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| Juan José Téllez
lavozdigital.es, España
Miércoles, 29 de septiembre del 2010

ESTE ARTÍCULO ESTÁ EN HUELGA

Huelga decirlo, pero, aquí y ahora, ante sus propios ojos y en estricto seguimiento de la huelga general prevista para hoy, las minúsculas están enviando piquetes informativos a los signos de puntuación. Las mayúsculas observan la escena con el sueño fruncido y gesto de reprobación: seguramente temen que esa movilización inquiete a los mercados y que los lectores acaben tirando el periódico a la papelera.


El titular y los ladillos han intentado en los últimos días evitar lo peor para sus intereses, esto es, que se confirmase el paro y que el seguimiento fuera tan masivo que ni siquiera hubiera servicios mínimos suficientes para atender algo así como el léxico abreviado de los SMS. Los puntos y aparte han comparecido a menudo en los medios de comunicación, junto a los sumarios, para asegurar que hemos experimentado una ligera mejoría en la evaluación del déficit de nuestra sintaxis por parte de las grandes agencias del rating periodístico. Y que es absurdo declarar una huelga en su contra cuando en realidad la culpa de nuestra crisis la tienen sin duda las grandes transnacionales de la palabrería, el pensamiento único de los rumores, los mercados de las ideas que reducen los vocablos a simples cáscaras huecas. No hay nada que hacer: las letras han decidido juntarse hoy en una enorme oración yuxtapuesta, a pesar de que la patronal del diccionario ha alertado sobre las gravísimas competencias de que las aes, las es, las oes y las úes, pretendan poner el punto sobre las íes y evitar que la última reforma del mercado literal les termine convirtiendo en una simple sopa.

El conflicto parece a todas luces inevitable, porque el llamamiento se ha ido extendiendo a las columnas, página a página, sección por sección. Pero los reportajes se reunieron en asamblea junto con las entrevistas, los sueltos informativos, las reseñas deportivas, las críticas culturales y los ecos de sociedad: no hay consenso suficiente para secundar esta iniciativa porque, según afirman, sufren de mucha mayor precariedad laboral que los articulistas de opinión.

Los sindicatos mayoritarios del vocabulario están sumamente preocupados. Si no logran que la jornada sea un éxito, perderán la escasa credibilidad que les resta y caerán como el imperio romano, dejando a sus compañeros a merced de las faltas de ortografía y de las mordazas. Las letras de las pancartas sienten hoy una extraña soledad. Y se preguntan, cautivas y derrotadas como este mismo huelguista, quien tendrá a fin de cuentas la última palabra.

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