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| lanacion.com (Argetina)

Estigmatizar a través del lenguaje

Una investigadora argentina analiza los medios de comunicación y señala los matices en el uso del vocabulario que denotan prejuicios y discriminación.

Directora del Departamento de Lingüística del Centro de Investigaciones en Antropología Filosófica y Cultural (Conicet) y profesora de Análisis de los lenguajes de los medios de comunicación (UBA), la doctora María Laura Pardo, que investiga la forma en que los canales de comunicación representan a las distintas clases sociales, desmenuza el entramado discursivo de los medios masivos de comunicación y advierte sobre su efecto discriminatorio.

¿Hay discriminación en los medios de comunicación argentinos?

-Existe un tratamiento diferente respecto de las personas. Así, una persona humilde que delinque es un chorro o un malviviente, pero si lo hace un funcionario, es a lo sumo una persona sospechosa o alguien que parecería haber cometido un ilícito. No es sólo la forma en que se refieren a estos individuos, sino la rapidez con que se juzga en el discurso a unos culpables y a otros no.

¿Una doble moral del discurso?

-La discriminación se observa en que aún se mantienen chistes sobre la condición sexual de las personas o en cómo son tratadas las personas humildes. Un alcohólico de clase media alta es un hombre de buen vivir. Un loco de igual condición económica es un excéntrico. Un drogadicto es alguien a quien le gusta relajarse y una prostituta puede convertirse en alguien que hace desnudos cuidados. Esto evidencia un doble discurso moral tanto en los medios como en la sociedad.

¿Por qué los sectores más vulnerables suelen ser los más maltratados?

-En el pasado, las personas humildes se identificaban con gente de trabajo, que luchaba contra la adversidad, respetuosa y honrada. Pero esa visión ha cambiado mucho. La posmodernidad pone a aquellos que durante años no han tenido voz en los medios en un supuesto sitial de «privilegio». Los pobres, los aborígenes, los locos, todo lo que hasta hace poco era parte de la marginalidad cubre el espacio de lo público con un solo fin: existir a partir de aparecer en la televisión. Si estoy en la TV, existo.

No son los pobres que daban ejemplo lo que les interesa a los medios, sino los pobres «en su miseria»: los obesos en su lucha contra la enfermedad, las madres de delincuentes o de drogadictos, esos con los que la clase media no quiere identificarse. Así, la clase media se construye por oposición. Eso que veo no soy yo, no es mi familia, puedo quedarme tranquila. Si bien el discurso de los medios apunta a no discriminar, a ayudar y a que ciertos problemas se conozcan, muchas veces su efecto resulta una mezcla de asistencia y de discriminación positiva. La cuestión es siempre la misma: desde qué lugar se hace la exposición mediática y desde qué grado de conocimiento de la problemática real.

¿Es una situación local o un fenómeno que se repite a escala mundial?

-Es un fenómeno global con características locales. La posmodernidad es más que un concepto de los teóricos, es un modo de encarar la vida y de vivirla. Esto influye en todo y en todos. Mucho de lo que he comentado se da en otros países y en cada uno toma aspectos idiosincráticos de cada lugar. Por eso, Gran hermano, Cuestión de peso, Bailando por un sueño y tantos otros son programas cuyo formato se puede ver en todo el mundo.

¿Cómo se representa la pobreza en el discurso mediático?

-Es interesante observar que los que acceden a ser expuestos en la pantalla son los sectores carenciados. Tienen una necesidad de protagonismo que la pantalla chica puede darles; muchas veces se les paga para participar y no cuentan con abogados o personas que los asesoren. Tienen más para ganar que las clases media, media alta y alta. Muchas personas de clase media o alta se drogan, delinquen, se alcoholizan, se embarazan en la adolescencia, pero tienen los recursos para que eso se resuelva de la mejor forma y solo en el ámbito privado. Los medios no se focalizan en mostrar cómo resolver un problema de droga por medio de una internación privada, a menos que el drogadicto sea famoso.

¿Cuánto se puede conocer de la sociedad a partir del lenguaje que usa?

-El lenguaje construye una cultura y se retroalimenta de ella. Los sistemas de creencias de una sociedad son representaciones del mundo donde creemos vivir, que construimos con el lenguaje. Investigando las estrategias y recursos lingüísticos de un grupo social, podemos conocer algunos de esos aspectos sociales.

¿Cómo ha cambiado el discurso de los medios en las últimas décadas?

-Es difícil resumir esos cambios, pero pueden señalarse algunas cuestiones relevantes. Los medios siempre han tenido injerencia en los gobiernos, apoyándolos u oponiéndose, y también siempre están sometidos a los cambios globales. El discurso de los medios en los años 80, con el advenimiento de la democracia, fue un espacio para la discusión política. Aun con temores y ciertas censuras, se abrió paso un discurso que tenía como eje a las figuras clave del gobierno y de la oposición. En los años 90, con la llegada del menemismo y la posmodernidad, el discurso de los medios, en muchos casos, acompañó esa época en que lo vulgar comenzó a mezclarse con la política. A mediados de la década del 90, los reality shows incorporaron las historias de vida de gente común, siempre con algo que contar en el límite del buen gusto.

¿Cuáles suelen ser los disparadores de esos cambios?

-No hay una única causa. Influye enormemente la filosofía de vida, una filosofía de vida estrechamente relacionada con la economía y la cultura. El neoliberalismo no es solo una forma de encarar la economía, es ante todo un cambio cultural que se trata de imponer y que llega a la gente, entre otros canales, a través de los medios. Su correlato filosófico o cultural es la posmodernidad.

¿Es la variable cultural que determina un cambio en los patrones discursivos?

-El discurso es parte de las actividades del hombre. En la medida en que éste cambia, también lo hace su discurso y viceversa. Así se producen cambios en la cultura, la ideología, la política, la economía. No es que primero haya un cambio cultural y luego un cambio en el discurso. Para que se dé un cambio (sea del tipo que fuere) debe también cambiar el discurso, lo que se traduce en la construcción lingüística de nuevos argumentos y términos.

¿Qué motiva el salto entonces?

-El cambio discursivo tiene que ver con lo social. Los medios pueden acelerar o aletargar ese cambio. Mostrar siempre un lado de la cuestión, generalizar a partir de hechos menores, argumentar siempre a favor o en contra de algo o alguien ayuda a que los cambios en general (y por lo tanto, el discurso también) tomen un determinado carril. Esto no es solo responsabilidad de los medios, sino también de quien los mira, de su espíritu crítico y su educación.

¿Se ha empobrecido el lenguaje?

-La pregunta sobre si una lengua se empobrece o enriquece oculta la suposición de que se puede dañar la lengua y esto no es así. El lenguaje es un sistema que nos permite pensar y, por lo tanto, necesitamos de la vida en sociedad para desarrollarlo. Hablar bien o mal (esto es, respetar o no la norma culta de una lengua) solo hace que nuestro manejo social no sea estigmatizado. Si voy a un colegio a que me tomen de maestra y me como las eses, no me van a tomar, pero si voy a la carnicería a comprar carne, me la van a vender igual, pronuncie o no la ese final. El lenguaje es como la vida: para desarrollarse debe mezclarse, recibir términos nuevos, dejar morir otros, estar en continuo movimiento. Esa tensión lo mantiene vivo. ¿Se empobreció? ¿Se enriqueció? No, solo vive.

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