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| Jorge Eduardo Arellano
La Prensa (Nicaragua)

EL VOCABLO FILIBUSTERO Y SUS ACEPCIONES

El autor es director de la Academia de la Lengua Nicaragüense


Actualizado cada septiembre en Nicaragua, el vocablo filibustero se usa en España con un sentido mucho más atenuado del que tuvo históricamente. «¡Filibustera!» —llamó un erudito— miembro de la Real Academia Española a la directora de la Academia Panameña de la Lengua, doctora Elsie Alvarado de Ricord, en una sesión plenaria del Décimo Congreso de la Asociación de Academias, en Madrid, abril de 1994. Desde luego, el ilustrado colega se excusó de ese exabrupto enviando luego un ramo de flores a la dama ofendida. Pero ¿qué le había querido decir? ¿Saqueadora, como los bucaneros del siglo XVII? ¿O incendiaria como el sureño esclavista de los Estados Unidos, William Walker?


Ninguna de ambas acepciones. Se discutía entonces la reordenación de los dígrafos CH y LL en el alfabeto. Elsie refutaba —con una dialéctica superior a la parlamentaria de nuestro común amigo Julio Ycaza Tigerino— a los colegas hispánicos, quienes creían que ella les estaba arruinando la famosa moción. Entonces sacó de las casillas al susodicho, «¡Filibustera!». Nunca antes había escuchado el vocablo como sustantivo femenino. Y fue Frederic Rosengarten quien me aclaró su significado. Se aplica en Estados Unidos al grupo minoritario, o a una determinada persona, del cuerpo legislativo que recurre a prácticas dilatorias para atrasar, estorbar o impedir la aprobación de un proyecto de ley.

El filibustero de hoy, al menos en Estados Unidos y España, se dedica a pronunciar largas y pesadas peroratas sobre temas impertinentes con el objetivo señalado. Pero en su última edición el DRAE no se registra esa acepción. Las que trae son dos. Una: «Nombre de ciertos piratas que por el siglo XVII infestaron el mar de las Antillas». Con la correcta marca desusada, faltó puntualizar que esos piratas eran europeos (holandeses y franceses, sobre todo) y que, en busca de presas, caían sobre los barcos y posesiones de la Corona de España en el continente americano.

La segunda acepción del DRAE, también histórica y en desuso, es controvertida. «El que trabajaba por la emancipación de las que fueron provincias ultramarinas de España». Nunca en América recibieron el cognomento de filibustero los independentistas. Se les llamaba en los documentos españoles «insurgentes» y, en el caso de los argentinos Aury y Bouchard, «corsarios». El último figura, al menos, en 10 versos del Canto a la Argentina (1914) de Rubén Darío: «Cantaré del primer navío /que velivolante saliera /desde las aguas del Río /de la Plata con la bandera /bicolor al mástil gallardo. /Recordad al nauta que vino /de Saint-Tropez, a Buchardo, /el capitán franco-argentino, /hábil sobre las marejadas, /bajo las tormentas ufano».

El DRAE prescinde de una tercera acepción que a los centroamericanos —y especialmente los nicaragüenses y costarricenses— no es desconocida. Con el vocablo filibustero se denominaba, entre 1840 y 1860, a los soldados de fortuna (mercenarios es la traducción de este anglicismo) que organizaba desde Estados Unidos (Nueva York y California) expediciones bélicas sin la autorización del gobierno contra los países que los mismos Estados Unidos estaban en paz (Cuba, posesión de España, México, o mejor dicho su estado de Sonora; y Nicaragua). Su propósito, en principio, era enriquecerse; en el caso de los filibusteros que invadieron Cuba, además, anexarla a Estados Unidos. Los que marcharon a Sonora tuvieron igual pretensión. Y Walker, en su expedición a Nicaragua, tuvo la mira de establecer un imperio esclavista en Centroamérica. Todos encontraron la muerte.

Según el DRAE, filibustero procede del francés filibustiers. Pero la palabra inglesa filibuster es una variante de la holandesa vrijbuiter, aplicada primeramente —como se dijo— a los piratas que saqueaban las colonias españolas de las Indias Occidentales en el siglo XVII. Vrijbuiter quiere decir literalmente botín libre, o sea, saqueador. Quien la define es el estadounidense William O. Scroggs, autor de Filibusters and Financiers (1916). Pero ya nuestro historiador decimonónico José Dolores Gámez (1815-1918), en el capítulo Los Piratas de su Historia de Nicaragua (1889), había sido explícito en la etimología del vocablo optando por la holandesa. La autoridad a la que recurría era Roque Barcia: «Holandés, vrjbuiter: de vrij, libre, y de buitre, botín; alemán: freibuster; inglés freebooter; ginebrino: flibuster; francés: filibustier; italiano: filibustiere». Y añade: «El vry inglés equivale al free inglés y al frei alemán; así como bulter equivale a booter y beuter. El inglés booter, que entra en freebooter, filibustero, representa booty, botín».

En su indagación etimológica, Gámez consulta al Diccionario francés de Monssierur Littré que deriva el término del holandés, alemán e inglés. Nunca del español, como lo hace Webster: la palabra Filibote (?). En resumen, es preciso actualizar y enriquecer el DRAE con las anteriores precisiones. En cuanto a freebooter, figura en una biografía de 1976 escrita por Frederic Rosengarten y que ya circula traducida al español, editada por la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua y la Comisión del Sesquicentenario de la Batalla de San Jacinto: Freeboters must die! Se las recomiendo, no sin antes afirmar que la carga peyorativa de este vocablo inglés es más fuerte que filibustero. Si no, que lo confirme Luis Sánchez Sancho, quien extrajo de Internet sinónimos de alto calibre.

Finalmente, cabe señalar que la acepción decimonónica de filibustero no ha caído totalmente en desuso. Nuestro primer diccionarista la incorpora: Hildebrando A. Castellón (1939: 62): «m. Mercenario, pirata, bucanero, salteador; freebooter». Alfonso Valle (1948) también. Y no sólo como sustantivo, sino como verbo: «Filibusterear: Piratear /Conducirse como filibustero» (1948: 133). Además, al lenguaje culto corresponden los títulos de las obras, traducidas u originales, siguientes: Historia de los Filibusteros (1908) de James Jefferey Roche; La Campaña Nacional contra los Filibusteros… (1909) de Joaquín Bernardo Calvo y la novela El Último Filibustero (1933) de Pedro Joaquín Chamorro Zelaya.

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