Noticias del español

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| Mario Burgos
corrientesopina.com.ar, Argentina
Martes, 20 de julio del 2010

EL LENGUAJE NATURAL DEL DERECHO

El discurso jurídico se expresa a través del lenguaje natural, es excepcional la remisión a palabras técnicas. Las leyes, los fallos, la dogmática, los alegatos, todos son textos, esto provoca el traslado de los problemas lingüísticos generales al campo del lenguaje jurídico.


El discurso jurídico se realiza con términos que no pocas veces son vagos y ambiguos.

Un término es vago cuando carece de claridad, cuando no se puede determinar con precisión su significado, y es ambiguo cuando es susceptible de adquirir dos o más significados, es decir cuando es aplicable a más de un hecho o cosa.

Según las célebres leyes de Partidas: «las leyes deben ser muy meditadas, recayendo sobre cosas que puedan ocurrir según el orden natural. Sus palabras han de ser sencillas y claras, de modo que todos las puedan entender y retener sin admitir tergiversación ni ser contrarias las unas a las otras».

Y como expresa el viejo y sabio Fuero Juzgo: «el legislador debe hablar poco y bien, y no ha de hacer uso de conceptos dudosos, a fin de que el contenido de la ley, luego que se oiga, sea entendido por todos sin duda ni dificultad alguna». Lo menos que puede pedirse es que la redacción de la Constitución sea lo bastante clara y concisa como para que todos los habitantes puedan comprenderla y de esta manera respetarla y cumplirla.

Pero el Derecho no es sólo texto, también es sistema. Esto exige el cumplimiento de los principios lógicos que procuren la coherencia, independencia y plenitud jurídica. Las leyes son significaciones lógicas que, en su coordinación y subordinación sistemáticas con otras, integran un ordenamiento total y reciben su sentido del todo en que se insertan.

La redacción e interpretación jurídica no termina con la suficiencia lingüística y la coherencia lógica, en toda decisión interpretativa hay siempre una voluntad actuante y actuando, ello implica una connotación política entendida como ejercicio del poder. Jerzy Wroblewsky lo explica magníficamente al decir: «La interpretación de reglas constitucionales decide más sobre problemas políticamente relevantes y está vinculada a más opciones políticas que la interpretación de otras reglas».

El arte de redactar textos jurídicos requiere esencialmente el dominio del lenguaje natural, y además el conocimiento de los principios generales de la hermenéutica jurídica.

Para escribir bien, el redactor necesita también saber interpretar. El presente trabajo aspira a desarrollar algunas consideraciones acerca de la redacción de textos jurídicos, con arreglo a la noción de lenguaje natural, en definitiva, se trata de la relación del Derecho con la lengua.

El lenguaje natural

El Derecho se expresa en lenguaje común. Las normas se escriben en el lenguaje que habla y entiende la gente, de una manera sencilla que facilite su lectura y comprensión, y con contenidos técnicos solamente cuando resulten imprescindibles. Ello implica que el redactor tenga que conocer el lenguaje natural, manejar las reglas de ortografía, de semántica y sintaxis.

Una buena redacción es el resultado de un correcto manejo de la lengua logrado a través del conocimiento profundo de ella y la lectura de obras clásicas y modernas, científicas, humanísticas y literarias.

Antes de seguir rígidamente algún manual de estilo, conviene iniciar una exploración en el territorio propio de la lingüística, aunque sea a vuelo de pájaro, para entender lo que implica la noción de lengua natural o común y conocer nuestro idioma como instrumento de comunicación.

Si de repente me preguntan ¿Qué es patria? No voy a poder definirla, pero al punto imagino la tierra en que nací, sus paisajes y bellezas naturales, el conjunto de mujeres y varones que la habitan, que la aman, la defienden y son capaces de dar la vida por ella; pienso en una lengua común, un acervo cultural compartido, instituciones, costumbres, tradiciones y leyes. No sé definirla pero la puedo imaginar, la puedo representar en mi mente. Tengo una idea de patria. Una idea es la representación de un ser o cosa en la mente.

Cuando enuncio con la voz el objeto que pienso, por ejemplo patria, pronuncio una palabra.

La palabra es la expresión oral de una idea. La palabra puede representarse en lo escrito por medio de signos convencionales, tenemos entonces la expresión escrita de una idea. Las palabras pueden también expresarse por ademanes, señales o gestos.

El lenguaje es el medio para expresar las ideas, puede ser hablado u oral, escrito o gráfico y mímico o gestual.

El idioma o lengua es el conjunto de voces y signos escritos propios de cada nación. Nuestra lengua oficial es la española, antes llamada castellana porque en Castilla fue donde se habló primero con mayor perfección.

La palabra es el núcleo esencial de la comunicación. La palabra es una unidad de sentido, que relacionada con otras unidades de sentido forman un sistema de palabras.

Emitir un juicio es establecer vínculos entre pensamientos, es afirmar o negar algo acerca de un objeto, es atribuirle un predicado a un sujeto. Cuando expreso un juicio con palabras formulo una oración o proposición. Las palabras se unen formando conjuntos sintácticos a los que llamamos oraciones que se agrupan en períodos enlazados por nexos coordinantes y subordinantes, separadas normalmente por el punto y seguido.

El origen del español

Según lo afirma Rodolfo Ragucci, no es fácil determinar cuál haya sido el idioma primitivo de España, sólo se sabe que al llegar los romanos a la Península, en ella se hablaban ya el ibero, el vasco, el celta y el celtíbero, y una gran cantidad de dialectos y subdialectos derivados de mezclas de aquellas con el fenicio, el griego y el cartaginés.

Los romanos en el 206 a. C. llevan el latín, pero no el latín clásico de los escritores como Cicerón, Tito Livio, Virgilio y Horacio; ni siquiera el latín urbano hablado en las ciudades, sino el latín vulgar de los plebeyos, agricultores y advenedizos, que en su mayoría formaban los cuadros del ejército. Para entenderse los romanos con los nativos españoles, y viceversa, trataron de aprender el idioma ajeno. Se impuso el más fuerte, el latín vulgar, pero no sin mezclarse con la lengua o dialecto de cada región. Ello dio origen a otras tantas hablas neolatinas o romances.

En el 409 los visigodos invaden España y la dominan durante tres siglos. Durante ese tiempo se mezclan las lenguas y los bárbaros dejan no pocas huellas del suyo.

En el 711, y por ocho siglos, los árabes dominan la Península Ibérica, y con su aporte lingüístico los romances se modifican aun más.

Romances españoles o lenguas neolatinas son el catalán, aragonés, leonés, asturiano, gallego, castellano, etc., en otras partes se formaron el provenzal, italiano, portugués y rumano.

Son múltiples los elementos que concurrieron a la formación de nuestra lengua, los principales son: el elemento latino, a él pertenecen unas tres cuartas partes del caudal idiomático español; elemento vascuence, griego, godo, árabe, hebreo; elementos de lenguas modernas como el francés, italiano, portugués, inglés, alemán; es notable el elemento americano, que contribuyó con no pocas voces de diversos pueblos aborígenes.

Lengua, cultura y sociedad

Todos los hablantes de español participamos de una misma lengua, aunque notemos características diferenciadoras en la entonación, la acentuación, el uso de palabras típicas de ciertas regiones que no se usan en la nuestra, la utilización de modos expresivos peculiares, que resultan de su contexto cultural. Podemos distinguir fácilmente el español pronunciado por un chileno del mejicano, venezolano, paraguayo, portorriqueño, uruguayo y argentino. Es más, en nuestro país con sólo escuchar la entonación podemos identificar al hablante como oriundo del NOA o del NEA, o de Cuyo o de la Patagonia y, por supuesto, del «porteño».

Las diferencias se dan, en la mayoría de los casos, por el uso que de la lengua hacen los distintos grupos humanos según su asentamiento geográfico, sus condiciones naturales y fundamentalmente por sus pautas culturales. Dentro de cada sociedad se pueden notar también diferentes modos de hablar, según sea el nivel cultural y el contexto social. Uno puede usar un lenguaje culto, especializado, coloquial, vulgar y hasta jergal, dado el caso. Un prestigioso escritor acostumbrado a hablar en círculos literarios una lengua culta, seguramente en su hogar familiar o compartiendo una velada deportiva con amigos lo hará de un modo más informal.

El español es uno solo, no obstante la variada gama de usos locales. La gramática es una sola a pesar de las diferencias de estilos. Pero esto no significa que haya un español puro y desprendimientos imperfectos de la lengua materna. El español de Burgos no es mejor que el rioplatense ni que el centroamericano, el lenguaje cumple una función esencial en la supervivencia de la sociedad, es un vehículo de la cultura. Entonces, si cumple esta función en su respectivo grupo social, es bueno, aunque no se ciña estrictamente a las reglas de la Real Academia. Las diferencias que se perciben en la fonética, entonación y acentuación, responden a reglas y valores culturales propios de cada sociedad particular.

¿A qué nos referimos entonces cuando hablamos de un español correcto o del buen uso de la lengua? ¿Cómo y quiénes determinan lo que es correcto? En toda sociedad se pueden distinguir diferentes usos de la lengua, según el nivel cultural o el grado de instrucción, o la falta de la misma, en los distintos grupos. Hay segmentos que se comunican con una lengua plagada de vulgarismos y jergas, pero también hay una lengua de prestigio propia de sectores sociales de elevada educación, escritores, ensayistas, comunicadores sociales, profesores, etc., que son respetuosos de las reglas de la gramática y marcan una tendencia. Aunque se perciban diferencias en el habla de distintos grupos sociales, éstas no son tan notorias en la escritura, sobre todo en el lenguaje de prestigio. Hay una conciencia colectiva que nos permite aceptar o rechazar, desde nuestra estructura cultural y lingüística, ciertos usos que utilizamos al hablar o al escribir en un lenguaje estándar.

La lengua expresa y transmite la cultura de la sociedad a la que sirve de vehículo de comunicación y, por lo tanto, la lengua interpreta el sentir general y particular del ser humano, pero también la lengua reproduce una forma heredada, unas determinadas estructuras y unos procesos de funcionamiento que le son propios, que son estructurales, por el hecho de constituir en sí misma un sistema lingüístico perfectamente diferenciable de otros.

No hay sociedad sin cultura, y la cultura sólo puede desarrollarse en el seno de una sociedad. Ninguna sociedad puede mantenerse sin una segura trama de relaciones sociales basada en un sistema de conductas previsibles y de expectativas recíprocas respecto de la conducta de los otros. La lengua vive en la sociedad en cuanto es vehículo de comunicación y de transmisión lingüística y cultural en un contexto espacio-temporal.

La sociedad evoluciona, su estructura cultural cambia, su escala de valores, ideas, creencias y normas, mutan con el devenir del tiempo. La sociedad se caracteriza por el pensamiento dominante en una determinada época, que se modifica incesantemente, a veces drásticamente. El lenguaje cambia por el arrastre de la evolución de la cultura, aunque lo hace a un ritmo más lento. El lenguaje no es invariable sino cambiante. Cervantes escribía octubre y otras veces octubre, éste último hoy es un arcaísmo, pero nosotros usamos indistintamente septiembre y setiembre.

Las palabras, en tanto vehículo de expresión de ideas, tienen un campo de significación establecido por normas culturales en una sociedad determinada, en un contexto tempero-espacial. Los cambios culturales —en las instituciones, ideas, creencias y valores— conllevan mutaciones en el campo de significación del lenguaje y así el sentido y alcance de un término se puede extender, reducir, o indicar algo distinto a su significado específico.

Los derechos humanos, por ejemplo, tienen su raíz histórica en el tránsito a la modernidad como reacción a la cultura del poder soberano de la Edad Media, regida por monarcas absolutos con la influencia de los señores feudales. Han surgido y han sido reconocidos de manera progresiva, se han generado en etapas. Derechos de primera generación, de segunda y de tercera y hasta se puede hablar de una cuarta generación, sin que cada una de ellas anule a la anterior sino que, por el contrario, se integre formando un plexo coherente.

La primera generación de derechos humanos, comprende a los derechos civiles y políticos.

Surgen como una valla a las atribuciones del Estado. Son los llamados «derechos libertades»: derecho a la vida, a la integridad y libertad física, libertad de pensamiento y de expresión. Interposición de recursos ante un Poder Judicial independiente. Participación en la vida política del Estado, etc.

Los de segunda generación son los derechos económicos, sociales y culturales. Son «derechos prestaciones» o «derechos a creencias». El Estado debe cumplir con las respectivas prestaciones para la satisfacción de las necesidades públicas: alimentación, habitación, vestido, salud, trabajo, educación, cultura, seguridad social, etc.

Los derechos humanos de tercera generación son los llamados «derechos a la solidaridad». Comprenden el derecho a la paz, al desarrollo, a un medio-ambiente sano y ecológicamente equilibrado. Se incluyen los denominados «derechos difusos», el patrimonio común de la humanidad. Los derechos del usuario y del consumidor, etc. El derecho a la paz, implica el derecho de todo hombre a oponerse a toda guerra y a no ser obligado a luchar contra la humanidad; de negarse a ejecutar una orden injusta que afecte a la dignidad humana si el conflicto bélico resulta inevitable.

Ya existe una cuarta generación de derechos humanos que comprende el derecho de concebir a la humanidad como una sola familia. El derecho a la plena integración de la familia humana sin distingos de nacionalidad.

Con las palabras familia y matrimonio sucede lo mismo. La organización social y política más rudimentaria es el clan, conglomerado humano constituido por todos aquellos que adoran y responden a la protección de un mismo tótem. La organización totémica se caracterizó por la exogamia y el carácter matriarcal de la filiación, en los orígenes del clan la familia propiamente dicha todavía no hizo su aparición.

Con el devenir de los siglos el matriarcado es sustituido por la organización patriarcal, con el padre como cabeza de familia. La unión matrimonial ha pasado por distintos estatus culturales, la poligamia, poliandria, poliginia, monogamia; en las civilizaciones más avanzadas de la antigüedad, por caso Egipto, se practicaban uniones entre consanguíneos a fin de mantener la pureza del linaje. La nueva ley de matrimonio entre personas del mismo sexo, recientemente sancionada, nos pone de cara al cambio del campo de significación de la palabra matrimonio.

El texto jurídico

El texto es el resultado de la expresión escrita, en él se pueden diferenciar dos aspectos: contenido y forma.

El contenido es el conjunto de ideas o pensamientos que se quiere expresar y que sólo comprendemos a través de la forma, es decir con cierta organización, y en un lenguaje caracterizado por la utilización de ciertos recursos expresivos.

En la forma del texto distinguimos estructura y estilo. La estructura es la organización que adquiere el conjunto de ideas que constituye el contenido, el modo peculiar de expresión se denomina estilo.

El texto normativo se origina en una decisión política, por lo tanto tiene una exigencia de certeza. No es posible que de un texto normativo surjan tantas y diversas interpretaciones como lectores tengan. Los textos jurídicos deben caracterizarse por la concisión, precisión y claridad.

La concisión es el resultado de la economía de palabras. Evitar las palabras innecesarias, evitar giros cuando podemos sustituirlos por un vocablo y formular la norma evitando incluir reiteraciones, explicaciones o fundamentos.

La precisión está vinculada al significado de los términos, es el resultado de usar la palabra exacta para referirnos a cada objeto, evitando las ambigüedades y vaguedades del lenguaje.

La claridad depende de la sintaxis, la puntuación y el uso correcto de las formas gramaticales. Un texto constituido por oraciones simples resultará más claro que otro constituido por oraciones compuestas.

Estas reglas básicas de redacción de textos normativos son necesarias, más no suficientes. Para asegurar la realización del propósito del autor del texto jurídico, los destinatarios deben comprenderlo. Ello sólo será posible si utiliza el lenguaje natural, el lenguaje común que habla y escribe la gente.

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