calle Florida aparecen remeras que se adornan con prints (estampados), por ahora los diseños vienen de Estados Unidos, pero se espera que pronto se produzcan acá. El consejo: «Decir chau a la mufa.

«Las palabras —dice Anaine— cambian también por modificaciones de las concepciones ideológicas: se hablaba de "divos" y "capocómicos". Ningún actor de teatro in dependiente aceptaría que lo llamaran así, aunque lo sea».

«Los cambios sociales —dice Raiter— incorporan palabras, lo que muestra el carácter ideológico de las palabras. Piquetero, por ejemplo, ya no es un grupo de obreros en huelga que impide la entrada de los carneros a la fábrica; piqueteros son ahora quienes cortan la ruta».

En los ochenta hay peinados afro aunque algunas mujeres todavía se planchan el pelo; el sustantivo «disco» se convierte en adjetivo, «música disco», y un chico llama a otro «loco» o «man». Si no te aguanto, no te banco; después de algunas sustancias, el que consume está colocado; si la noche es larga puede quedar fisurado y el que finge ser un chico bueno y sano, es un careta. Charly García escribe Peperina y en esa canción todos reconocen a las groupies, esas chicas que andan detrás de los músicos de rock. Es tiempo de raros peinados nuevos y los raros —el inglés manda— son freaks. Es década de yupies, unos muchachos ambiciosos, de trajes de buen corte, pelo corto mojado y cierta debilidad por la cocaína.

Hay palabras que llenan un vacío semántico, que dicen algo que ninguna otra expresaba y esas parecen estar aquí para quedarse: no hay nada como «trucho» para decir trucho.

En los 90 se hicieron fanzines y, todos frente a las pantallas, se inventaron los verbos «dobleclickear» (por hacer dos veces click con el mouse) y «deletear» —de delete, en inglés—, por «borrar». Las máquinas se imponen: darse ánimo se dice «ponerse las pilas» y llenarle la cabeza a alguien es «ponerle fichas».

«Los cambios —dice Anaine— no se dan en forma simultánea ni en todos los grupos. Las jergas que se usan para que otros no entiendan, como la de la droga, deben ser remplazadas permanentemente».

Macanudo; Pochita Morfoni; tilingo, manducar. Dichas en voz alta, son el abretesésamo del túnel del tiempo.

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