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| José Luis Ruiz
www.eluniversal.com.mx
Sábado, 22 de enero del 2011

EL NARCO «INFILTRA» EL LENGUAJE

En México hay una nueva forma de hablar para abordar el tema de la violencia, dicen expertos.


La cruenta lucha contra las organizaciones del narcotráfico, y la batalla sangrienta entre éstas, no sólo ha trastocado el ambiente social y vulnerado la paz en el país, también ha impactado el lenguaje para referirse a este fenómeno y a sus diversas y dramáticas consecuencias.

Es frecuente leer y escuchar referencias específicas para tratar de describir con precisión hechos ligados al narcotráfico o al crimen organizado.

Palabras como levantón, ejecución, encajuelados, encobijados, sicarios, narcos, descabezados, narcofosas, narcocorridos, narcomantas, plazas, sicarios o cárteles, entre otras, forman parte de una jerga cotidiana para describir este nuevo entorno de violencia que se registra en una gran parte de México.

Marco Lara Klahr, periodista e investigador, y autor de diversos libros, entre ellos, Hoy te toca la muerte y Días de furia, explica que una vez que se utilizan clichés mediáticos como muertas de Juárez, narcos, encajuelados, encobijados o levantados, entre otros, lo que se está haciendo es quitar todo el sentido dramático y trágico a un suceso criminal.

«En otras palabras, estamos quitándole a la persona el carácter de víctima, y la estamos criminalizando», comenta Lara Klahr, coautor con Francesc Barata de Nota(n) roja: Historia de un género y una nueva forma de informar.

Asegura que cuando se dice encajuelado, descabezado, también se está estigmatizando a una persona que para empezar es una víctima, independientemente de su estatus ante la ley.

«El hecho de que haya delinquido o trasgredido la ley, no implica que se le deba cortar la cabeza. Entonces, con el uso de este lenguaje, un hecho atroz se asume como normal», explica.

Incluso, considera que al ponerle un cliché a un suceso criminal, en ese momento se le está confiriendo a la víctima la responsabilidad sobre su propia muerte atroz, en lugar de atribuir el hecho a un grupo delincuencial o al sistema judicial por su incapacidad para aclarar algún caso de violencia.

«Sencillamente nos contentamos diciendo que la víctima se lo merecía», opina Lara, quien aduce que en esa interacción, poder judicial, procuración de justicia, policía y crimen, se va creando una simbiosis del lenguaje.

«Entonces se va creando una especie de comunidad semántica y de visiones sin que puedan separarse claramente y sin saber cuáles de los términos vienen del crimen y cuáles de la policía. Ahora los periodistas se han apropiado de ese lenguaje, lo han socializado y lo han masificado», argumenta el experto.

En los hechos, este lenguaje es utilizado por gran parte de los medios de comunicación, que encuentran en esta nueva terminología el instrumento idóneo para referirse a esta lucha sangrienta, que sólo en el 2010 causó más de 15 000 homicidios.

No es extraño leer o escuchar que una persona fue levantada y no secuestrada, cuando se sospecha que el hecho se vincula con el narcotráfico.

En el caso de que una o varias personas hayan sido asesinadas, se dice que fueron ejecutadas, aunque el suceso en sí mismo sea producto de un homicidio. La referencia se hace cuando hay cierta evidencia que permita inferir que se trató de un evento vinculado con el crimen organizado.

Especialistas en el lenguaje aseguran que esta nueva forma de expresión es normal y que responde a una necesidad de encontrar los términos más claros e idóneos para describir una realidad, en el caso de México, la violencia.

Describir una realidad

Raúl Ávila, profesor del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México, detalla que estos términos se utilizan por «sensibilidad lingüística», y que no hay nada malo en que sean empleados para describir una realidad.

El especialista argumenta que con el uso de estas palabras se está recurriendo a «eufemismos» para describir de manera «menos directa o cruel» un hecho o suceso sangriento.

De acuerdo con su definición, un eufemismo es una «figura retórica» que consiste en sustituir un término o frase que tienen connotaciones desagradables, por otro menos ofensivo.

Ávila, quien coordina el proyecto internacional Difusión del Español por los Medios, en la que participan 26 universidades de 20 países, explica que «es parte de la vida normal del lenguaje», la utilización de términos y palabras para describir algún acontecimiento en un contexto determinado.

El experto afrima que es más «suave» decir lo levantaron que lo secuestraron, y que la sociedad tolera más un eufemismo que una palabra directa.

«Es común que la gente diga: mujer de la vida galante, y no prostituta. Eso es eufemismo, y tiene como propósito no hacer una referencia tan directa de las cosas», expone el doctor Ávila.

En su opinión, a lo largo de la historia se ha echado mano de términos lingüísticos para describir de manera más precisa algo en particular.

«Esto tiene que ver en mucho con la sensibilidad social y lingüística», explica el especialista, quien sostiene que el uso de estos términos, además de inevitables, son incluso necesarios.

«Para las partes más duras de las acciones humanas hay siempre eufemismos y si no se inventan», agrega Ávila y destaca que lo importante es encontrar los términos que describan de manera más exacta algún hecho: «Cuando a una persona la matan a balazos es común que se diga la rafaguearon».

Explica que con muchos de estos términos se asume un contexto menos circunstancial y más de venganza. «Esto es correcto, porque la gente lo entiende de manera más conveniente».

Imaginario colectivo

Para Gloria María Cervantes, maestra en Ciencias del Lenguaje y coordinadora del grupo de investigación Discursos sociales y comunicación, de la Universidad Autónoma Metropolitana, no se trata sólo de términos, sino de un nuevo discurso que emerge del imaginario de la gente y que se ha ido modificando a partir de las experiencias derivadas de la violencia vinculada al crimen organizado.

«A veces no tiene que ver con una deformación de la lengua, porque es otra idea la que se trata de construir y darle nombre a nuevas realidades. En ese sentido, hay casos en que sí se están utilizando términos de manera inadecuada, pero en otros, son producto de un nuevo término, un neologismo para nombrar una nueva situación», dice.

Algunos de estos vocablos ya fueron aceptados e incorporados en el Diccionario de americanismos. Así, palabras como levantón, plomear o ejecutar, están incluidas en este diccionario de la Asociación de Academias de la lengua Española. Es la primera vez que un diccionario asimila los vocablos que surgen para describir aspectos vinculados al narcotráfico en México.

Por ejemplo, define levantón, término que se usa sólo en México, como a un secuestro que no pretende pedir un bono económico como rescate.

Correcta, nueva terminología

En opinión de la maestra Cervantes, sí se justifica el uso de estos términos para referirse a un asunto muy particular relacionado con la violencia.

«El feminicidio, por ejemplo, es un término coloquial, que en la ley no existe como tal. Creo que se están dando diversos tipos de creación de nuevas palabras, a distintos niveles y con distintos usos. Está surgiendo en el léxico que está respondiendo a nuevas realidades», explica la especialista.

Diariamente también se escuchan o se leen términos como rafaguear, comando (grupo de delincuentes armados en pos de algún objetivo), arsenal, encostalado (cuando un cadáver es envuelto en sábanas o cobijas), descuartizado, decapitado o sicario (asesino de oficio).

«Esto no tiene nada que ver con una deformación de la lengua, sino más bien de darle nombre a nuevas realidades», explica Cervantes y Sánchez, quien admite que este fenómeno de inseguridad y violencia que se está dando en México sí está impactando en la manera de expresarse del mexicano.

«Lo está impactando a nivel de discurso, en nuestro imaginario colectivo y en la representación que tenemos de la sociedad. Obviamente eso se refleja en el vocabulario», agrega la experta.

En esta nueva espiral de términos también se encuentra el concepto de plaza, con el que se hace referencia a una ciudad o localidad que es dominada o que está en disputa por grupos adversarios de narcotraficantes. Cuando hay un enfrentamiento armado entre grupos criminales o de éstos con elementos de las fuerzas armadas, se habla de un choque.

Síndrome de Estocolmo

Lara Klahr afirma que con este nuevo lenguaje se le arrebata el ingrediente criminal a un hecho determinado, haciendo algo anormal en normal.

Cuando uno dice levantado, agrega, se infiere en el habla coloquial que esa persona tenía algo que ver con el crimen y por algo la secuestraron.

El experto explica que en la agenda de las personas ya no se habla de ciudades, sino de plazas, y tampoco se hace referencia a ciudades violentas, sino de plazas calientes.

«Esto quiere decir que se está normalizando lo anormal», esgrime.

Cree que en el país se está creando una especie de «síndrome de Estocolmo», es decir, una fascinación por nuestro secuestrador, y que en lugar de rechazar que la sociedad es víctima del secuestro del espacio público, incluso por el Ejército, es aceptado.

«El uso del lenguaje es "inocuo", no es neutro, y como periodistas y, hemos interiorizado un lenguaje que tiene mucho de policiaco, ministerial y delincuencial», agrega Lara Klahr.

Hay una teoría, explica, a la que se le denomina de «etiquetamiento social», que dice que cuando se nombra algo se le confiere una serie de atributos.

Unificar términos

La doctora María Eloísa Quintero, profesora e investigadora del Instituto Nacional de Ciencias Penales (INACIPE), reconoce que cuando se hace referencia al concepto de crimen organizado, en muchas ocasiones se utiliza la terminología de manera laxa.

Quintero cree en la necesidad de contar con un lenguaje jurídico común, que permita hacer más eficiente la cooperación, ya que lo que en México es, por ejemplo, crimen organizado en otro país no lo es.

«Ahí hay un problema de lenguaje, porque si bien nos estamos refiriendo al mismo fenómeno criminal, no se está hablando de la misma figura delictiva», explica la doctora.

Además afirma que incluso en el plano internacional, para que haya una perfecta cooperación, tiene que haber un lenguaje común jurídico, y que en ese sentido se está trabajando con el Sistema Integral de Centroamérica.

Esto porque se advirtió que en las tareas de cooperación en materia de combate al crimen organizado y a todo este fenómeno criminal, se estaba dando por sentado que todos hablaban de lo mismo desde el punto de vista jurídico, pero que no era así.

«En México existe una definición clara de lo que implica delincuencia organizada, pero hay que aclarar que no en todos los países se le da el mismo trato desde el punto de vista jurídico»,dice.

Quintero explica, en referencia a los términos que se utilizan en México, que se incurre con frecuencia en errores, por ejemplo, cuando se habla de un testigo protegido. Dice que la mayor de las veces se trata de un testigo arrepentido, quien también tiene información que puede aportar a la autoridad, por haber estado vinculado al crimen organizado, sin que ello, signifique que vaya a ser absuelto.

«El lenguaje se maneja de manera muy laxa… Hablan por ejemplo de testigos protegidos, cuando se refieren erróneamente al sujeto que tiene vínculos con el crimen organizado o participó en algunos de los hechos y aporta información. Aquí vemos que en términos jurídicos no es el lenguaje más apropiado», expone la especialista.

En opinión de los expertos consultados, en México hay una nueva forma de lenguaje para abordar el tema de la violencia y la acción del crimen organizado, y que prácticamente es utilizado por una sociedad que ha asimilado el fenómeno, principalmente los medios de comunicación, que no dudan en echar mano de esta jerga ya popular.

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