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| NÚRIA NAVARRO (El Periódico, España)

Entrevista a José Martínez de Sousa, ortotipógrafo

Es un sabio en un tiempo en el que la ignorancia es atrevida. Quizá por eso la humildad de Martínez de Sousa desarma. Ha corregido más de 8.000 libros y es autor de 20 títulos necesarios para escribir con corrección. Entre ellos, el Diccionario de usos y dudas del español actual y el Manual de estilo de la lengua española.

«Si dominas la lengua, no te van a confundir»

• La suya es una vida dedicada a la oración bien construida y a la puntuación correcta

O Rosal (Pontevedra), 1933

Lexicógrafo y bibliólogo

Ha publicado Antes de que se me olvide ( Ed. Trea)

Es un sabio en un tiempo en el que la ignorancia es atrevida. Quizá por eso la humildad de Martínez de Sousa desarma. Ha corregido más de 8.000 libros y es autor de 20 títulos necesarios para escribir con corrección. Entre ellos, el Diccionario de usos y dudas del español actual y el Manual de estilo de la lengua española.

La pasión por las palabras le nació pronto y con fuerza.

– Crecí en Valdemiñotos O Rosal, Pontevedra, una aldea gallega de 40 habitantes. Llevaba una vaca al monte, porque había que ayudar en casa. Aquello, pensé, era pasajero. Tuve claro que la manera de cambiar era aprender, estudiar, ser listo. “Este niño es fino”, decían de mí mis coterráneos, y yo tenía que responder a esa idea.

Perfeccionó el empeño en Sevilla.

– Pasábamos hambre y mi madre decidió marchar a Sevilla, con un hermano y conmigo. A mí me internó en el Hogar de San Fernando, una especie de asilo de monjas donde la mayoría de los niños eran producto de la guerra. Yo tenía 10 años. Me di cuenta de que si no hacía algo por mí, nadie más lo haría. Aprender se convirtió en una idea fija.

Fija, fija… Intentó cambiar una pelota por un libro.

– Sí. Un chico tenía Lecciones de cosas, una delicia de libro. Y no sé cómo, yo tenía una pelota. Con gran nerviosismo le propuse el cambio. Me miró y me dijo: “Venga ya”. Me quedé con la pelota en la mano…

A la larga, no sólo pudo leer. También creó libros.

– Elegí la imprenta. Me dijeron que en cajas se componían los textos, y allí me quedé. Me dieron un original, el componedor, la caja y el chibalete. Compuse el texto con cuidado, lo llevé a la platina, le puse tinta y pasé el rodillo. Tiré del papel y miré con unción mi primer trabajo.

¡El origen del largo viaje!

– Algo explosionó dentro de mí. Construía libros. Y era el primer lector. ¡Era un tío importante!

Hizo de tipógrafo en la mili y entró en Bruguera.

– Entré como corrector. Durante ocho años leí muchísimas novelas del Oeste y de amor, pero también los clásicos de Joyas literarias. Luego trabajé en La Vanguardia y en Tele/eXpress, y acabé como corrector de estilo en la editorial Labor.

Se fue armando el sabio que es.

– Yo quería crear un corpus que diera respuesta a las muchas dudas que tenían los correctores de estilo y tipográficos. En la época de Bruguera sólo había un diccionario, más antiguo que la Moños. Luego apareció el Diccionario de dudas y dificultades de Manuel Seco, que fue como agua de mayo. Y yo, que siempre le encontré el gusto a la oración bien construida y a la puntuación correcta, quería seguir resolviendo problemas. La inmensa mayoría, propios.

¿Sufre por la salud de la lengua?

– Si la lengua es vida, la lengua es tan compleja como la vida. La vida hace sufrir. La lengua hace sufrir.

¿Teme abrir un diario?

– ¡No es tan mala la prensa como se dice! A los diarios de mayor circulación les daría un notable. Ahora bien, hay que distinguir entre lo bien corregido ortográficamente y lo bien expresado, que es donde puede fallar el periodismo.

Dé un consejo para no fallar.

– Hay que saber pensar, saber qué se va a decir y decirlo con cierto orden. Y ante la mínima duda hay que ir al diccionario.

García Márquez pidió eliminar acentos y haches. ¿Al infierno?

– Es una salida de las suyas… Quizá los quiera quitar porque no sabe ponerlos. Pero tampoco es esencial. Él crea y otro detrás ya le pondrá las tildes. Los acentos se necesitan. Nuestro sistema se ha ido perfeccionando a lo largo de los siglos. La lástima es que la última ortografía de la RAE, la de 1999, es malísima.

Así no le ofrecerán un sillón.

– Ja, ja. ¡Eso digo yo! No soy antiacadémico. Soy proacadémico de una Academia que no es ésa. Muchos de los que entran no tienen ni edad ni títulos. A mí me han ofrecido tres veces ser académico correspondiente en Barcelona y he dicho que no. Si lo escrito por mí vale algo, es un sillón. Y si no, nada, que no estoy frito por entrar en la Academia.

La lengua ayuda a comprender el mundo. ¿Alguna conclusión?

– La conclusión, ¡ay!, es que está muy desarraigado de sus principios. Hay fuerzas retrógradas que tiran de la cola de la civilización para que no adelante. Pero si dominas la lengua, no te van a confundir.

¿Tendrán eso claro los jóvenes?

– Uno sólo es dueño de las cosas cuando sabe nombrarlas. Y parece que los chicos no están dispuestos a hacer un esfuerzo. ¿Qué les enseñan en las escuelas? A mí me enseñaban con el dictado, que es un arma poderosa para aprender a escribir.

Noticia publicada en la página 9 de la edición de 5/18/2005 de El Periódico – edición impresa.

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