Noticias del español

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| Antoni Serra Ramoneda
www.elperiodico.com, Cataluña
Lunes, 8 de febrero del 2010

EL RETINTÍN Y LA PALABRA SOEZ

El uso habitual de expresiones soeces y malsonantes se ha extendido de manera pandémica.


Durante los primeros años del franquismo, en todos los lugares públicos, incluidos los tranvías, figuraban dos carteles. Uno rezaba Prohibido escupir en el suelo, mientras que en el otro se leía Prohibida la blasfemia y la palabra soez. El primero, hoy habría perdido validez, pues por alguna razón la fea costumbre del escupitajo ha remitido. El segundo, en cambio, no solo se ha demostrado inútil, sino contraproducente, puesto que con el tiempo el hábito que se pretendía extirpar se ha extendido de manera pandémica. Según puede comprobarse leyendo a clásicos como el propio Quevedo, la lengua española es un filón tan rico en expresiones irreverentes e insultos zahirientes que una simple admonición, incluso en tiempos dictatoriales, es incapaz de cambiar una costumbre ya tan arraigada en algunas capas de la población como es el uso del taco.

Es más, si en tiempos de Quevedo solo los varones eran usuarios contumaces de las palabras malsonantes, hoy las mujeres han perdido el pudor y, en aras de la igualdad, han incorporado a su vocabulario usual términos que años atrás les hubieran enrojecido las mejillas y que las monjas habrían considerado pecado, si no siempre mortal, cuando menos venial. Basta con encender la televisión para comprobar la clara competencia entre cadenas para ser la que más palabrotas transmite por unidad de tiempo. A falta de una comprobación oficial, que no sé si existe, me atrevo a pronosticar que la palma se la llevarían los culebrones en catalán, caldo de cultivo de expresiones de grueso calibre que habrían escandalizado al elegante Pompeu Fabra.

Conste que esta inclinación por la palabra soez ha sido tradicionalmente compartida por todas las clases sociales. Algunos monarcas, especialmente de la dinastía borbónica, solían y quizá aún suelen manejar con soltura términos y expresiones poco exquisitas. Se dice de Alfonso XIII, por ejemplo, que no era un dechado de corrección. Según parece, en 1910 envió un telegrama al general Silvestre, felicitándole por el buen éxito de una maniobra militar por tierras africanas, con el mensaje «¡Olé tus c…!». Demostración evidente de la difuminación de la frontera entre el lenguaje cuartelero y el palaciego. Pero precisamente esta inclusión de lo que en principio eran exabruptos en el lenguaje cotidiano ha traído una degeneración o, si se prefiere, ha dado un giro semántico a muchos términos que inicialmente tenían un sentido muy claro. Un ejemplo: el otro día, en el metro, oí a una estudiante exclamar a una amiga «estoy hasta los c… de los exámenes» (refiriéndose a la misma parte del cuerpo masculino que Alfonso XIII), sin apercibirse del imposible físico que escondían sus palabras. Asimismo, ocurre con términos como hijop… u otros que el pudor me impide nombrar, que tanto pueden tomarse en un sentido afectuoso como insultante.

¿De qué depende el sentido de una expresión en su día maleducada, pero hoy ya incorporada al léxico coloquial de manera que adolece de tal o semejante polisemia? Si alguien te llama hijop…, ¿hay que correr a abrazarlo y tomar unas copas con él o llamar a un abogado para que exija la correspondiente reparación? Recordarán el chiste del tipo que, habiendo optado por la segunda posibilidad, declaró ante el juez que si se sentía ofendido no era por la expresión en sí sino por el retintín con que su demandado la había pronunciado. Naturalmente, el retintín no tiene fácil definición, y aún menos medición. Solo se puede inferir del contexto en que la expresión se inserta y de los antecedentes que la explican.

Viene esto a cuento de la manifestación que —eso sí, en privado— hizo la señora Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, tildando de «hijop…» a un político innominado, pero a quien los entendidos saben poner nombre y apellidos. La señora Aguirre es fémina, y además creo que pertenece a la nobleza e incluso creo que con grandeza de España. Mujer, y de alcurnia, siguiendo la corriente ha incorporado a su vocabulario expresiones que, tiempo atrás, hubieran sido solo propias de un malcarado arriero. Resta por dilucidar el espinoso tema del retintín. No me corresponde la sentencia, pero casi todos los indicios llevan a creer que llevaba mala intención. Es decir, que, quizá sin pretender ofender a la madre del innominado, sí pretendía ultrajarlo, por lo que habría que entender el pronunciado «hijop…» en su sentido primigenio. Solo un hecho permitiría una interpretación opuesta. La señora Aguirre iba vestida de peregrina, con todos los correspondientes atributos. Quienes emprenden, como ella, el camino de Santiago van henchidos de amor al prójimo y no quieren, en el transcurso de su caminar, añadir peso al fardo de los pecados que pretenden depositar a los pies del apóstol para que los convierta en humo.

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