Noticias del español

| | |

| José Antonio Martínez
La Nueva España, Asturias (España)
Viernes, 6 de octubre del 2006

EL LENGUAJE (POLÍTICAMENTE) CORRECTO

Puede definirse la «corrección política» como la actitud o conducta orientada a lograr cierta igualdad entre las diversas minorías étnicas, políticas, ideológicas y culturales que componen una sociedad multicultural y multiétnica; pero revirtiendo el equilibrio de poder —lo que se llama «discriminación positiva»— en favor de las autodefinidas como «minorías oprimidas» : negros, mujeres, homosexuales, emigrantes, etcétera. Umberto Eco ha resumido las tres fases de su evolución: una, su origen izquierdoso y socialmente intencionado en los Estados Unidos; dos, su reorientación hacia disquisiciones y ocurrencias terminológicas, y tres, su aceptación y manipulación por los neoconservadores y reaccionarios.


Lo «políticamente correcto» se ha relacionado con dos movimientos filosóficos: la Escuela de Fránkfort y la Asociación Americana de Antropología, con el alemán Franz Boas como figura, uno de cuyos discípulos, Edward Sapir, junto con el antropólogo Whorf, formuló la conocida como «hipótesis Sapir-Whorf», hipótesis débil (por tanto, difícil de confirmar como de desmentir) que dice que toda lengua conlleva una visión específica de la realidad y que, por tanto, determina al pensamiento.

En este supuesto, pues, el lenguaje corrige las mentalidades y, por esta vía, mejora a la realidad; y los derechos civiles del negro, tras Martin Luther King, sólo habrían de conseguirse plenamente rompiendo el grillete del muy ofensivo nigger para pasar a ser black y más tarde sentir el orgullo de ser Afro-American.

Es el todopoder de la palabra creadora, reservada a la Divinidad: «Hágase la luz»,y laluz fue hecha. «Cambiemos las palabras, y cambiarán las cosas» podría ser el lema filosófico-político de muchos que, hasta no hace tanto, seguían la convicción de que, revolucionando la estructura económica, se modificaría en consecuencia el arte, el derecho, la mentalidad de la gente, en suma, la «superestructura».

Late en esta postura un voluntarismo sin límites que recuerda la anécdota del futbolista conmocionado del entrenador John Lambie, quien, al comunicarle el masajista del equipo que uno de los delanteros sufría una conmoción tras chocar con un rival y que no recordaba quién era, le respondió: «¡Perfecto! Dile que es Pelé, y que vuelva al campo».

La lingüística —como ciencia humana y positiva que es— no tiene tanta fe para permitirse tanto voluntarismo. Hay dos principios lingüísticos que chocan frontalmente con ciertos supuestos de la corrección política. Uno es la separación entre la lengua y la realidad referida por ella: es el principio de la «arbitrariedad», por el cual una lengua es «amoral», funciona exenta de toda ideología y por tanto no se ensucia (el alemán sale tan indemne del entorno nacionalsocialista como lo hace el castellano del franquismo sociológico). La otra distinción —ignorada en el lenguaje políticamente correcto— es la que hay entre «lengua» y «habla»: identificar la lengua —o sea, las posibilidades idiomáticas a disposición de una comunidad— con el habla —las expresiones concretas de cada hablante en su contexto— lleva a cargar sobre la lengua histórica todas las responsabilidades y prejuicios de sus usuarios.

Hay dos rasgos casi definitorios de nuestra cultura: uno declinante, la libertad de crítica a cualquier idea o creencia (con absoluto respeto a las personas), y el otro emergente, que es la ideal igualdad entre mujeres y hombres. En España, el movimiento más activo ha sido el feminista, que —aparte de su acción y sus logros en el ámbito político y legislativo, menores en lo laboral— se ha dedicado a formular y extender a los medios de comunicación y en la escuela el lenguaje llamado «no sexista», contrapuesto desde la perspectiva de género a la lengua común, denunciada como sexista en términos inapelables.

Su esforzada y a menudo inquisitorial labor ha sido retribuida con diversa suerte. La parte más difícil la han tenido, como veremos, en el tratamiento de los aspectos gramaticales y formales de la lengua. En cambio, los logros lingüísticos -paralelos a las realizaciones sociales- han sido contundentes en la feminización de los sustantivos que nombran cargos, profesiones y trabajos: presidenta, médica, jueza, ingeniera, jefa… así como en la depuración de acepciones discriminatorias en el léxico de la lengua.

El lenguaje políticamente correcto en otros ámbitos -la enfermedad y las discapacidades, los defectos corporales, los estragos de la edad, el trabajo y la economía (pobreza, emigración, esclavitud, hambre), el racismo y la xenofobia, la guerra y el terrorismo, y el sexto (homosexualidad, transexualidad, pederastia, prostitución)- se ha prodigado en el discurso de los políticos de todas las tendencias y se ha propagado sin reparos ni crítica desde todos los medios de comunicación. El principal reproche que se le hace es el que expresa la siguiente frase de Eugenio del Río: «La extensión hoy de lo políticamente correcto se ha convertido en una enfermiza ocultación de la realidad a través del lenguaje eufemístico».

En efecto, el lenguaje políticamente correcto se limita a crear denominaciones eufemísticas con las que pretende reemplazar los términos de la lengua común, que considera cívica o éticamente «incorrectos», agresivos, humillantes, despectivos… Los eufemismos populares suavizan nuestro contacto con los aspectos más desagradables de la realidad, y los del ámbito científico-técnico (medicina o psicología, derecho y administración, economía o pedagogía) sirven para afinar diagnósticos y tratar profesionalmente una realidad dura y miserable.

Fuera de estos ámbitos, la capacidad ocultadora del eufemismo se ha aprovechado para desinformar acerca de la realidad. Se convierte en un veneno en papel de regalo. Como el que nos ofrecen todos los días los medios de comunicación desde los frentes de combate: ataques selectivos (que no son sino asesinatos o actos de terror), bombas inteligentes (con capacidad para aniquilar certeramente al enemigo, pero que casi siempre tienen fallos estúpidos, y trágicos), daños colaterales (víctimas civiles que casualmente siempre están en el centro mismo del lugar del impacto); el vil y desigual terrorismo se dibuja como una simétrica y equilibrada lucha armada; lo que es una carnicería humana por diferencia de raza, o sea, una matanza racista, queda soezmente presentada como una labor de higiene, en la expresión políticamente correcta de limpieza étnica…

El eufemismo es a veces una perífrasis de significación más abstracta: el despido asume un aire de frialdad técnica en el reajuste laboral, y la acuciante falta de viviendas se ve tratada con una sublimada y virtual solución habitacional; un drogadicto es un ciudadano casi sin problemas si se le nombra como usuario de sustancias adictivas; en fin, a la indeseada realidad del aborto se le quita dramatismo con la perífrasis lenitiva de interrupción voluntaria del embarazo.

Otras veces se maquilla la directa referencia del sustantivo con un adjetivo que, si bien se mira, le es contrario; su función es evocar sesgadamente otro sustantivo con el que se quiere identificar el primero: en la expresión guerra humanitaria se disfraza la guerra de «ayuda» a la gente a la que, llegado el caso, se masacra; y como la prevención se asocia a la defensa, y todo ataque entra dentro de una ofensiva, los ataques preventivos se pintan como acciones en defensa propia ante agresiones inexistentes.

Demasiadas expresiones resultan cruelmente irónicas, pues su significación niega de plano las informaciones de la realidad: así sucede, con la frase de economía emergente aplicada a países depauperados, a los que no dejan levantar cabeza ciertos organismos internacionales.

Estas expresiones del lenguaje políticamente correcto ya no son populares ni tienen un fin terapéutico: se urden, diseñan y preparan en gabinetes y centros de información y propaganda, para facturarlos luego a los medios de difusión a través de las agencias de prensa (…).

El género es, en el español, una categoría morfológica que se extiende a todos los sustantivos de la lengua sin excepción: no hay ninguno que no sea o masculino o femenino. Existe incluso en aquellos sustantivos en los que no significa nada, como en sillón y silla, acento y tilde, muro y pared. En la realidad referida por persona, criatura, bebé o alguien o por pulga o buitre (sustantivos llamados epicenos) hay diferencias de sexo, pero de ellas no se ha hecho eco la lengua: el género no las refleja. Son los usos, los hábitos heredados, los interesados y la opinión social de la comunidad hablante los que han hecho que, a veces sí y a veces no, el género refleje el sexo.

En menos casos el género hace referencia al tamaño, mayor o menor, de ciertos objetos: ventana/o, ría/o, bolsa/o, charca/o. También alude a la cantidad: es casi general que el masculino se asocie a la unidad o individuo, y que el femenino lo haga al conjunto: tuno/a, huevo/a, leño/a, cuerno/a, el/la mar, el/la policía.

En definitiva, no sólo no existe identificación entre género y sexo, sino que su asociación es estadísticamente minoritaria. Entonces, ¿para qué sirve el género cuando no sirve para nada significativo? Pues -unas veces junto con el número, y otras también con la persona- sirve como enganche de la concordancia. Y, a su vez, la concordancia sirve para integrar, aplicar o identificar los significados de las palabras concordantes. Es la responsable del distinto sentido de parejas de frases como las siguientes:

Él la dejó preocupado / Él la dejó preocupada.

Escribí la carta primero / Escribí la carta primera.

Mi mujer no compró la mesa: la hice yo / lo hice yo.

La concordancia, en suma, es algo así como el cauce por el que discurren hasta mezclarse las corrientes léxicas de las palabras. El género, pues, sólo puede definirse como una virtualidad combinatoria o —en término familiar para los químicos— como una «valencia»; gracias a la cual sustantivos y adjetivos o pronombres pueden combinar sus significados «atómicos» para formar expresiones semánticas «moleculares», por así decirlo (…).

En toda oposición morfológica hay un término marcado, definido o exclusivo, y otro que es no-marcado, genérico o incluyente. En el número, es marcado el plural, y genérico el singular, pues el sustantivo singular puede equivaler al plural: «La mujer ha estado secularmente discriminada», «la naranja de mesa ha triplicado su precio», «el hombre ha dominado en la familia tradicional». Otro tanto sucede en el verbo con el tiempo presente (término genérico) respecto del pasado, pues este valor puede expresarse mediante «presente histórico»: «Colón descubre América en el 1492». Y así en las demás categorías gramaticales.

En el género —que no es ninguna excepción—, el femenino es término exclusivo, y el masculino el genérico o inespecífico, de modo que este puede englobar en su referencia a aquél: «El lobo es un animal depredador», «El Hombre es un lobo para el hombre», donde quedan referidas también las lobas y las mujeres (además de, por cierto, los lobeznos, las niñas o los viejos).

Al ser el masculino el término indefinido, puede decirse que sustantivos como rector, médico, presidente, capataz o peón sólo son masculinos «de facto»: basta con que una nueva realidad histórica y social lo demande, para que se especifiquen como femeninos los correspondientes rectora, médica, presidenta, capataza o peona. (En cambio, son contados los casos de «masculinización»: modisto, comadrón, azafato, y no sé si alguno más). No hay límite lingüístico para la feminización de los masculinos: no será por la falta de nombres femeninos por lo que las mujeres no alcancen los más altos cargos, puestos o empleos; ni porque se habiliten femeninos a troche y moche se van a satisfacer antes las legítimas demandas y los méritos históricos de las mujeres (…).

Pero la diferenciación genérica y sexual ha querido llevarse también al terreno de la sintaxis, a los enunciados concretos, en la forma del «doblete»; éste ha llegado, casi por sí solo, a seña de identidad del «lenguaje no sexista», y que, por supuesto, señala como políticamente correcta a cualquier persona que haga uso de él:

Profesoras y profesores, alumnas y alumnos, amigas y amigos: «Buenos días» (o «Buenas tardes») a todas y a todos.

Esta fórmula —que prolonga el señoras y señores de siempre— se ha generalizado en los actos de palabra públicos y formales: mítines políticos, solemnes alocuciones, aperturas de cursoÉ, hasta el punto de que no seguir hoy esta convención verbal sería casi una grosería. El doblete puede resultar elegante, pero siempre que no sobrepase los límites del vocativo. Porque, cuando entra en las normales funciones sintácticas del enunciado, puede amargarle la elocución al más temerario de los hablantes, y también meter al auditorio en una situación de nerviosismo incontrolable.

Como socias y socios de esta ONG, todas y todos tenemos derecho a mostrarnos contrarias y contrarios al nuevo anteproyecto de ley del Gobierno: ninguna ni ninguno debe permanecer callada ni callado ante la nueva tesituraÉ

Esto ocurre porque la concordancia —como procedimiento formal de integración de la información léxica— es sistemática e implacable, y una vez desencadenada, ya no se puede hacer otra cosa que tirarse en marcha e interrumpir el discurso, incurriendo en lo que se conoce con el feo nombre de anacoluto.

Esto pasa en la lengua oral. En lo escrito, bien se puede decir que el papel todo lo soporta y que no se inmuta por muchas barras que vayan separando las terminaciones genéricas de los dobletes. Pero, como las barras oblicuas son una especie de abreviación, y las abreviaturas hay que leerlas, pues ahí te mareas por la vista y por el oído coincidentemente:

Estimados/as padres/madres de familia: se solicita su asistencia a la junta para tratar asuntos relacionados con la educación de su hijo/a, con su respectivo/a profesor/a.

El empleo de las barras —derivado de un uso técnico de la lingüística estructural— es flagrantemente antiortográfico, algo así como una gran falta continuada de ortografía cometida con alevosía y premeditación. Al pronunciarlo, el escrito basado en barras aboca a una barrabasada fonética.

Para no mencionar otra ocurrencia gráfica: la de cargar los escritos con arrobas de arrobas, que, éstos sí, ya son literalmente impronunciables, porque la arroba no es ninguna letra, y, como símbolo moderno, lo es de dirección electrónica. Además, como símbolo simbólico, se supone que habrá resultado poco gratificante desde la perspectiva de género, pues en él la a femenina está contenida en una casi cerrada masculina, al modo como en la costilla de Adán esperaba Eva su eclosión.

En todo caso, barras oblicuas y arrobas suponen un atentado a la ortografía, dificultan la legibilidad y erosionan la lectura. En los comunicados privados (mensajes de móviles, correos electrónicosÉ) podrían pasar. Pero, como forma gráfica en documentos públicos, con razón pueden tomarse como una falta de consideración al ciudadano, en la medida en que el afán de autoexpresión de la perspectiva de género prevalece sobre los valores convencionales de la ortografía al servicio común de la comunicación.

Es verdad que el doblete genérico «visibiliza» a la mujer, pero no siempre para bien. El titular periodístico Detenidas varias sanitarias y sanitarios por asesinar enfermos tras el Katrina, con razón se habrá juzgado como discriminatorio y negativo, precisamente por usar el doblete; habría sido preferible el empleo del masculino genérico (Detenidos varios sanitarios), porque, efectivamente, en este feo asunto el sexo no interviene para nada (…).

El español nos fuerza a aludir al sexo de las personas aún cuando no venga a cuento para lo que decimos. El motivo es que el sexo viene referido por el género gramatical, un signo que, por ser morfológico, forma parte del sistema de la lengua, y es obligado usarlo (…).

Con un mes de embarazo, no puede haber una real seguridad sobre el sexo del feto, y por eso se nombra con el masculino genérico: Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias tienen la gran alegría de anunciar que esperan el nacimiento de su segundo hijo para principios del próximo mes de mayo. Si hubieran dicho de su segunda hija, todos entenderíamos que ya se conocía el sexo del «nasciturus» (toma otro masculino genérico, ahora en latín).

El masculino genérico ha sido, junto con la concordancia, la bestia negra de la perspectiva de género, que ha decidido asociarlo con la ocultación de la mujer por parte del varón, y el dominio de este sobre aquélla:

La mayor expresión de Sexismo en el Lenguaje es la utilización del genérico masculino para representar tanto a hombres como a mujeres (…). Dada la aversión al masculino genérico, y la dificultad del doblete debido a la concordancia, desde el «lenguaje no sexista» se ha preconizado su sustitución por un sustantivo o denominación colectiva correspondiente: así que ni médico ni médica, sino el personal médico; no más fiscal ni fiscala, solo la fiscalíaÉ Su ventaja es que, como colectivos, implican «pluralidad» y su género es puramente gramatical.

El inconveniente es que pocas veces existe un colectivo que les corresponda (no lo hay para la pareja dependiente/a, ¿lo hay para ingeniero/a?). Además, la pareja genérica y su colectivo, aunque cercanos, no son sinónimos, y por tanto, no son intercambiables. Es normal que los fiscales y las fiscalas entren y salgan de la fiscalía, pero resultaría chusco oír que la fiscalía entra y sale de la fiscalía; y si para referirnos a una ciudadana y un ciudadano que protestan, dijéramos que la ciudadanía protesta, ¿no nos pasaríamos cuatro pueblos exagerando? En fin, nadie podría identificar el rotundo comienzo de La Regenta, «La heroica ciudad dormía la siesta», con un subproducto como «Las heroicas ciudadanas y ciudadanos dormían la siesta».

¡Hola!

¿Has buscado tu consulta?

Si no la encuentras, rellena nuestro formulario: