Noticias del español

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| Juan Bonilla
El Mundo, (Madrid, España)
Lunes, 1 de octubre del 2007

EL MARÍA MOLINER

Tómese cualquier palabra cotidiana, la que designa a un objeto al alcance de nuestra mirada, una herramienta que empleamos para trabajar, un souvenir que nos acompaña desde hace mucho, una de las prendas que llevamos puestas. Bastará el esfuerzo de tratar de definir un objeto cotidiano para quedar fascinado por la dificultad y el encanto del ejercicio y por cómo una sola palabra conduce a otra que también quiere ser definida antes de sugerimos una nueva palabra o expresión en la que alargar la tarea.


Aunque podemos retarnos y ver dónde somos capaces de llegar: la palabra «hombre», intente una definición convincente en la que quepan Adolfo Hitler y el que le mira en el espejo por las mañanas. Defina la palabra «Historia», sin acordarse de la definición que dio Ambrose Bierce en su desopilante Diccionario del Diablo: «relato casi siempre falso de hechos casi siempre banales protagonizados por curas casi siempre viles y militares casi siempre idiotas».

Tómese entonces cualquier palabra que designe una abstracción, una sensación, un sentimiento: intemémonos en el mundo de lo invisible. Tratemos de definir alma, melancolía, dicha. Agarre esos conceptos por el cuello y, aunque ya sepa lo que son, pregúnteles qué son y póngalo por escrito. La palabra «tiempo», por ejemplo, que en español comete la poética imprudencia de referirse al clima y a aquello en lo que vivimos y que nos acaba matando (cuando no nos mata el clima, claro). No se escude en San Agustín y su colosal «si no me preguntan por el tiempo sé lo que es, si me lo preguntan no lo sé», que es un hallazgo en el que se puede sustituir la palabra tiempo por tantas otras, por alma, desde luego, por amor, seguramente. Dijo alguien que la tarea de los poetas no es otra que la de definir palabras cuyo significado no era evidente y obvio, indagar en las posibilidades del lenguaje para hacer emerger en un texto una imagen que convierta lo invisible y obstruso en visible y nítido. Por ejemplo, cuando Ovidio dice que «la muerte trabaja en los espejos», ¿no emite de repente una magnífica, insospechada definición que nos aclara las cosas, hecho que si bien no ha de consolamos conseguirá al menos que nos miremos menos en los espejos para no ver cómo nos va trabajando la muerte?

Si es tarea de poetas la de definir las palabras, y puede que toda la poesía no sea otra cosa que el impotente esfuerzo de definir la palabra poesía, Maria Moliner tuvo sin duda algo de poeta: quiso acoger todo el caudal del idioma en una obra lexicográfica mayúscula e impar que, si bien prescinde de momentos de euforia poética, se dirige a las palabras como si fuesen sospechosos a los que hay que interrogar, las caza como a mariposas, las pincha con el alfiler de una definición precisa, canta cómo se expanden sus colores en todo tipo de expresiones, y las festeja con multitud de ejemplos (siguiendo, todo hay que decirlo, al diccionario de la RAE, del cual es casi una edición critica).

Algo de entomólogo tiene el que hace un diccionario, no hay duda, con la diferencia de que luego las mariposas salen otra vez a la intemperie a ponerse en manos de la gente. Algo también de melancólico, con esa manía de querer ordenar el caos. No agranda la eficacia del diccionario de Maria Moliner las circunstancias en las que fuera escrito, pero es obvio qúe tales circunstancias dotan a la obra de un halo legendario. Como se sabe, fue degradada por roja después de la guerra, y la mujer fue componiendo este gigante «y al leerlo, no por consultarlo sino por el placer de perderse en el idioma, de zambullirse en él como en las aguas de una piscina, uno tiene la sensación de que está leyendo todos los libros» a solas, con la paciencia de quien sabe de veras lo que significa la palabra tiempo, en su cocina, con su máquina de escribir, anotando lo que se le iba ocurriendo, los usos de una palabra determinada que se le habían escapado a los académicos (ellos los policías, ella una detective privada) mirando alrededor y eligiendo una palabra, cualquier palabra, la palabra tijeras, la palabra alma, para ponerse con ella, dedicarse a hacerle un vestido a su medida que la definiera. Trate de hacerlo una mañana de éstas y valorará entonces por qué es legendario el diccionario de Maria Moliner.

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