Noticias del español

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| Juan Carlos Perucca
La Opinión, Rafaela (Argentina)
Domingo, 9 de julio del 2006

EL TANGO Y SU LENGUAJE

La Argentina de fines del siglo XIX comienza a desarrollarse como un extenso país de tipo netamente rural, con un único puerto que sirve de entrada para las grandes oleadas de inmigrantes a la vez que de salida para sus productos primarios, de demanda cada vez mayor por parte de los países europeos. Ese gran conglomerado urbano constituido por Buenos Aires y su puerto va definiendo, cada vez con mayor nitidez, dos sectores perfectamente diferenciados, no solamente por su estructura edilicia sino por los niveles sociales que los van integrando.


Así, la zona central de la ciudad se va desarrollando a imagen y semejanza de las grandes capitales europeas, mientras hacia el sur y el oeste se levantan los cuarteles que sirven de protección ante cualquier amenaza procedente de las pampas aún no del todo pacificadas. Alrededor de ese núcleo primario se van estableciendo, por lo general alrededor de las pulperías, los barrios de gente cuya posición socio-económica no le permite acceder a aquel ambiente privilegiado del centro porteño.

Hacia ese sector periférico concurren también los inmigrantes que en gran número llegan al país en las últimas décadas del mencionado siglo, dando lugar a la aparición de los inquilinatos y de los emblemáticos conventillos que dieron tanto motivo al folklore del arrabal capitalino. Es justamente en esa faja geográfica del suburbio, en parte portuario, en parte arrabalero, donde nace nuestro tango, apadrinado por los grupos sociales que el centro no admitía: inmigrantes, veteranos del ejército, ex-esclavos, todos proletarios en busca de una nueva vida que superara el perfil miserable y promíscuo de su marginación.

El cuadro social de ese asentamiento multiétnico lo conocemos hoy a través del teatro popular según los clásicos sainetes que cada tanto representan en nuestro escenario. Pese a esa situación de notoria desventaja frente al rápido desarrollo económico que vivió la Argentina entre 1890 y 1930, tanto los inmigrantes que cruzaron los mares como los paisanos procedentes del interior, se adaptaron a la vida del arrabal y generaron un lenguaje particular mezclando términos originales de sus lenguas o dialectos con las expresiones típicas de los marginales rioplatenses.

Asi vio la luz lo que hoy conocemos como lunfardo, una lengua que muchos asimilan a gente de mala vida, empleada para que resultara incomprensible a las autoridades. En ese «idioma» popular ya por entonces característico de los bajos fondos, predominan los términos de diversos dialectos italianos, con algo de café gitano español y el argot francés. El tango lo elegirá posteriormente como su lengua predilecta, ya ampliamente divulgada por el teatro y el intercambio personal que se hacía en los numerosos sitios bailables, y otros lugares no muy santos, entre «niños bien» del centro y «compadritos» orilleros.

Es muy significativa la opinión de Ernesto Sábato, quien sugiere que dado el origen arrabalero y decididamente prostibulario del tango, no debiéramos considerarlo como una expresión directa de tales ambientes, sino más bien «… debe ser algo así como su reverso, pues la creación artística es un acto casi invariablemente antagónico, un acto de fuga o rebeldía …» No obstante, según va creciendo la ciudad y la situación económica general, el tango también evoluciona y se va acrecentando a los ambientes de mejor nivel social. Así, el tango pasa a los cafés y bares del centro, donde el contacto entre las diferentes clases sociales resulta ya cosa normal y corriente. Es en los salones donde comienza una nueva etapa para nuestra música ciudadana, sea como música como para danza. Ya no se trata de músicos improvisados tocando el oído sino de egresados de conservatorios con sus piezas escritas en pentagramas que perdurarían para siempre.

Es entonces cuando el tango «se hace decente», sin cortes ni quebradas, para alegrar fiestas de familia, viviendo un notable auge que arranca a principios de la década de los treinta y eclosiona con una popularidad sin igual entre 1940 y 1960. En esos años se escuchan dúos orquestas-cantor de la talla de Pugliese – Morán, D'Arienzo – Mauré, De Angelis – Dante, Di Sarli – Podestá, D'Agostino – Vargas, Troilo – Fiorentino, Tanturi – Castillo, Pontier – Sosa, Piazzola – Goyeneche, por citar apenas algunos, hasta culminar con los tangos casi sinfónicos de Mariano Mores que le abrieron las puertas de nuestro máximo coliseo musical, el mítico Teatro Colón.

Hoy, merced a la llegada de oleadas de turistas extranjeros que hacen florecer la economía e incentivan la inversión en locales de entretenimientos y academias de baile, el tango está viviendo un renacer que algunos años atrás nadie hubiera imaginado. Como dice Mónica Fumagalli (Jorge Luis Borges e il tango, NYN Ediciones Milán).

«… junto con la música anglosajona en general el tango vive un nuevo período de esplendor… y es la recuperación del ritmo bailable y la creación de pistas de baile el factor que influye principalmente en el renacimiento del tango».

Después de más de un siglo durante el cual asistimos a su auge y luego a un período oscuro durante el cual pareció agotarse, hoy vemos que, apoyado en sus cualidades para la danza, su música y su poesía, el tango nos demuestra toda la verdad que encierra la opinión de Leopoldo Marechal: «el tango es una posibilidad infinita».

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