Noticias del español

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María Luisa García Moreno

Revista Verde Olivo

Agosto, 2011      

EN BRAZOS DE EOLO


En los primeros tiempos, el empleo de los remos, condicionó la existencia de la navegación; pero, como se sabe, pronto el ser humano descubrió que, auxiliada de una vela, la embarcación podía ser impulsada por la fuerza del viento. 


Navíos grandes y robustos, de alto bordo y velas —del latín vela, «conjunto de piezas de lona o lienzo fuerte, que se amarran a las vergas (especie de perchas), para recibir el viento que impele la nave—, se emplearon para transportar cargas en travesías mucho más largas.

Adecuadas para el comercio entre Flandes y el Mediterráneo, y, más adelante, para atravesar el Atlántico, fueron las carracas —quizás del árabe harrák–, que, fabricadas en Italia, existieron desde el siglo XII hasta el XVI y fueron los mayores barcos de su época.

Más pequeña pero de excelentes condiciones marineras, fue la carabela, ligera, alta,  estrecha y larga (hasta de treinta metros), que contaba con tres mástiles sobre una sola cubierta, y un castillo elevado en la proa y otro en la popa. Navegaba a diez kilómetros por hora, y fue utilizada por españoles y portugueses en los viajes de exploración durante el siglo XV.

Después de que Juan Sebastián Elcano (1476-1526), realizara el primer viaje de circunnavegación de la Tierra (1519-1522), aumentó de modo considerable el comercio marítimo transatlántico, se incentivó la investigación, así como la creación de nuevos tipos de naves más apropiadas para soportar los rigores de la mar en largas travesías. En esa búsqueda, aparecieron el bergantín —del francés brigantin o del catalán bergantí, y estos del italiano brigantino, «buque de dos palos y vela cuadrada o redonda»— y el galeón —«bajel grande de vela, parecido a la galera y con tres o cuatro palos»; los había  mercantes y de guerra, con numerosas «bocas de fuego» (cañones).

Luego aparecieron, en la marina militar, la fragata —del italiano fregata, «buque de tres palos, con cofas, del árabe quffah, «cesto», «meseta colocada horizontalmente en el cuello de un palo para fijar los obenques de gavia —«vela que se coloca en el mástil mayor»— y las vergas. Las cofas servían para facilitar la maniobra de las velas altas y, antiguamente, para hacer fuego en los combates».

La fragata de guerra tenía solo una batería corrida entre los puentes, además de la de cubierta— y la corbeta —del francés corvette, «embarcación de guerra, con tres palos y vela cuadrada, era semejante a la fragata, aunque más pequeña»—. En la marina comercial, apareció la goleta —del francés goélette, «embarcación fina, de bordas poco elevadas, con dos palos, y a veces tres».

Fue la última nave a vela el cliper, del inglés clipper, «buque de casco de madera, fino, ligero y muy resistente», construido en Estados Unidos (1840). Alcanzaba gran velocidad en sus travesías, lo que le permitió competir con los primeros barcos a vapor que ya empezaban a aparecer.

Así, el ser humano aprendió a usar la fuerza del viento para impulsar las embarcaciones que le permitían dominar el mar; diversas naves, cada vez más seguras y potentes fueron utilizadas en diferentes actividades, también para la guerra.

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