Noticias del español

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| Jesús Hernández
La Opinión-El Correo de Zamora, Zamora (España)
Miércoles, 20 de septiembre del 2006

«EL MAYOR PELIGRO ES EL DESINTERÉS. LA GENTE PIENSA QUE EL IDIOMA ES ALGO QUE LE IMPONEN, COMO LAS NORMAS DE TRÁFICO»

Ignacio Bosque, ponente de la nueva Gramática de la lengua española e integrante de la Real Academia: «La Lengua no es un envoltorio del pensamiento, sino el soporte del pensamiento»


Es el ponente de la nueva Gramática de la Lengua Española. Ignacio Bosque, de la Real Academia, lleva —por eso— la voz cantante en la quinta reunión de la Comisión Interacadémica, que se celebra en Zamora. El autor de Redes. Diccionario combinatorio del español contemporáneo, afable y cercano, está considerado como uno de los más importantes gramáticos. En la conversación, habla del idioma de Cervantes y de Neruda. Además, analiza ese instrumento de comunicación desde interesantes perspectivas. Brilla su palabra sosegada.

Usted dirigió Redes. Diccionario combinatorio del español contemporáneo. Es un diccionario especial.

– Era un proyecto sobre una idea que yo tenía en la cabeza desde muchos años antes: un diccionario que describiera las combinaciones más comunes de las palabras, a partir de las nociones semánticas que se establecen entre ellas. Es un proyecto que yo tenía en la cabeza y no se pudo hacer hasta que existieron ordenadores y bases de datos. Pronto aparecerá una versión abreviada.

¿El español tiene palabras para el pensamiento científico?

– Sí. Todas las lenguas poseen vocablos para el pensamiento científico. Se escribe sobre cualquier asunto, sin excepción, incluidos los más técnicos. No hay ninguna restricción de ese tipo.

Siempre hay peligros. ¿Cuál es, hoy, el mayor peligro que acecha al idioma español?

– El mayor peligro es el desinterés por la Lengua. La gente piensa que el idioma es algo externo que está ahí, algo que le imponen como las normas de tráfico. Y, sin embargo, es una parte de nosotros mismos. Está dentro de su piel personal y, a la vez, social. El hecho de considerar que la Lengua nos pertenece… constituye el primer paso. Y resulta lamentable que mucha gente piensa que el idioma es algo ajeno, que no tiene que ver con uno, que no es parte de uno mismo. Y resulta todo lo contrario: una parte esencial de nosotros mismos.

¿Qué vicio lingüístico no soporta el académico Ignacio Bosque?

– Yo no creo en los vicios, sino en el cuidado del idioma. La Lengua no es una norma, un envoltorio del pensamiento, sino el soporte del pensamiento. Eso no es percibido por mucha gente. Esta cree que la lengua es el papel en que se envuelven las ideas. Y no. Es el soporte, reitero, del pensamiento. El hecho de aceptar tal cosa, y entenderla, supone muchísimo, incluso en el mal dominio

¿Hay que decirle a los nacionalistas que la Lengua, instrumento de comunicación, no es la sangre del espíritu?

– No creo que ellos digan eso. La Lengua es un patrimonio del individuo y de la comunidad.

¿No cree en las denominadas «luchas de lenguas»?

– No. Cuento con muchos amigos catalanes, trabajo con ellos. Nunca he tenido el menor problema. Y ellos pasan de una Lengua a la otra con absoluta naturalidad. Yo creo que así debería ser. Es una pena que el resto de los españoles no sepan más de un idioma. En los siglos XVI y XVIII, en Europa, cualquier persona culta hablaba tres. Es lo normal.

¿El plurilingüismo…?

– …Es un bien. El mejor regalo que uno puede hacerle a un hijo es facilitarle el aprendizaje de un idioma. Mejor que cualquier otra cosa.

¿El Diccionario de la Lengua es machista, como alguna vez se ha insinuado?

– No, no. En absoluto. Lo fue hace años. Las últimas ediciones están muy corregidas. Y la nueva gramática cuida mucho ese tipo de cuestiones. Otra cosa es que la sociedad todavía sea machista en alguna medida. Pero la Academia, ahí están sus trabajos, no muestra ningún tipo de machismo.

¿María Moliner estaría hoy en la Real Academia?

– Sin duda. Fue una mujer extraordinaria y un cúmulo de circunstancias desafortunadas impidieron que ingresara en la Academia. Estaría. Y sería una de las personas que trabajasen más intensamente, con mayor entusiasmo. Es una figura extraordinaria de la historia de nuestra Filología.

¿El nuevo lenguaje de los móviles y demás afectará a la buena salud de la lengua escrita?

– Yo creo que eso es algo circunstancial. No me importa que los jóvenes realicen eso si después, cuando tienen un examen, no lo hacen. Si saben que eso es un registro circunstancial, que se limita a ese tipo de soporte, está bien. El problema es que posteriormente lo repiten en los exámenes de lengua, geografía o historia, y utilizan el mismo tipo de escritura. Hay dos aspectos. Es muy importante saber que existen registros en el idioma. Y aquéllos son como los atuendos: uno conoce cómo debe vestirse en cada situación. Si un joven escribe de esa forma sincopada no es algo que tenga mayor problema, siempre que él sepa que, cuando acude a un examen o redacta una carta o un texto oficial, debe cambiar de sintaxis, de léxico.

Ricardo Senabre nos decía que el «mejor diccionario ya no es el de la RAE».

– A lo mejor se refería al diccionario de Seco, que es magnífico. Son dos obras de planta muy diferente. El de Seco documenta todos los ejemplos. El de la Real Academia, no. Sólo lo hace el Histórico de la institución cultural. Esas cuestiones siempre son opinables.

¿En la Academia Española de la Lengua hay algún nacionalista?

– Hago un repaso, y no encuentro a ninguno. Existe un ambiente de cooperación y un entendimiento muy bueno, entre personas de ideas muy diferentes. Sabemos que la Academia se halla por encima de las opiniones personales, que estamos allí para realizar un trabajo en común. Esa es una idea muy metida en la cabeza. Sobre nuestras opiniones particulares, nuestros sentimientos, nuestras ideologías se encuentra la Academia como institución. Es algo que está imbuido en la mente de todos los académicos. La Academia es lo primero. Trabajar por ella es algo bueno en sí mismo.

La voz y la palabra

Está a punto de perder la voz, aunque nunca pierde el buen semblante. Ignacio Bosque, ponente de la nueva Gramática, que «firmará la Asociación de Academias», no para de hablar. Lo exige su función relatora. El primer texto básico —un borrador, que después recibe aportaciones de otros asesores y da lugar a un segundo informe— se ha enriquecido con las propuestas remitidas por las Academias y los coordinadores de las distintas áreas lingüísticas. El documento es analizado ahora por la Comisión Interacadémica, que incorpora o rechaza sugerencias. «Todo está bastante bien organizado», explica. Los debates son intensos, si bien cordiales, llenos de matices. Se aprueban y rechazan las observaciones no integradas. «Estas reuniones se dedican a perfilar lo que no ha quedado visto en los trabajos previos». La versión resultante será remitida a todas las Academias para su estudio. Aquéllas realizan «una lectura total». Después vendrá la aprobación de la última versión. La definitiva. La buena.

Los académicos y sus colaboradores son gente madrugadora. Temprano se ponen a la tarea. «Vienen de muy lejos y sólo disponemos de una semana». Hacen algún descanso, breve, y de nuevo al análisis y la discusión. Mañana y tarde. «Hay poco tiempo y es la única posibilidad». Desmienten —aquí, en el antiguo palacio de los condes de Alba y Aliste, del XV-XVI— viejos tópicos, descangallados. Ellos velan, con firmeza, por el don de la palabra, que es comunicación y, también, revelación.

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