Noticias del español

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| Lucía Romero Diego
La Voz de Salamanca, España
Viernes, 19 de septiembre del 2008

«¿EL MALDITO LENGUAJE O LA MALDITA LENGUA?»

Harta de oír lo inútil e incómodo que resulta a muchos y muchas, escuchar nombrar el femenino y el masculino de algunas palabras, he decidido dedicarles este artículo, para que comprendan de una vez por todas, que no se trata de una cabezonería de las feministas «radicales» (como ellos y ella les llaman), sino de una reivindicación, como muchas otras que ha habido en la Historia, y gracias a las cuales hemos conseguido avanzar hasta donde estamos hoy en día.


Y es que se trata de eso; de avanzar. En cierta conversación, alguien me dijo que no era el lenguaje donde había que empezar a cambiar las cosas, que esto al final sólo terminaría cansando a la gente. Y me pregunto yo, ¿por qué por el lenguaje no? O mejor aún, ¿por qué crees tú que el lenguaje no es un buen frente? El lenguaje, o concretamente, el uso que se ha hecho de él, ha condicionado la historia de todas las mujeres, su realidad, su forma de relacionarse y la valoración social de lo femenino.

Lo que ocurre es que ninguno se ha parado a reflexionar sobre ello, salvo estudiosas y estudiosos de la lengua. De modo que todo esto, al resto nos puede sonar a chino, y no es precisamente esta la lengua que nos compete en este momento.

Quizás resulte más sencillo empezar observando el influjo machista en otros factores sociales. Así por ejemplo, qué habrían opinado nuestros abuelos, o incluso nuestros padres, si les hubiéramos comentado hace unos años la enorme influencia que tenía la Iglesia condicionando el modo de vida de las familias, y más concretamente el rol que debía ocupar la madre y mujer. Más difícil, imagino que hubiera sido entender que los manuales de los cursos prematrimoniales donde creían que estaba la clave para un matrimonio feliz y donde ellos leían con tanta fe frases como «la profesión de la mujer seguirá siendo 'sus labores', 'su casa' y aunque trabaje fuera ha de saber estar presente en los mil y un detalles de la vida de cada día», eran en realidad auténticas brasas manteniendo un machismo incandescente en los hogares. Pero, claro, ahora eso suena tan obvio, que no es fácil ver lo que les costaría a ellos asumir tal afirmación.

Quizás nos sea más sencillo comprenderlo con el ejemplo de los medios de comunicación, cuando se empezó a comprender que además de contar lo que ocurre, tienen muchísima responsabilidad en lo que sucede. Que además de informar, proponen modelos sociales, formas de pensar y comportarse y son el foro de discusión pública. ¿No es posible que esta afirmación sonara a chino también hace unos años? Seguramente, en su momento, también produjo risa pensar la influencia de la televisión o la radio en la forma de actuar de la gente. Creerían que era una tontería pensar que porque en el telediario trataran de un modo u otro las noticias, nosotros pudiésemos pensar una cosa u otra, o incluso actuar de un modo u otro. Sin embargo, hoy en día comprendemos perfectamente, que hay que saber leer entrelíneas los periódicos, y a poder ser escuchar diferentes cadenas de radio si no queremos terminar hablando como el periodista de turno, o votando a quien más publicidad ha tenido.

Y entonces me pregunto yo si no podría estar ocurriendo hoy en día lo mismo con el lenguaje y el uso que se hace de él. Si nadie nos hiciera pararnos a analizar las entradas del diccionario, todos creeríamos que las definiciones de la Real Academia Española son completamente correctas, igual que creyeron nuestros abuelos que los manuales de preparación al matrimonio lo eran. Pero, resulta que una serie de estudiosas y estudiosos, nos lo plantean y nos reímos. Veamos pues, de qué nos estamos riendo. Si buscamos mujer pública, mujer del arte o mujer del partido, su definición según la RAE es ramera. Mientras que si por el contrario buscamos hombre público, explican: «el que tiene presencia he influjo social». Parece entonces que, al menos para los académicos, las mujeres que tienen presencia o influjo son consideradas prostitutas.

Y no es ese el único ejemplo. Este mismo diccionario recoge la expresión sexo débil como el conjunto de las mujeres, o la palabra mujercilla como mujer de poco estimación o mujer perdida, de mala vida. Mientras el susodicho hombrecillo, únicamente se define como diminutivo de hombre. Yo no sé, pero a mi, qué queréis que os diga, que casi me resulta más dañino, que lo de los manuales prematrimoniales. Y ahora me preguntaréis, qué tiene que ver todo esto con el «soniquete» del todos —todas y ellos— ellas.

Pues bien, si pensamos en los cientos de niños y niñas que acudirán al diccionario, convencidos por sus profesores de lo útil y lo importante que es hacer uso de él, comprenderemos la influencia que pueden tener este tipo de definiciones al alimentar los estereotipos de género, reforzando los comportamientos asociados a ellos. Si nuestras hijas leen, aunque sólo sea de manera casi inconsciente, que una mujer pública o del arte es una ramera, nunca aspirarán a ello, o al menos no mientras crean que el lenguaje es inocuo. Así, por ejemplo, cuando pretenda saber qué significa ser ministra, se encontraran con la 'grata' sorpresa de que, según la RAE, tan sólo consiste en ser mujer del ministro. Del mismo modo, cuando esa niña se quiera referir a ella como médica ahora podrá hacerlo, mientras que hace unos años habría resultado ridículo y motivo de risa.

Quizás, de este modo, sea más fácil comprender que el leguaje tiene mucha más influencia en nosotros de la que podemos creer. Por lo que considero que habrá que ir pensando cómo queremos que nos influya, o al menos, cuán conscientes queremos ser de la influencia que tiene decir todos o todas.

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