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| Salvador Gutiérrez Ordóñez, coordinador de la Ortografía de la lengua española abc.es, España Lunes, 20 de diciembre del 2010

¿El rey o el Rey?

«Estas dudas, que forman parte del atractivo del sistema ortográfico, muestran el enorme interés social que suscita el debate. En todo caso, hay que admitir que será el uso que hagan los hispanohablantes el que determine el mayor o menor éxito de estas recomendaciones»

 

La ortografía es una de las materias más sensibles no solo de la lengua, sino también de toda la cultura. La asimilamos de niños en un proceso no exento de esfuerzo. Una vez aprendida, se convierte en un automatismo que almacenamos en uno de los anaqueles de nuestra memoria a largo plazo. Cualquier cambio que afecte a las normas aprendidas produce lo que los psicólogos llaman una disonancia cognitiva. Que exista resistencia en estos casos es natural, pues se trata de una reacción semejante a la que provoca la inercia de un cuerpo en movimiento.

La polémica se desata de nuevo ahora, tras la publicación definitiva de la Ortografía de la lengua española presentada públicamente el viernes día 17 de diciembre en la Real Academia Española.

Distintos medios han destacado que, según las nuevas normas, palabras como papa o como rey dejan de escribirse con mayúscula. El ABC, en su edición del sábado, señala que la misma Real Academia Española incurre en la incoherencia de no respetar las normas que se proponen en la nueva Ortografía. Aduce como pruebas la tarjeta de invitación al citado acto, así como la información ofrecida en su página web, donde figuran escritas con mayúsculas las expresiones «Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias» y «los Príncipes de Asturias». Es claro que el asunto reclama una explicación.

Permítanseme unas reflexiones previas. Este mismo periódico recoge un fragmento de mi intervención en el que aludo precisamente a la enorme dificultad que conlleva sistematizar el uso de las mayúsculas y minúsculas: «es la parte de la escritura menos regulada, la que presentaba mayor grado de incertidumbre y de usos mudables; por lo tanto, mayor cantidad de problemas».

En la parte inicial del texto mismo de la Ortografía (páginas 446 y 447) se plantean algunas reflexiones que considero esenciales para poder comprender la complejidad del problema: «Las normas de uso de las mayúsculas, como las de cualquier otro elemento de un sistema, deberían ser idealmente objetivas e inequívocas en su aplicación. Sin embargo, en el uso de las mayúsculas intervienen otros muchos factores, como la intención de quien escribe, el tipo de texto o el contexto de aparición. Por ello, aunque la mayor parte de las normas que aquí se ofrecen son de carácter prescriptivo, existen casos en los que no pueden pasar de ser meras recomendaciones» (Ortografía, página 446).

«Las normas de aplicación de la mayúscula que se exponen en el presente capítulo intentan dar cuenta de modo claro y sencillo del mayor número de casos, pero es a todas luces imposible prever y explicar todos los contextos en los que quien escribe puede optar por utilizar la mayúscula o la minúscula en función de variables muy diversas, sin que, en rigor, ninguno de los dos usos pueda considerarse incorrecto» (Ortografía, página 446).

Dentro de esta gama de usos, la Ortografía que se acaba de publicar intenta introducir orden y regularidad basados en principios que puedan sostener normas generales. La regla fundamental podría formularse así: «La primera letra de los nombres propios se escribe con mayúscula, mientras que la primera letra de los nombres comunes se escribe con minúscula».

Vayamos ahora a casos concretos y generales. Existen muchas expresiones compuestas de un término genérico y de un término específico, del tipo El escritor Vargas Llosa. Desde un análisis estrictamente lingüístico, la primera parte, escritor, es un nombre común y debe escribirse con minúscula, mientras que la segunda, Vargas Llosa, es un nombre propio y ha de escribirse con mayúscula.

Semejantes a esta construcción hallamos en la lengua expresiones del tipo el emperador Carlomagno, el rey Víctor Manuel, la princesa Margarita, la infanta María Eugenia, etcétera. El primer término es un nombre común y, de hecho, puede llevar complementos: el emperador francés Carlomagno, el rey italiano Víctor Manuel… Si en casos de referencia abreviada tuviéramos que referirnos a uno de estos personajes podríamos hacerlo bien con el nombre común (El emperador fue derrotado en Roncesvalles) bien con el nombre propio (Carlomagno fue derrotado en Roncesvalles). En oraciones como El rey Juan Carlos es un gran deportista o La reina D.ª Sofía ha visitado a los heridos, los términos genéricos rey y reina son desde el punto de vista lingüístico nombres comunes.

Desde el punto de vista lingüístico, no existiría tampoco diferencia entre enunciados como La maestra llegó tarde y La reina llegó tarde.

Se podría argumentar que en la designación de nuestros monarcas sería posible utilizar una mayúscula de relevancia o dignidad. Esta justificación sería comprensible si nuestra Ortografía estuviera destinada exclusivamente a los españoles. Sin embargo, tenemos que recordar que es una obra creada por y para todos los hispanohablantes. No existen razones lingüísticas que nos permitan imponer desde España a los hablantes de otros países la mayúscula en palabras como rey, príncipe,presidente, etc. en construcciones como las analizadas.

Pero centrémonos ahora no en el ámbito general hispánico sino en espacios más limitados o restringidos. En ellos se pueden establecer normas de uso que obliguen escribir con mayúsculas determinados términos a causa de la relevancia que alcanzan los objetos que designan. Las palabras bandera o patria son nombres comunes. Sin embargo, el ejército puede establecer el uso de mayúscula para estos términos en sus comunicaciones.

Existe un empleo de la mayúscula de relevancia circunscrito a contextos especiales como los señalados por la Ortografía en los párrafos citados más arriba: «en el uso de las mayúsculas intervienen otros muchos factores, como la intención de quien escribe, el tipo de texto o el contexto de aparición».

Por razones de consideración institucional, los hablantes pueden expresar intencionalmente su respeto en el uso de la mayúscula, lo que no implicaría una contradicción con la regla general. Si atendemos a las razones de contexto, hallamos la mayúscula de relevancia de forma generalizada en algunos tratamientos, fórmulas de referencia y tipos de textos, especialmente los relacionados con organismos oficiales. En la comunicación periodística se escribe El presidente Zapatero (y no el Presidente zapatero, formulación que corrige la irónica viñeta de Mingote en ABC).

Sin embargo, en las comunicaciones oficiales protocolarias, en los boletines oficiales (y también en las tarjetas de invitación) aparece siempre con mayúsculas: el Presidente Zapatero o el Presidente. Por su especial significación institucional, en nuestro país es norma de tradición el uso de la mayúscula para referirse al monarca y a los miembros de la familia real: el Rey, los Príncipes de Asturias, las Infantas y sus tratamientos correspondientes, Sus Majestades, Sus Altezas.

Estas dudas, que forman parte del atractivo del sistema ortográfico, muestran el enorme interés social que suscita el debate. Ojalá que la discusión sirva también para estimular la lectura atenta de la Ortografía, más allá de detalles nimios. En todo caso, hay que admitir con humildad que será el uso que hagan los hispanohablantes el que determine el mayor o menor éxito de estas recomendaciones. La evolución y el futuro de nuestra lengua, que les pertenece, está en manos de los cerca de quinientos millones de personas que piensan, sueñan, viven y se comunican en español.

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