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| Emilio LLedó
elpais.com, España
Sábado, 26 de diciembre del 2009

EL LIBRO DE LA SEMANA: GRAMÁTICA EN SU MUNDO

El cuidado del lenguaje es tan necesario y vital como el de la naturaleza que nos rodea, como el del aire o el agua, como el de aquellos otros seres que nos acompañan en la vida. La Nueva gramática de la lengua española, que acaba de editar la RAE, es un compendio de sabiduría, pero también una apuesta por el entendimiento y la comunicación.


El lenguaje es algo tan propio de los seres humanos que hemos olvidado el privilegio de esa conquista por la que somos una especie distinta entre los animales. Somos cuerpo, organismo físico, igual casi al de muchos otros mamíferos. Tenemos pulmones y boca como ellos, pero esos pulmones y esa boca son capaces de emitir un «aire semántico» que articula nuestra lengua, originando un mundo vivo también como el de la naturaleza, y funda comunidad, sociedad, cultura. «La voz que significaba cosas reales e ideales» inventaba ya el universo humano, inventaba el convivir.

Un soplo semántico, indicativo —que podemos señalar, indicar con el índice de nuestras manos—: árbol, río, sol, casa, vaso, libro, calle, flor, y que es capaz de decir, también, lo que no podemos señalar tan inequívocamente: bondad, justicia, belleza, verdad, amor, maldad, envidia, emoción, política, ciencia. «El único animal que tiene logos, que tiene palabra», dijo Aristóteles, con esa maravillosa sencillez y claridad que adorna muchos de sus escritos. El contacto con la vida, con lo que veían los ojos, le hizo recoger la sentencia de un viejo presocrático: «El hombre piensa porque tiene manos», y en otro pasaje inolvidable afirmó que «el alma es como la mano, todas las cosas».

Ese asombroso personaje «analizó» el estallido de un universo de nombres, de verbos, de conjunciones y disyunciones, de proximidades y distancias, de ahoras y siempres, para decir el mundo y para decirnos a nosotros mismos, nacidos en una lengua que alimenta y protege y que se llamaría «lengua materna». Seres de lenguaje donde se encierra la posibilidad de entender, de sentir, de interpretar. También, entre otros descubrimientos, adivinó la ética y definió los rasgos que habían de adornar al hombre justo, al hombre «decente», al ciudadano que quería saber la verdad de cada cosa y ser él mismo verdad.

Es tan «natural» ese nacimiento en la cultura, que lo usamos como si fuera nuestro, que lo es; como si fuéramos nosotros, que lo somos. Llegamos a estar tan familiarizados con su uso, que olvidamos el aliento de su existencia, y apenas recordamos, como decía Goethe, esa unión con que fraternizan y se hermanan los ojos con el sol.

Precisamente por la responsabilidad que implica esa «humana» tarea, el cuidado del lenguaje es tan necesario y vital como el de la naturaleza que nos rodea, como el del aire o el agua, como el de aquellos otros seres que nos acompañan en la vida. El lenguaje es ya un universo cuyas constelaciones, cuyo ritmo y movimiento, se ha transformado en el ser que somos, en las manos con que amasamos el mundo de las relaciones humanas, de las verdades y mentiras que podríamos fabricar con él: un inmenso espacio intermedio entre cada individuo, entre el mundo de la consciencia y el mundo de las cosas.

Es tal el poder de ese «estar en el mundo» como lenguaje, ese «ser lenguaje», que ha empezado, de alguna forma a dominarnos, a articular el soplo sonoro del tiempo en el que hablamos, del tiempo de la originaria oralidad, o a dejarse mirar en la escritura con la que creemos detenerlo. Una mirada que pretende someter las palabras al siempre sorprendente juego de sus formas, de sus indicativos y subjuntivos, de sus pasados y futuros, de sus adjetivos y sus metáforas, de sus cadencias y sus reglas. Y como es resultado de la mente, de esas manos de aire que dicen las cosas y miran las ideas —las «ideas» que son, en realidad, «miradas»—, nos deja también la pequeña libertad de nuestro capricho, de la ignorancia o el talento para que, sin «perder las formas», lo variemos, lo modulemos, lo manipulemos, lo acariciemos incluso.

Un organismo, pues, más complejo aún que el de nuestro cuerpo, porque se ha forjado con la inacabable, infinita, creatividad del cerebro, independizándose de él y ya, como mente humana, ha aprendido a decir las cosas del mundo porque tenía que, al señalarlas, compartirlas. El lenguaje, en la voz de sus hablantes, de sus escritores, ha ido construyendo el inacabable edificio del alma y, por eso, es «todas las cosas», dice todas las cosas, lucha por expresar todo lo que sentimos y acaba diciéndonos dónde estamos, qué somos.

Esa construcción que se sostiene desde la firme espontaneidad y familiaridad de sus hablantes ofrece, en el entendimiento e interpretación del mundo, la multiplicidad de sus miradas, la inmensa variedad de sus perspectivas que, en el largo paso del tiempo, es un edificio común que todos habitamos, sea cual sea la lengua sobre la que el puro azar nos haya hecho nacer.

El edificio o, mejor dicho, el fecundo territorio de la lengua española, es lo que ha querido mostrarnos, en los interminables senderos que lo forman, y que durante once años ha recorrido el talento de Ignacio Bosque bajo el cálido espacio de la Academia, y la sabiduría que desde 1713 anida en esa institución, a pesar de dificultades y tropiezos. En buena parte de esos senderos ha estado acompañado del saber de otras Academias y de jóvenes e inteligentes rastreadores.

Un saludo de complicidad y compañerismo le envía, sin duda, a más de veinte siglos de distancia, Dionisio de Tracia, el primer gramático de la época helenística, que siguiendo en la tradición de los sofistas -aquellos profesores ambulantes que querían despertar a la gente enseñándoles a preguntar a las palabras, a dudar de los significados impuestos- y en la tradición aristotélica que analizó la racionalidad del lenguaje, pensó que había que descubrir y describir el artificio de esas manos etéreas con las que tocamos el mundo, con las que estamos obligados, verdaderamente, a entendernos.

Traición y novedad

Las 22 academias de la lengua han trabajado en el proyecto lingüístico más importante del castellano después del diccionario de la RAE: la Nueva gramática de la lengua española. Una idea que nació en 1973, con el objetivo de actualizar el libro existente desde 1931 (pero que era prácticamente el mismo de 1917), cuyas labores en firme empezaron hace once años bajo la coordinación y ponencia del académico Ignacio Bosque, catedrático de Filología de la Universidad Complutense de Madrid. Es una obra consensuada que recoge la riqueza y variantes de un idioma hablado en 19 países de América Latina, en Filipinas, parte de Norteamérica y España. Los dos tomos que se acaban de publicar están dedicados a la morfología y la sintaxis, y el próximo año aparecerá el de fonética y fonología. Un trabajo de investigación de muchos años que ha involucrado a docenas de especialistas y miles de consultas (4.000 obras, periódicos y revistas), que ofrece más de 40.000 ejemplos. La Nueva gramática «acentúa los diversos factores pertinentes en la descripción» y busca conjugar tradición y novedad para un idioma hablado por 400 millones de personas y que ya se ha convertido, después del inglés, en la segunda global.

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