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| Luz Nereida Pérez
.claridadpuertorico.com, Puerto Rico
Jueves, 8 de marzo del 2007

EN LA PLAYA

Mi padre, como buen viequense y como salvavidas certificado, nos dejó múltiples lecciones con relación a esa fascinante, misteriosa y poderosa fuerza que llamamos mar. Con tono sentenciador y harta frecuencia, nos decía que al mar se le respeta, que se le pide permiso para tomar de él lo que se desea, que el mar suele ser traicionero —como suele afirmarse también sobre los gatos—. De igual modo, bajo ninguna circunstancia nos permitía ir a la playa durante los meses que incluyeran en su nombre la letra erre. Los meses playeros eran solamente mayo, junio, julio y agosto porque, según nos enseñó, era la época en que el mar estaba libre de sargazos y aguas vivas —también denominadas medusas—.


La playa representa un mundo de libertad absoluta y de retorno, sin empacho alguno, a nuestra condición de niños o de criaturas en estado de paraíso, con limpieza de espíritu y espontaneidad genuina —como bien lo afirma Anne Morrow Lindbergh en su excelente diario de vacaciones A gift from the sea, que en una época fue lectura obligada en los cursos universitarios de inglés básico—. En la proximidad del mar nos olvidamos de las imperfecciones corporales —cicatrices, gorduras, celulitis, flaquencias extremas…—, nos paseamos de arriba a abajo, nos sumergimos, chapoteamos y flotamos panza arriba sin el más mínimo temor de ser evaluados y sin juzgar a los otros u otras que también hacen lo propio. Allí nos pavoneamos y exhibimos tranquilos, gozosos y desinhibidos en nuestras ¿trusas?, ¿trajes de baño?, ¿bañadores? De eso precisamente trata hoy este espacio.

En Puerto Rico, solemos denominar a los escasos ropajes que utilizamos para sumergirnos en las aguas de mar, ríos y piscinas como trajes de baño. Si vamos al Diccionario de la lengua española (2001) emitido por la Real Academia Española, encontraremos bajo el inciso dedicado al sustantivo traje al traje de baño, en cuyo caso la Academia alude a 'prenda para el baño' y nos remite al vocablo bañador para una definición más precisa en su tercera acepción: 'prenda, generalmente de una pieza, usada para bañarse en playas, piscinas, etc.' En algunas obras literarias —y en diversos países de habla hispana—, se emplea el vocablo trusa, procedente del francés trouses. En su acepción tercera se le define como 'bañador' y se ubica su uso en la hermana antilla de Cuba. La acepción segunda nos dice que en Argentina, México, Perú y Uruguay se denomina como trusa a la 'braga' —prenda interior femenina que el inglés llama panty— y en la cuarta acepción se indica que en Perú esta voz se emplea igualmente para aludir al calzoncillo.

El Diccionario también acoge versiones más modernas —al igual que más exiguas en tela— tales como el biquini definido como 'conjunto de dos prendas femeninas de baño, constituido por un sujetador y una braguita ceñida'. El Diccionario panhispánico de dudas acoge esta voz como bikini, lo cual justifica al afirmar que:

«Esta grafía, mayoritaria en el uso, es también la etimológica, pues esta voz procede del topónimo Bikini, nombre de un atolón de las islas Marshall; se considera también válida la grafía biquini. Es voz masculina en todo el ámbito hispánico, salvo en la Argentina, donde se usa en femenino».

La Real Academia define igualmente al vocablo tanga y nos traza su origen al tupí —que es lengua de los indios que habitaban la costa de Brasil cuando llegaron los portugueses y que se denomina también como tupí guaraní por pertenecer a la gran familia del guaraní—.La voz tanga es identificada como sustantivo masculino y es definida como 'prenda de baño que por delante cubre sólo la zona genital y por detrás consiste en una cinta estrecha'. El citado diccionario de dudas afirma que en la mayor parte de América se emplea el género femenino para la tanga y no el tanga aunque en España sí prevalece el género masculino. Fernando Lázaro Carreter señala, por su parte, con la genialidad lingüística que le caracterizaba que el vocablo tanga sirve para designar la miniatura absolutamente desinhibida del bañador unisex, más acorde con la actual franqueza de costumbres.

Cuán distintos somos en la playa, a diferencia de nuestra descortés, agresiva e indiferente conducta cuando nos colocamos tras el volante de un automóvil. Dentro de la vulnerabilidad del bañador o traje de baño, salen a nuestra humana superficie las mejores cualidades y saludamos al extraño, comentamos con gozo lo que vemos, compartimos lo que llevamos, chapoteamos y reímos. Sin embargo, cuando nos encerramos entre latas, tuercas, plásticos, tornillos y gomas dejamos salir lo peor de nuestras personalidades. La impersonalidad y aislamiento dentro del automóvil parece estimularnos a hacer barbaridades con el convencimiento de que saldremos impunes, pero Dios nos libre de hacerlo en medio de la vulnerabilidad de la playa porque al fin y al cabo sabemos a lo que nos exponemos. ¿No es esto miseria espiritual y humana? La playa es definitivamente una lección de absoluta y pura humanidad.

Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,/ sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,/ llevado, conducido, mezclado, amorosamente arrastrado.// No es bueno/ quedarse en la orilla/ como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca./ Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha/ de fluir y perderse, encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido. (En la plaza, Vicente Aleixandre)

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