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| Eduardo Dermardirossian (Argentina)

ELOGIO DE LA DUDA

Sugestivo el título. Y difícil el tema.


Que los dioses me asistan en esta aventura que quiere abandonar el común sentir de los hombres para discurrir por territorios azarosos, mientras cabalgando sobre mil libros vienen los amonestadores de siempre para señalar mi desvarío.

Y yo, que elegí el camino que desbrozó el oscuro Heráclito, me proclamo agnóstico de todos los saberes, remedo del agricultor que siembra ignorando si segará los frutos. Soy el que duda.

La duda, se dijo por ahí, es interesante en tanto apunte a liquidarse a sí misma. El estrellato mundial de la duda, se agregó, permite a innumerables ignaros posar de gente sesuda y reflexiva.

Malaya el que así embarró la cancha. Malaya su artificio que metió a la ciencia en los bolsillos rotos de los sabidillos. Cuando ese hombre muera su alma irá al purgatorio donde por algún tiempo dudará si su destino será el cielo o el fuego del infierno devorará su sarcasmo. Ahora comprendes, lector, por qué no quiero nombrar a ese hombre.

Así abonado el ancho campo de la duda, vale la pena recorrer los caminos que antes fatigaron los sabihondos de todos los saberes. Y con clamorosa irreverencia denunciar la necedad de los que golpean las puertas de los incautos, repletas sus alforjas de baratijas multicolores. Celosos custodios de los dogmas, iluminados e iluminadores que vienen a redimirnos del mal, pícaros mercaderes de bienaventuranzas, sagaces habladores que te obnubilan desde el púlpito o la tribuna, todos son falsificadores de la verdad e impíos demoledores de la duda, el más fecundo atributo humano.

Quiero hacerte un convite incómodo, dudar de tu ciencia y de la mía. Quiero invitarte a desaprender la vida, a borrar las huellas de tus pasos, a recorrer otra vez el camino como si fuera nuevo. A tu diestra, la duda, modesta compañera que te seguirá como tu sombra; a siniestra, escamoteada en la maleza, la certeza, difícil de asir.

La dudofilia

He venido a elogiar la duda, no a amarla. Porque amarla es quererla para siempre y yo quiero que ella me acompañe como una buena amiga que sabe cuándo soltarme la mano para que dé mis pasos. Quiero que me acompañe de a ratos y no me abandone cuando la vanidad me aceche. Y quiero que una y otra vez vuelva para amistar conmigo, para que la aventura de vivir no se agote en el penúltimo día.

La duda es un huerto fecundo, partera del conocimiento, redentora de la ignorancia. Es el camino que conduce a la ciencia. Ella lima las aristas de tu espíritu para que sea amigable tu encuentro con las cosas. La duda es la estación donde podrás apearte para buscar y rebuscar entre saberes, pensares y decires hasta encontrar la luz.

Es curioso. El catálogo de las palabras que hablamos no incluye la voz dudofilia. Ominosa negligencia de los hombres, al menos de los que hablamos la lengua de los españoles, o prueba incontrastable de nuestra necedad. Todo lo sabemos, todo está escrito en el libro de nuestra ciencia. Desafiamos la duda con certezas hechas a la medida de nuestros miedos o de nuestra arrogancia. Recorremos la vida porfiando que sabemos.

Borges, que fue un devoto de la duda (quiera el lector tolerar el dislate), da cuenta de que «los primeros textos narran que el Buddha, al pie de la higuera, intuye la infinita concatenación de todos los efectos y causas del universo, las pasadas y futuras generaciones de cada ser; los últimos, redactados siglos después, razonan que nada es real y que todo conocimiento es ficticio y que si hubiera tantos Ganges como hay granos de arena en el Ganges y otra vez tantos Ganges como granos de arena en los nuevos Ganges, el número de los granos de arena sería menor que el número de cosas que ignora el Buddha».

La república de la duda

Entre la duda y la certidumbre hay un campo fértil que sólo pueden recorrer los hombres. No Dios porque es omnisciente, no los subhumanos porque carecen de razón. Nuestra divina animalidad quiere que seamos ciudadanos de la duda, y nuestra arrogancia —bien habida porque nos enseñaron que somos espejo de Dios— nos quiere sapientes. Traviesos (nuestros primeros padres fueron traviesos en el Edén), los hombres elegimos la sapiencia y desdeñamos la duda. Somos fanáticos, fundamentalistas, dogmáticos, vanagloria que quizá venga de un exceso de dadivosidad del Creador. Creemos que sabemos lo que el infinito Yahveh sabe, lo que el Iluminado del Ganges ignora, lo que por ser contingente pronto será carne de basural.

Lo dije: entre lo verdadero y lo falso no hay frontera, hay un ancho territorio: es la república de la duda. De ella somos ciudadanos los hombres. Un río nos separa del reino del saber, otro río nos separa del reino de la oscuridad. No puedes cruzar uno u otro porque ambos son bravíos, correntosos. Si te arriesgas hacia oriente, puedes perecer o encontrar la bienaventuranza de la iluminación; si te arriesgas hacia el poniente, también puedes perecer o alcanzar la bienaventuranza de la estolidez. En ningún caso hay retorno.

Y bien. ¿Qué fue de los que intentaron cruzar la frontera de la duda en una u otra dirección? Quienes se aventuraron hacia el poniente tejen y destejen sus días sin ansiedades y con su estupidez bienhechora a cuestas; ellos han descendido en la escalera animal y no los inquietarás con estas cosas. Los otros, los que alguna vez se aventuraron hacia el oriente, fueron expulsados del reino del saber y están aquí, entre nosotros, haciendo alardes de su travesía y exhibiendo títulos dudosos: son los dogmáticos que recorren nuestros oídos para vendernos sus baratijas. Unos y otros no saben que no saben. A unos Dios los desheredó y a los otros les negó la amistosa media luz de la duda.

Dudar está de moda

Pero seamos justos y miremos por un momento las flaquezas de la duda.

Ahora la duda se ha puesto de moda y queda bien lucirla en el pecho. Ahora todos los libros se han abierto, el saber se ha democratizado y un nuevo país conjetural se ha fundado. Es el país más pródigo en saberes, adonde el partido de los opinantes gobierna a sus anchas y la opinología (del latín opinio, juicio cuestionable, y del griego logos, discurso que da razón de las cosas), es el evangelio de los ciudadanos. Generosa voz que todavía no han recogido los más escrupulosos cultores de las letras y que quizá espere un siglo para merecer un lugar en el grueso mamotreto de la lengua española.

Hoy es delicioso dudar y queda bien decir que tal o cual asunto es opinable. Tal es la profusión informativa que se han roto las columnas del saber y la verdad es una mercancía que se transa en las oficinas de los publicistas. Hoy el que duda pone a salvo su ropa y se granjea una banca en la asamblea de los sabihondos pelilargos y barbados. Saber es dudar: he aquí la deliciosa paradoja que despidió al siglo XX.

Marx y Lenin desde un flanco, Freud y Lacan desde el otro, dominaron el espectro intelectual de su tiempo, al que después llegaron nombres como Sartre y Marcuse para engrosar la lista. Pero la moda es tan implacable como efímera y unos y otros cayeron en desuso. Y entonces llegó la duda para ocupar el podio. La duda es una puerta más o menos entreabierta, más o menos vitral, que no puedes sortear sino con esfuerzo y que, una vez adentro, amenaza cerrarse a tus espaldas. Es una trampa que te ha puesto la ciencia para tomarte en sus fauces y escupirte en la letrina.

Quiero cerrar estas anotaciones confesando un temor y una esperanza. El temor es que me sea confortable la duda y que en mi deriva por la vida los leños se consuman, las sombras de la caverna se esfumen y al voltear mi rostro tenga que vérmelas con una realidad que creí inasible. Y la esperanza es que así y todo habré aprendido algo que no saben el enteradillo ni el mercader de certezas: que la respuesta siempre es provisoria porque está contaminada por el tiempo, una ilusión efímera, y que la pregunta, en cambio, siempre está preñada por su respuesta.

Pero a qué afligirme tanto si hay un pecado aún mayor que sobrellevo sin pesadumbre: el de haberme acreditado como un hombre que duda. Porque el elogio de la duda suele escamotear la inmodestia bajo los pliegues de su boato.

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