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| Roberto Rodríguez Menéndez
cubarte.cu
Jueves, 26 de octubre del 2006

ENTREVISTA A SALVADOR BUENO

Me propuse entrevistar a Salvador Bueno por múltiples razones. Entre ellas, por el respeto y el agradecimiento que por el profesor siempre sentí, como una distinguida personalidad de la cultura cubana. Otra razón, la menos visible, debido a un texto suyo, sobre la literatura de nuestro país y que fuera material de obligada consulta, en los primeros años de la década de 1960 (la fabulosa), para los que, por entonces, iniciábamos estudios en la carrera profesoral de la Universidad de La Habana.


Han transcurrido cuarenta y tantos años y ahora, por majaderías de la vida, escojo y programo el momento para reunirme con el profesor y crítico que, por suerte, no me ocultó información ni secretos profesionales inherentes al difícil, y muchas veces angustioso, oficio del investigador literario.

Nuestra conversación cubrió dos horas, excepcionalmente bien aprovechadas. Durante ese tiempo sentí en él esa inexplicable y nerviosa emoción del profesor que va sorteando, con éxito, los escollos que se presentan siempre en el desarrollo de una clase, por muy bien planeada que se tenga. Por mi parte experimenté la satisfacción de examinarlo, con mi batería de preguntas, como años atrás sus estudios literarios me examinaron a mi. Por ello fue lógico que la primera interrogante, tocara fondo en el gran asunto de la vida de este hombre que da sapiencia y razón válida a su primer apellido.

– Más de medio siglo he trabajado como profesor de Literatura, en varios niveles lo que significa distintos tipos de alumnos. Ello me ha obligado siempre a un permanente ajuste de mi auditorio. El profesor de Literatura tiene que intensificar el afán de lectura en sus alumnos. No se puede estudiar la Literatura si uno no lee. El buen profesor tiene que estimular a sus alumnos en el empeño de conocer las obras literarias y apreciar sus matices. Este razonamiento es vital. Por otra parte, a mi me gusta enseñar y ese propósito me domina tanto que al entrar en el aula me olvido de mis problemas personales, con independencia de que la clase sea mejor o peor.

¿Sintió desde los primeros años de su vida inclinación por el magisterio?

– No sé. En realidad lo que me gustaba de niño era leer.

¿Leía mucho?

– Todo lo que me caía en las manos… empezando por los muñequitos… y ahora recuerdo algo: cuando yo era un muchacho de doce años en mi casa había una sirvienta gallega, bastante joven, que no sabía leer y yo le enseñé. Así que si alguna semilla tengo es ese ejemplo.

¿Cómo viene lo de profesor?

– En la Cuba en que me formé si te gustaban las letras no tenías otro camino mejor que ser profesor. Después de terminar Filosofía y Letras participé, en la propia Universidad de La Habana, en cursos de verano que allí se ofrecían, con presencia mayoritaria de alumnos extranjeros. Fueron unas seis semanas y tuve como profesor a un magnífico maestro,Medardo Vitier, quien logró que cada uno de los participantes hiciéramos un comentario sobre una obra literaria. Creo que esa fue mi primera experiencia como expositor y, también, me dio la medida de lo que podría ser después como profesor. Luego ocurrió que en mi no hubo separación entre la docencia y la investigación literaria y, por supuesto, la expresión de ideas críticas en ese campo.

¿Usted ha escrito Poesía?

– Aunque se dice que los que nos dedicamos a la crítica literaria es porque hemos fracasado en otros géneros, en mi caso, yo pude haber fracasado como crítico pero no como poeta, narrador o dramaturgo, porque nunca escribí ni poemas, ni cuentos, ni dramas…

¿Dónde nació?

– En La Habana, en la calle Industrias y un amigo me dijo una vez que por eso yo era tan industrioso.

¿También es usted del equipo Industriales de nuestra pelota?

– No. En realidad no sigo la pelota en los últimos tiempos.

Pero es habanero

– Viví en una zona de la Víbora donde hay muchas elevaciones. Eso fue por el año 1930 y el sitio estaba poco habitado y me sentía como si estuviera en la periferia de la ciudad de La Habana. Por eso algunas veces he dicho que soy un guajiro de La Habana.

¿Dónde impartió su primera clase?

– Fue una clase de Español y no de Literatura y la di en la Habana Bussiness Academy, una institución docente que preparaba a los jóvenes que querían ser secretarios y dedicarse a esas labores. Allí empecé a los pocos meses de haber terminado en la universidad. Expliqué Ortografía y Redacción, ambas ligadas con la lectura. Fueron cinco años de trabajo impartiendo seis horas diarias de clases.

¿Qué importancia, como experiencia, dejaron sus viajes al exterior en su quehacer literario?

– Preferiblemente te hablo de España, país al que viajé recién casado y con treinta años de edad. Estuve en dos ocasiones y, sin dudas tuvo que ver con las inclinaciones mías como profesor, investigador y crítico. En Madrid conocí a Pío Baroja, que tenía fama de ser gruñón pero conmigo no lo fue. Esto también influyó, de alguna manera, en mi trabajo posterior. También conocí la Florida y Nueva York, en Estados Unidos, visité París, Roma y después de 1959 viajé a Hungría, Bulgaria, la Unión Soviética y Checoslovaquia. Para mi fueron inolvidables las experiencias que tuve como profesor de Literatura Hispanoamericana, en la Universidad de Letras de Budapest. Allí eran alumnos que ya sabían Español, tenían una gran disciplina y muchos deseos de superarse. Este trabajo, como otros con extranjeros, me obligó a articular y a hablar con la mayor corrección .

¿En qué métodos de trabajo ha basado su larga faena como investigador literario?

– Todo ha sido pura intuición. A mi nadie me enseñó. Siendo alumno universitario tuve relación directa con José Antonio Portuondo y con Julio Le Riverend y eso fue un gran estímulo, y claro está me permitió ver un camino en el campo de la investigación. Recuerdo que estudiando Historia de Cuba, con Elías Entralgo, él nos indicó a los alumnos trabajos de investigación. A mi me tocó realizarlo sobre el periódico. El Siglo, del conde de Pozos Dulces, y quien orientaba esto era le Riverend. Conversé con él para trazar un lineamiento general para el trabajo. También fui al antiguo local de la Sociedad Económica de Amigos del País y allí ponerme en contacto con la cultura cubana en sus distintas manifestaciones. De esa manera el método fue surgiendo del conocimiento directo con la obra y con los autores .

Por los años cincuenta usted preparó una importante Antología del Cuento en Cuba… ¿cómo la organizó?

– Esa antología se publicó en 1953. Para conformarla me entrevisté con los autores que yo tenía pensado incluir en la misma. Esta fue una manera de meterme de lleno en la literatura en activo y valorar los problemas que tenían los escritores cubanos. Era un contacto, de primera mano, con la literatura en marcha: Félix Pita Rodríguez, Alejo Carpentier, Lezama Lima y otros más jóvenes como Eliseo Diego. Este trabajo me permitió saber lo que se estaba haciendo por parte de nuestros escritores.

¿Se siente satisfecho de su bibliografía activa?

– De ninguna manera me siento satisfecho. Siempre hay algo pendiente.

En la actualidad ¿cree usted que se maltrata en Cuba el idioma español?

– Ay, mi amigo… esa pregunta es tremenda ¡ Nosotros tenemos un magnífico idioma que, aunque lo llamamos Español, no podemos considerarlo extranjero porque es nuestro al igual que lo es de los españoles, los mexicanos, los chilenos o los venezolanos. Este ha sido el idioma de nuestra nacionalidad y nos conecta con varios millones que lo hablan en el mundo entero… ¿y qué resulta?.. que el maltrato a que lo sometemos nos impide una mejor y mayor comunicación con nuestros semejantes que hablan nuestro idioma en distintas partes del mundo. Hay que cuidarlo más. El cubano, por razones de naturaleza, geográficas y también climáticas, tiene la tendencia a comerse los finales de las palabras. Tampoco articulamos bien los sonidos de nuestro idioma y eso es algo espantoso. A veces uno va caminando por la calle y oye a personas que emiten sonidos que no están articulados y eso es muy grave, pero todavía lo es más cuando esas personas no tienen el hábito de leer, porque ese hábito tiene que ver con la discreción en el uso de nuestra propia lengua y por tanto en la comunicación diaria. En realidad preocupa tantos descuidos que se cometen en el uso del lenguaje.

¿Cree que el hábito de la lectura ha disminuido en nuestro país?

– Hay un aumento en el propósito de leer pero contra ello luchan los hábitos de la vida moderna. La Radio, la Televisión y el Cine ponen obstáculos al tiempo de nuestra lectura. Recuerdo un chiste de uno de los hermanos Marx, me refiero al famoso trío de cómicos norteamericanos, dicho al principio de la Televisión en los Estados Unidos , respondiendo a la pregunta de un periodista acerca de si la Televisión podía estimular la cultura. Entonces él respondió: ¡Cómo no!. Y ante la insistencia de saber el porqué, sentenció: Bueno, en mi casa , cuando se enciende el televisor, yo cojo un libro y me voy a mi cuarto.

Dividamos la literatura cubana del siglo XX en dos grandes bloques. En uno lo que se escribió entre 1901 y 1958 y en el segundo lo escrito en estos últimos cuarenta años. Valorándola en ambos casos a través de géneros y autores y asumiendo defectos y virtudes ¿en qué medida la calidad se inclina más a un bloque que al otro .¿Qué piensa usted?

Tras la pregunta (notoriamente de final de curso Salvador Bueno me miró sonriente, quizás por sospechar mi venganza histórica. Pero él es un hombre lúcido y de respuestas. Y fue a la carga de inmediato, sin otras consideraciones.

– La pregunta tiene varias facetas que habría que considerar, como es el caso de los años que abarca cada etapa, obviamente más años en el primero que en el segundo bloque. A partir de 1959 hay un incremento de la producción literaria, en todos los géneros, lo que se produce por una serie de fenómenos: la alfabetización, la creación de escuelas, becas, etc. Luego de 1959 muchos autores se proponen objetivos nuevos, en todo sentido, comparados con la anterior etapa. Es decir, se abren caminos que no estaban hollados lo que permite la aparición de una obra nueva, pero con pocos antecedentes. Lo contrario ocurrió en Cuba a principios del siglo XX donde el número de lectores era mínimo. En aquella época las letras que se cultivan se apoyan en una obra ya establecida. No quiere decir que la actual no se apoye en la anterior sino que está buscando una renovación. Ahora bien, después de 1920, ya está ocurriendo una evolución en la literatura de nuestro país. Surgen nuevos autores, jóvenes entonces, que chocan con lo anterior. Ellos se proponen decir otras cosas, lograr otros objetivos. Por otra parte, es muy difícil hablar de calidad como un todo. No hay dudas que el género literario más logrado en Cuba y con una mayor continuidad es la poesía. Mirta Aguirre dijo una vez que entre nosotros surgía un gran poeta cada cincuenta años, y señalaba que Heredia había nacido en 1803 y Martí cincuenta años después y otro tiempo aproximado había transcurrido para el nacimiento en 1902 de Nicolás Guillén. Claro, matemáticamente eso no se puede llevar… quizás sepamos más adelante si en 1952 nació un gran poeta en Cuba…

En su trabajo personal ¿alguna frustración?

– En no haber podido realizar todo lo que hubiera querido hacer. Sí, ahí hay una frustración. Pero cuando me encuentro con un antiguo lector de mis libros o alguien a quien le di clases, esa es una satisfacción.

¿Cuáles son los poetas y escritores cubanos o no de su preferencia?

– Prefiero leer autores españoles, te lo confieso: Unamuno, Machado, Ortega y Gasset. Lo anterior no disminuye mi gusto por los autores cubanos. Y en la relación te cito José Martí, Enrique José Varona por su profunda prosa reflexiva. A él lo disfruto mucho. También admiro a Carpentier, con su obra magnífica lo que demuestra lo que un escritor cubano puede lograr en el campo literario.

¿Escribe en la actualidad?

– No dejo de hacerlo.

Los medios de comunicación masiva acabarán en el siglo XXI con el silencioso y mágico acto de la lectura?

– No. Y pienso que también habría que explicar qué es la lectura, porque si yo estoy mirando una obra escultórica estoy leyendo esa obra con un sentido amplio… pero estamos hablando de la lectura literaria. La lectura no desaparecerá aunque quizás disminuya. Un autor de la importancia de Thomas Mann será leído en el siglo XXI como se hizo en el anterior. Los autores extraordinarios tendrán siempre sus lectores… que el número sea mayor o menor no lo puedo pronosticar, pero seguirán leyéndose…

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