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¿EL VASCO, LENGUA LATINA?

Antonio Domínguez Rey

www.elimparcial.es

Sábado, 15 de octubre del 2011


Entre los días 5 y 7 de este mes de octubre se celebró en la Universidad de Almería un homenaje al lingüista rumano Eugenio Coseriu, fallecido en el año 2002.


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 Fue una de las grandes cumbres de la ciencia del lenguaje en la segunda mitad del siglo XX y sigue siéndolo a comienzos del XXI. Romanista, se dedicó fundamentalmente al rumano, castellano, italiano y la estructura general del lenguaje en sus relaciones con el pensamiento. Conocía bien el legado filosófico de la tradición humanista. La cátedra que ostentaba en la Universidad de Tubinga le permitió irradiar este tipo de estudios hasta prácticamente su muerte. Atento a las innovaciones teóricas del lenguaje, revisa los fundamentos del estructuralismo y del generativismo en diálogo permanente con sus autores más representativos, Saussure, Hjemslev, Chomsky y discípulos suyos. Visitó con frecuencia los departamentos filológicos de las principales universidades españolas e iberoamericanas. Su imagen científica se fue reduciendo, no obstante, a un grupo significado de colegas y estudiantes ante el avance y auge de la escuela gramatical generativa.

 

El legado de Coseriu se guarda en la Universidad de Tubinga bajo la tutela del profesor Johannes Kabatek. Aún quedan muchos trabajos suyos pendientes de publicación. El congreso de Almería dejó constancia de la pervivencia de su pensamiento lingüístico en diversos países de Europa y América, así como de la necesaria difusión de su planteamiento metodológico al estudiar la esencia del lenguaje. Se caracteriza esta por la intuición inicial que la palabra contiene y transmite intencionalmente como representación semántica de la realidad. Los significados son creaciones de valores culturales y el fundamento del lenguaje se revela como logos poético al concebir lo que expresamos. Criticó, en consecuencia, los excesos del funcionalismo, formalismo y generativismo, escuelas que solo ven relaciones periféricas en el análisis lingüístico. La pragmática heredó este formalismo conducente, por otra parte, a una visión relativista de la circunstancia, pues lo que hoy significa, aquí y ahora, verdad, justicia, libertad, es decir, los términos de valor universal, mañana, o un momento después, ya poseen otro significado, según varíe la situación concreta de habla o el poder mediático que maneja tales conceptos. La organización interna del texto explica estas alternancias desde una configuración universal del conocimiento.

 

Para Coseriu, la búsqueda del fundamento designativo de las cosas y sus valores pertenece también al fondo epistemológico del lenguaje. La dicción va dentro de cada hablante y su enunciado descubre aquello que en el interlocutor es también razón humana de entendimiento común. La situación, el contexto, la norma que ahí se construye como práctica de convivencia, son aspectos que contribuyen a determinar la intuición semántica y su valor científico. La lingüística alcanza entonces rango de ciencia exacta dentro del tipo metodológico textual correspondiente a la hermenéutica.

 

Esta orientación semántica se perdió en la tradición humanista española al sustituirla por la, en su momento —años setenta—, moda innovadora del estructuralismo americano. Se impuso en el sistema de bachillerato una mezcla de estructuralismo europeo y anglosajón de carácter formalista. Coincidía este cambio, por otra parte, con la adopción en la enseñanza de las matemáticas de los diagramas de John Venn, ampliados por el álgebra de George Boole y Augustus de Morgan. Una y otra innovación, más la que ya se estaba produciendo en el sistema pedagógico de escuelas e institutos, motivaron un desconcierto profesoral notable. Los famosos «árboles» del análisis generativo, las relaciones biyectivas, simétricas, reflexivas y transitivas, también lógicas, además de gramaticales, llenaron los cuadernos y fichas de actividades escolares. Primó la superficie formal, analítica, sobre el fondo que la constituye, el cual se convertía además en otra transformación del diseño plano, o desaparecía. De la forma dinámica, surgente, quedaba solo su deslizamiento gráfico. Se escamoteaba el horizonte semántico. El análisis quedó transformado en esquema de entendimiento relacional. La pedagogía se hizo demagógica. No era preciso reproducir memorizando. Bastaba con delinear describiendo. El ejercicio de la memoria perdió crédito y eficacia. Las adaptaciones introducidas convirtieron la estrategia del cambio pedagógico en conveniencia de remoción social con intereses laborales inmediatos. La razón que entrevía correlaciones mentales profundas entre gramática, matemáticas y lógica quedó desvirtuada al no poseer quienes la manipulaban y explicaban verdadero talento creativo. Había conductistas, pero nadie era John B. Watson; generativistas, pero ningún Chomsky. Existían matemáticos, pero ninguno emulaba a John Venn o George Boole; genetistas, sin que nadie se pareciera, ni por el forro, a Jean Piaget, etcétera. A estos autores los adaptaban simples oportunistas de la burocracia académica.

 

Otro efecto de la dilución semántica del lenguaje es el escaso interés suscitado por la tradición de las lenguas hispánicas fuera de su oportunismo político. Únase a esto la reducción mediática, mercantil, de las lenguas más estudiadas, como el inglés. Se prima y evalúa el deslizamiento interactivo, casi un roce, y el oportunismo laboral que, para el caso citado, suele ser usufructo del idioma. La cultura hispana olvida, en consecuencia, el gran calado idiomático que posee y la riqueza cultural que supone. Solo puede apreciarlo quien conoce aquella relación interna del lenguaje al representar la realidad desde la intuición, en el fondo estética, que posee cada idioma y sus valores semánticos. El recuerdo del profesor Coseriu, uno de los grandes romanistas del siglo XX, especialmente del hispanismo, aviva este interés por el contenido mental de los valores históricos y actuales de las lenguas románicas de España, el gallego, catalán, castellano y… vasco. Sí, el vascuence.

 

En el congreso de Almería se presentó una nueva hipótesis sobre la procedencia del idioma vasco. El investigador gallego Joaquín Caridad Arias propuso y defendió un análisis del vocabulario vascuence bajo consideración latina con sustrato celta similar al aquitano. Se apoya para ello en la diversificación geográfica de poblaciones autóctonas en valles separados por montañas; el tipo de agricultura reducida y el pastoreo; la dificultad de interconexión entre unas comunidades y otras, verificable en la alternancia de dialectos —«prácticamente un habla por cada valle»—; el aislamiento, en fin, de estas gentes refugiadas en un entorno montañoso frente a la invasión romana, así como la tardía influencia del cristianismo en sus comunidades y las connotaciones filológicas con otras áreas idiomáticas. Todo esto favoreció una asimilación peculiar de los nuevos sonidos desde el primitivo trasfondo celta. Los teónimos conservados, la carencia de topónimos y antropónimos propiamente vascos refuerzan también la hipótesis de un sustrato celta-aquitano activo en la asimilación del nuevo vocabulario romance. Las variaciones o «deformaciones» apreciadas en este léxico responden siempre, según el profesor Caridad, «a cambios fonéticos y fenómenos estructurales que están presentes —sin excepción— en otras lenguas indoeuropeas».

 

Esta tesis rebajaría el extrañamiento que el estudio filológico asignó a la lengua vasca y sus posibles connotaciones con el iberismo, bereber, el magyar o lenguas caucásicas. Descarta por completo cualquier prelación protoindoeuropea del vasco que, como pretende Theo Vennemann, catedrático de la Universidad de Munich, lo convierta en origen y fuente de las lenguas europeas. Y por supuesto, se opone a las leyendas del tubalismo (los vascos descenderían de Túbal, nieto de Noé e hijo de Jafet, cuya tribu se habría asentado entre los Pirineos y el río Ebro, originaria además del pueblo ibero), al encuadre del vasco en la zona cántabra y a una asignación de procedencia etrusca o minoica.

 

El sustrato celta, su comparación con otras lenguas similares, como el irlandés, bretón, galo y galés, y las raíces latinas, por extraña que parezca su evolución en el contexto citado, explican más de veinte mil palabras del vasco actual. Así, por ejemplo, el vocablo eme sería la femina latina, hembra; txakur (zakur), perro, procede del latín catulus; zarika, el sauce, tiene origen en salicem; azturo, astro, se corresponde con astrum; agriar o agriarse, que en vasco se dice garraztu, con sonorización de la vocal c/k en g, vendría del latín acrare; el término expresivo dindilan, que significa pender o colgar (dindilizca) es el latino tintinare, castellano tintinear o titilar; etxe, casa, corresponde a aedes latino, como en aedificium; en fin, la vagina u órgano sexual femenino, ematuto, resultaría del latín tubus y el ya citado femina.

 

Descartada, por análisis genómico, la singularidad sanguínea del pueblo vasco (el famoso Rh negativo) respecto de otros limítrofes y peninsulares —gallegos, astures, cántabros—, y actualizada, según el análisis de este investigador, la procedencia de voces latinas y grafías celtas en los cambios ortográficos del idioma vasco, tendríamos, resumiendo, una ampliación del área románica en el suelo hispano.

 

El debate está de nuevo servido. Sea lo que fuere de esta alternativa histórica respecto del vasco, el homenaje de Eugenio Coseriu nos recuerda que él mismo recomendaba, frente a la globalización, el estudio y análisis de las lenguas minoritarias. La variedad idiomática revela más sentido del proceso interno y externo del lenguaje que el imperio icónico de la comunicación reducida a un silabario de etiquetas, acrónimos, siglas, neologismos improcedentes, muletillas lacónicas, hologramas que reflejan, con disimulo breve, la cortedad de miras y entendimiento.

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