Noticias del español

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| Juan Carlos Di Lullo
lagaceta.com.ar, Argentina
Lunes, 22 de octubre del 2007

EL VALOR DE LAS PALABRAS

El manejo rudimentario de la lengua acota cada vez más las posibilidades de manejar con soltura un pensamiento abstracto


Quienes transitan el cuarto o el quinto decenio de sus vidas podrán rescatar entre los recuerdos de su infancia las tardes de domingo en las que de unas enormes radios surgía el relato de los partidos de fútbol. En esos años se destacó el trabajo de Fioravanti, seudónimo que hizo famoso a Joaquín Carballo Serantes. Las características fundamentales de este locutor eran su lenguaje florido y la precisión de sus coloridas descripciones, con las que echaba a volar la imaginación de la audiencia; gracias a la magia del relator, se podía «ver» el estadio, las tribunas y las jugadas que se desarrollaban sobre el césped. Fioravanti no se limitaba a seguir el juego; con un envidiable manejo de la narración y un copioso vocabulario, proporcionaba todos los detalles necesarios para suplir la falta de imágenes de la transmisión radial.

El estilo de Fioravanti sonaría hoy tal vez recargado y ampuloso; la cultura de la imagen que se ha impuesto definitivamente ha relegado al rincón de los recuerdos los discursos cuidadosos y las expresiones orales gramaticalmente completas. El lenguaje informal de las conversaciones privadas ha trascendido su propio ámbito para adueñarse del espacio público en los medios de comunicación. El problema es que las limitaciones en la transmisión del mensaje que genera el uso rudimentario de la lengua conducen indefectiblemente a un progresivo estrechamiento en las posibilidades de manejar un pensamiento abstracto por parte de la audiencia, compuesta en su gran mayoría por niños y por jóvenes.

Hablar es algo más que establecer la comunicación; la posibilidad de expresar ideas complejas exige una tarea de abstracción similar a la que impone la comprensión cabal de un discurso o de un texto escrito. El dominio de esa línea de pensamiento se adquiere a través de la educación, pero en su perfeccionamiento es indispensable el ejercicio constante y la profundización en el conocimiento del lenguaje; el que habla y escucha tiene una actitud dinámica y participativa; el que sólo mira renuncia deliberadamente a la posibilidad de intervenir. El idioma taquigráfico que se usa en los mensajes de texto, los e-mail o en el chat sirve perfectamente a los efectos de la comunicación casi instantánea que impone el vertiginoso mundo que nos rodea, pero acota peligrosamente el universo de vocablos en uso y puede condenar al olvido a muchos de ellos. En las campañas electorales el debate está ausente, los discursos han sido reemplazados por las imágenes de los candidatos y las plataformas partidarias, por consignas pegadizas. Las ideas y las propuestas brillan por su ausencia, reemplazadas por figuras, color y movimiento.

¿Es tan importante, entonces, el lenguaje? Jorge Luis Borges responde de manera brillante en el poema El Golem: «en las letras de rosa está la rosa/y todo el Nilo en la palabra Nilo». En el tercer acto de Romeo y Julieta, William Shakespeare hace decir al protagonista: «It was the lark, the herald of the morn… No nightingale» (era la alondra, heraldo de la aurora… No el ruiseñor”); y después, «I must be gone and live, or stay and die» (debo partir para vivir; o quedarme, y morir). Explica así a Julieta que ya alumbra la luz del día (por eso canta la alondra y no el ruiseñor, que es un ave nocturna); lo están buscando y su vida está en peligro: deberá abandonar a su amada y partir al exilio, porque, si se queda, lo matarán. Claro: si sólo se quisiera expresar esta idea para que la trama pueda entenderse, sería indiferente que Romeo dijera, por ejemplo: «¡Huy!, ya amaneció; si me dan la cana, soy boleta». Pero no es lo mismo.

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