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| Editorial
www.lacapital.com, Argentina
Miércoles, 20 de septiembre del 2006

EN DEFENSA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

La aparición del Diccionario del estudiante de la Real Academia, destinado específicamente a una franja que va entre los doce y los dieciocho años, debe ser saludada como un acontecimiento de gran valor en un marco de permanente desvalorización de la palabra.


De manera constante, y con pleno fundamento, se alude al deterioro que se observa en la relación entre los jóvenes y el lenguaje. La escasa cantidad de vocablos que utilizan, la abundante cantidad de faltas de ortografía que se observa en ellos y su creciente tendencia a violar las estructuras gramaticales constituyen, sin dudas, un fenómeno que merece mayor atención de la que parece brindársele. La vertiginosa evolución que experimenta la tecnología tampoco se ha erigido en ayuda: la fiebre del chateo y la profusión de mensajes de texto a partir del auge de la telefonía celular se han convertido en sendos enemigos de la riqueza idiomática. Frente a tantas amenazas, debe calificarse como un saludable acontecimiento la aparición del Diccionario del estudiante de la Real Academia Española (RAE), cuyo objetivo es provocar la tan deseada aproximación entre el lenguaje y los jóvenes.

El flamante tomo, que ya ha sido distribuido en las librerías de todo el país, cuenta con cuarenta mil voces de uso cotidiano, las cuales fueron redefinidas por un equipo de expertos encabezados por el ilustre lingüista Manuel Seco a fin de ponerlas al alcance de una franja etárea que va entre los doce y los dieciocho años. Tal cual lo comentó durante el acto de lanzamiento de la obra en la Capital Federal el presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Luis Barcia, con la publicación del diccionario se apunta a «salvar al alto porcentaje de muchachos que están por debajo de la línea de pobreza lingüística y que tienen limitada su capacidad expresiva y, por lo tanto, su participación activa en una democracia».

Encomiable propósito, sin dudas, sobre todo para un país que necesita con urgencia mejorar su calidad institucional. Debe elogiarse sin retaceos, también, la lucidez que trae aparejada la decisión de conceder al habla la importancia que se merece en la gestación del idioma, por fuera de criterios academicistas vinculados al conservadurismo y las visiones autoritarias. La inclusión de americanismos —quinientos de ellos, originados en la Argentina— y vocablos de jergas particulares, como el deporte o la informática, es un gesto magníficamente orientado si lo que se pretende es llegar sin trabas hasta los más jóvenes, tantas veces reacios a la palabra escrita.

Desde hace un buen tiempo a esta parte, la RAE está demostrando un bienvenido grado de flexibilidad, a la par que ha incrementado saludablemente su capacidad de seducción sobre el público. Por fuera, se insiste, de parámetros cercanos al almidón o la naftalina, lejos del cenáculo y cada vez más cerca de los seres de carne y hueso que caminan por la calle todos los días, la venerable institución de la lengua española ha tomado el rumbo correcto: el que conduce —sin obstáculos— hacia la gente.

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