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| Isabel Gómez Melenchón
lavanguardia.es, España
Sábado, 16 de enero del 2010

EL MUNDO SE LLAMA WANG

Los apellidos permiten seguir el rastro de la historia: Wang, Smith o García lideran el ranking en el mundo | Los más largos no son siempre los más nobles


Los apellidos cuentan una historia: la nuestra, la de nuestros ancestros y la de nuestro país, pero sobre todo la de nuestra cultura. Sus normas y formas son una radiografía del planeta.

El mundo se llama Wang o Li, los dos apellidos, junto con Zhang, más frecuentes en la República Popular China: entre los tres suman un veinte por ciento de la población de aquel país y teniendo en cuenta que hablamos de más de mil trescientos millones de seres humanos, las cuentas están claras. Pero si nos referimos sólo a países de habla inglesa como Estados Unidos o Gran Bretaña, entonces son los Smith o los Johnson quienes encabezan las listas. Y si nos vamos al mundo hispánico, pues son nuestros ya citados García (33 de cada mil españoles, García arriba, García abajo según la zona de España donde se resida), Rodríguez, López o Martínez quienes más páginas ocupan en los censos o los listines telefónicos.

Menos nombres, más globales

Hay un apellido en Madagascar que consta de 24 letras: Razafindrandriatsimaniry. La isla africanoíndica se lleva la palma en cuanto a la longitud de sus nombres familiares, cuya razón no es otra que cada parte tiene un significado y no existían nombres y apellidos separados, sino que tradicionalmente en algunas áreas del país se portaba uno solo, eso sí, de bastante empaque, como se puede ver.

Sin embargo, las costumbres están cambiando y en las ciudades se opta por la forma occidental, o se utilizan otros más cortos. Una pérdida de diversidad que también se observa en la paulatina pero incesante adaptación a las maneras occidentales de grupos de personas en países que utilizan otros sistemas.

Por ejemplo, en Bután, donde no existen apellidos propiamente dichos, sino dos nombres, que con frecuencia no están conectados con los de los padres. O Indonesia, donde se puede optar por un solo nombre, como Sukarto y Suharto, dos de los más populares, o bien por dos nombres, o dos nombres y un apellido, o dos nombres y un patronímico…

La manera de nombrarse es reflejo y consecuencia de la cultura y la tradición de un país; su simplificación homogeneización disfrazada de «modernidad» es un ejemplo más de globalización entendida como empobrecimiento.

Los apellidos nos identifican, nos sitúan en nuestro contexto geográfico e histórico, nos dicen de dónde venimos y a qué y a quién pertenecemos, pero también son una radiografía de nuestro mundo: pocos datos se prestan tanto a explicarnos cuál es la composición de nuestra sociedad y cómo ha evolucionado en los últimos decenios como ver que en el área metropolitana de Londres entre los veinte apellidos más frecuentes figuran ya Patel, Khan o Ali, y más aún: de acuerdo con el censo de EE. UU. correspondiente al año 2000, el octavo apellido más numeroso en el país es García, que sin embargo diez años antes, en 1990, ocupaba el lugar 18. No es un fenómeno nuevo. La historia, la Historia, es una sucesión de migraciones, de recién llegados que se unen, se distancian, se enfrentan y se acaban mezclando con los que ya estaban. Y los nombres también se integran, a su manera.

Cada apellido cuenta una historia, y no todos nacieron en un mismo momento de la historia. Además, las diferentes culturas han evolucionado de formas muy dispares al respecto. Y encima, por contar, la han contado mayoritariamente los hombres; de hecho, el sistema de dos apellidos, el paterno y el materno, es propio de España, Portugal e Iberoamérica. En Occidente, durante siglos únicamente se utilizaban los nombres de pila o bautismo en el caso de los cristianos, y no fue hasta la Edad Media cuando comenzaron a fijarse en documentos otros datos tales como el oficio, la procedencia, el nombre del padre. Al principio, esta documentación estaba limitada a las clases más altas o los eclesiásticos, pero al generalizarse, se hacía indispensable una forma de diferenciar a una multitud de Juanes o Fernandos. Es entonces cuando empiezan a aparecer escritos (probablemente ya se utilizaban antes) segundos nombres de la forma más sencilla posible, utilizando como referencia el oficio, un apodo por alguna característica física o familiar, el origen geográfico o, más frecuente de todos, el patronímico.

Así, en Castilla pronto se incorporó el sufijo –ez como 'hijo de': López, hijo de Lope, Rodríguez, hijo de Rodrigo, o Gómez hijo de Gome (nombre popular en la Edad Media pero ahora prácticamente desaparecido, como muchos otros por otra parte). Este es el mecanismo más común y existe en prácticamente todo el mundo: -son en los idiomas anglosajones (como Williamson, hijo deWilliam), el -sen en los escandinavos (como Petersen, hijo de Peter); el Ben- en hebreo (Ben Sasoon), los Bin- o Ibn o Ben- en árabe (Tahar ben Jelloun), o las partículas O"- (nieto de) o Mac- (hijo de). De esta manera, no resulta extraño que si uno va a la librería a comprar un best seller de novela negra de un autor/a suecos, pueda elegir ahora mismo entre Asa Larsson o Stieg Larsson, apellido este, hijo de Lars, que ocupa el sexto lugar en el ranking sueco. Aunque deberá tener cuidado: Murakami no es un patronímico, pero es el apellido número 35 más frecuente de Japón, así que en la librería le pueden dar una obra de Haruki Murakami o de Takahi Murakami o de Ryu Murakami.

Otro grupo de apellidos tiene su origen en el carácter hereditario de los oficios durante la Edad Media. Ejemplos clásicos serían los apellidos Zapatero, Caballero, Guerrero o Herrero en alguna de sus múltiples grafías, porque la evolución de los apellidos, como la de las sociedades, y las diferentes formas en que eran escritos con una gramática aún por fijar dieron lugar a numerosas variaciones de un mismo apellido. Y estas variaciones son tan importantes para los genealogistas como lo son también para los antropólogos: los apellidos de origen catalán castellanizados que se encuentran en zonas de Murcia, como Puche, Fortún, Pujalte o Reche, nos cuentan que en la repoblación de las tierras murcianas tras la conquista cristiana del siglo XIII participaron numerosos catalanes y valencianos.

Es sólo un ejemplo entre muchísimos, como los hay también de apellidos toponímicos, derivados del origen geográfico del individuo, a escala general y local. Por ejemplo, Martos o Jaén nos indican claramente el origen del nombre, pero también Castillo o Puente. Y aquí hay que aclarar un lugar común erróneo: los apellidos toponímicos no son necesariamente de origen judío, como se suele afirmar, ya que eran portados por igual por numerosas personas procedentes de esas localidades, hebreos, pero también cristianos, tal como explican Roberto Faure, Antonio García y María Asunción Ribes en su Diccionario de apellidos españoles (Espasa). Este diccionario recoge datos de más de ocho mil apellidos de nuestro país, que parecen muchos, pero no son tantos si se miran las páginas de genealogía: desde los archipopulares hasta los rarísimos, es difícil cuantificar cuántos apellidos hay. Sólo en los clásicos (y apabullantes, son 88) volúmenes de la Enciclopedia heráldica y genealógica Hispano-Americana que Alberto y Arturo García Carraffa realizaron el siglo pasado aparecen 17.000 nombres de familia.

Como nunca llueven apellidos a gusto de todos, si aquí prima la variedad, en otras latitudes no tanto, y hace un par de años el Gobierno chino reconoció que la superabundancia de Wang, Li y Zhang era ya un problema de primer orden por la confusión que crea. En China, el apellido antecede al nombre y suele constar de una sílaba, que habitualmente se elige entre una lista de cien, la Baijiaxing o los Cien Nombres Antiguos, así que a fecha del 2007 había en el país 93 millones de Wang, desbancando a los hasta ese momento más populares Li, que se quedaban sólo en 92 millones, y 88 millones de Zhang. Y el resultado es que en las estadísticas oficiales se encontraban casos como el de Zhang Wei, apellido y nombre que comparten tal cual 290.607 personas, algo capaz de volver majareta al funcionario más concienzudo. Entre las posibilidades que se barajaban estaba permitir combinaciones compuestas con los apellidos del padre y de la madre. Una solución que, sin tanto escrutar entre los restos de las hojas de té, ya adoptaron hace siglos los Gómez o González de nuestras tierras, más que nada para diferenciarse del vecino, y así empezaron los apellidos larguísimos o con guiones tan bien reinterpretados por Uderzo y Goscinny en su Astérix en Hispania (Soupalognon y Crouton o Dansonssurlepon y Davignon eran algunos de los nombres de los héroes ibéricos).

Y tal vez no les faltara parte de razón a nuestros ancestros íberos: según un estudio realizado hace unos años por la Universidad Carlos III de Madrid y titulado Surnames and status social in Spain, las personas con apellidos poco frecuentes tienden a tener un nivel socioeconómico mayor que las que tienen otros más comunes; los investigadores achacaban este «elitismo apellidal» tanto a una baja movilidad social como a «un comportamiento señalizador de las dinastías con éxito mediante la creación de apellidos compuestos». En inglés lo dicen de otra manera: «keeping up with the Joneses», algo así como mantenerse al nivel de los Jones, y viene a significar conseguir el mismo estatus que los vecinos. Claro que en los países jóvenes del Nuevo Mundo lo tenían más fácil: simplemente se apañaban el apellido. Por ejemplo, según el estudio Demographic aspects of surnames from census 2000, del Census Bureau, una de las razones para que en Estados Unidos exista una mayor proporción de Johnson que en el Reino Unido es que muchos inmigrantes escandinavos, al llegar a Ellis Island (o donde fuera), modificaban su apellido para hacerlo más sencillo, y un clásico era el cambio de Johansson por Johnson. O el alemán Müller y el irlandés Muilleoir por Miller, séptimo en el ranking norteamericano gracias a tan variadas aportaciones y que, curiosamente, es también el tercer apellido más común entre los judíos norteamericanos.

También dos apellidos hebreos, Levi, de la tribu de Levi, uno de los doce hijos de Jacob, y Cohen, procedente del hermano de Moisés, Aarón, se sitúan entre los más antiguos del mundo, en dura competencia con los chinos: no hay que olvidar que hay vida fuera de Occidente y que ya en el año 2852 a.C. el emperador decretó la obligación de un apellido para facilitar en censo.

Los apellidos nos proporcionan, como se ha visto, una rápida radiografía de un país, sí, pero también son la primera pieza de información sobre nosotros. Son nuestro carnet de identidad, en el sentido más literal.

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