Noticias del español

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| Jesús Ruiz Nestosa
abc.com.py, Paraguay
Viernes, 20 de marzo del 2009

EN DEFENSA

En una misma semana y con solo un día de diferencia, se dieron a conocer dos documentos que salen en defensa del idioma. O, para ser más preciso, trata, cada uno de ellos, de defenderlo de acuerdo con los criterios que cada uno maneja.


El primer documento se dio a conocer en Madrid y el segundo en Bruselas. El primero, responde una preocupación de los publicistas y, el segundo, al lenguaje burocrático que se utiliza en el Parlamento Europeo de Bruselas.

El primero, proviene de veintisiete organizaciones que pertenecen a la industria de la publicidad en España. Están decididos a mejorar el uso del idioma en sus mensajes publicitarios, pues entienden que el mal manejo de la lengua termina empobreciendo tales mensajes y, en ocasiones, hasta puede llegar a desvirtuarlo.

El invierno (boreal) pasado, la publicidad de automóviles llegó a un punto tal de sofisticación que la mayoría de las veces se volvía incomprensible. En una viñeta humorística del diario El País, Forges, humorista genial, retrataba a un hombre sumergido entre libros de filosofía y psicología. Su mujer le pregunta qué está haciendo: «Estoy preparándome para entender la publicidad de los automóviles.»

Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española y presidente de la Fundación del Español Urgente, dijo que «La publicidad en España abusa de la incorporación de extranjerismos innecesarios y se sale excesivamente de los límites de lo correcto.» García de la Concha no es ningún ingenuo ni fanático defensor del idioma. Sabe que la publicidad «debe jugar en el límite de la desviación del uso común del idioma para llamar la atención», pero alertó que hay veces que tales desviaciones no hacen otra cosa que caer en la incorrección.

Mientras en España los empresarios de la publicidad se preocupan por hacer las cosas mejor, el Parlamento Europeo con sede en Bruselas acaba de sacar un manual de estilo «para acabar de una vez con el lenguaje sexista en la Eurocámara.» Para decirlo sin tapujos, lo que busca es liar bien las cosas como si no hubiera otros problemas para resolver, por un lado, y, por el otro, cae en la trampa de la confusión de «sexo» y «género».

El Grupo de Alto Nivel sobre Igualdad de Género y Diversidad de la Eurocámara señala así en su nuevo manual de estilo que en lugar de decir «Todos los miembros del comité recibirán la información por escrito…» se deberá decir «Cada miembro del comité…» desechando la fórmula de miembros y miembras. En otro momento señala que no queda bien decir los italianos porque aparentemente excluye a las italianas. Será mejor decir el pueblo italiano. La noticia procedente de Bruselas agrega que «los especialistas dicen que el uso del masculino genérico puede producir ambigüedades y confusiones que pueden dar lugar a una falta de visibilidad de las mujeres».

Luego pone como ejemplo que en lugar de decir los médicos se debe decir: «las personas que ejercen la medicina».

Todo este «problema» (que creo que no es tal, sino un invento insufrible de los movimientos feministas) lo vi claramente escenificado días atrás cuando iba caminando por una calle y una mujer oficiaba de cartero. Llamó al portero eléctrico de un edificio y cuando alguien preguntó quién era, respondió cartera. Y enseguida la respuesta: «Que no, que no quiero ninguna cartera». «Ábrame, que soy la cartera». «Que no la quiero», «Es que no me entiende. Soy la cartera». «Que no necesito ninguna». Así, hasta que cuando estaban ambos por perder la paciencia, la mujer le dijo: «Traigo el correo». Y todo se solucionó.

Notablemente, los especialistas en educación no se muestran muy preocupados por la manera en que los jóvenes de hoy escriben al enviar sus mensajes por teléfono, pero sí por otros aspectos que tienen que ver con el mal uso de la lengua, como son los dos casos que menciono aquí. El filósofo Karl Kraus en su libro Contra los periodistas y otros contras (Taurus Ediciones, Madrid, 1981) dice que «El lenguaje no es la institutriz, sino la madre del pensamiento» (p. 81). A ver si nos ponemos serios y nos dejamos de jugar con él.

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