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| Magí Camps
lavanguardia.es, España
Lunes, 28 de septiembre del 2009

EL MUFFIN DE PROUST

Para no pronunciar la palabra «grasa», hablamos de michelines o del nuevo muffin top.


Los michelines, tal como recoge el diccionario, son esas acumulaciones de grasa en la cintura. Tomada del muñeco Bibendum que anuncia la marca de neumáticos, michelín es una palabra que sólo se emplea a este lado de los Pirineos. Para los franceses, sigue siendo la fábrica de Clermont-Ferrand que debe su nombre a sus fundadores: los hermanos André y Édouard Michelin.

Pero gracias a la simpar Empar Moliner, la semana pasada, en el matutino show de Josep Cuní, supimos que esos michelines que sobresalen por los lados de la cintura ya tienen su propio nombre. Si la dictadura de la moda no hubiera impuesto los pantalones de talle bajo y las camisetas cortas, esas acumulaciones de grasa en forma de pliegue no habrían visto la luz y no hubiera habido ninguna necesidad de bautizarlas. Pero están ahí, a la vista, y el genio de la lengua —en este caso la inglesa—, aderezado con la mala uva, ha alumbrado la expresión muffin top (la rebaba de la magdalena). La descriptividad es absoluta y define con precisión —y crueldad— esos pliegues laterales, esas mollas.

Para nosotros la palabra muffin no es nueva. En las cafeterías franquiciadas hace ya algún tiempo que se despachan muffins de distintos sabores y con distintos rellenos. Yo diría que son magdalenas, pero debe ser que lo de muffin queda más chic. Las insignes magdalenas, claves en la historia de la literatura, deben su nombre a la cocinera homónima que las inventó: Madeleine Paumier, epónimo que se halla en peligro de extinción por la proliferación de las franquicias.

Igual que el pan de molde se conoce como pan inglés, a los muffins habría que llamarlos magdalenas americanas, como hacen en algunas panaderías de toda la vida. Hoy, en cambio, preferimos decir muffins aunque no sepamos ni pronunciarlo.

Y algo similar sucederá con esos pliegues que sobresalen por los lados de los pantalones. Aunque ahí no toda la culpa la tenga el hablante. Siempre han sido las lorzas, aunque el diccionario académico omite este sentido figurado y sólo recoge el del 'pliegue que se hace en una prenda para acortarla o como adorno'. El diccionario Clave sí explica que una lorza también es, en un registro coloquial, una 'acumulación de grasa en forma de pliegue, que se tiene en determinadas partes del cuerpo'.

Si la Academia no se apercibe a tiempo, igual admite antes en su diccionario el forastero muffin top (eso sí, hispanizado: máfintop) que las tradicionales y contundentes lorzas.

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