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| Agencia Efe

El Nacional de las Letras Españolas reconoce la fecundidad de la académica Ana María Matute

La escritora Ana María Matute, que ha hecho de la literatura su forma de estar en el mundo, ha ganado el Premio Nacional de las Letras Españolas en reconocimiento a una obra fecunda en la que la imaginación, la magia y la fantasía ocupan un lugar importante.

Este premio, que concede el Ministerio de Cultura y que está dotado con 30.000 euros, se suma a otros galardones obtenidos por la escritora, como el Nacional de Literatura y el de la Crítica por Los hijos muertos, y el Premio Nadal por Primera memoria en 1959.

Candidata durante años al Premio Cervantes y miembro desde 1998 de la Real Academia Española, Ana María Matute (Barcelona, 1925), también ha obtenido en dos ocasiones el Premio Nacional de Literatura Infantil, por su narración Sólo un pie descalzo (1984), y por El polizón de Ulises (1965).

A la recta final de las votaciones del jurado del Nacional de las Letras llegaron los nombres de Matute y de Juan Goytisolo, seguidos de cerca por los de Juan Marsé y Luis Mateo Díez, según dijeron a Efe fuentes próximas al jurado, que reconocieron lo difícil de la elección del ganador ante «la gran calidad literaria de la obra» de todos ellos.

Matute se ha sentido «sorprendida» por un premio que llega «en un momento excelente» para ayudarla a recuperarse de una fractura de fémur y para terminar su próxima novela, Paraíso inhabitado, que espera publicar a finales de la próxima primavera en Destino, según ha afirmado a Efe la escritora, que ha preferido transmitir sus declaraciones a través de su hijo.

Al conocer la noticia, que le comunicaron telefónicamente desde el Ministerio de Cultura, la escritora expresó «primero sorpresa, porque no me lo esperaba, y no tenía la menor noticia, no ha funcionado la rumorología». De todos modos, se mostró «encantada» y «orgullosa» con el premio.

«Contadora de historias», como a ella le gusta definirse, Ana María Matute ha sentido siempre fascinación por el bosque, una de sus grandes obsesiones literarias, que la escritora asocia con el mundo de la imaginación, de la fantasía, del ensueño, pero también de la propia literatura, como dejó claro en su discurso de ingreso en la Real Academia Española, en enero del 98.

Aficionada a hablar de su infancia y «predestinada a la literatura desde niña», Matute contó en aquel discurso que, antes de saber leer, los libros eran para ella «como bosques misteriosos», donde bullían «criaturas, deseos, sueños y tiempos desconocidos».

Cuando aprendió a leer y se encontró con la palabra «bosque» en un cuento, supo que siempre se movería dentro de ese ámbito, porque «toda la vida de un bosque encontraba su lugar sobre el papel, en el arte combinatoria de las palabras».

Dotada de una imaginación portentosa, Matute halló en los cuentos infantiles un caudal de inspiración inagotable para los libros que escribiría de adulta. «Si no hubiese podido participar del mundo de los cuentos y si no hubiese podido inventarme mis propios mundos, me habría muerto», ha dicho en alguna ocasión.

Escribir no es para ella una profesión «ni una vocación siquiera». Es su forma de ser y de estar en el mundo, «un largo camino de iniciación que no termina nunca, como un complicado trabajo de alquimia o la íntima y secreta cacería de mí misma y de cuanto me rodea», ha señalado la escritora.

Con sólo 17 años, Matute, que prefiere hablar de magia más que de fantasía al definir su literatura, escribió su primera novela, Pequeño Teatro —publicada once años más tarde y galardonada con el Premio Planeta—, y en 1947 llegó el primero de la larga lista de éxitos de su carrera literaria, al ser finalista del Premio Nadal con su novela Los Abel.

Dotada de una gran capacidad de fabulación, es autora de más de cuarenta obras, entre las que figuran títulos como Los soldados lloran de noche, Luciérnagas, La oveja negra y su trilogía medieval formada por La torre vigía, la aclamada Olvidado Rey Gudú y Aranmanoth.

Matute siente pasión por la Edad Media, porque es un mundo lleno de contrastes y porque, como ha afirmado en alguna ocasión, «del mundo actual se puede hacer muy poca literatura».

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