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| Óscar Díaz Arnau (Los Tiempos.com, Bolivia)

El lenguaje florido del fútbol

A la pelota se le puede pegar tres dedos o mordida, de puntín, de chilena, en palomita, de chanfle, en comba, de volea, colgadita, a quemarropa o con efecto para probablemente dejar al arquero en ridículo o a contrapié. Eso siempre y cuando el «cuidapalos» no haya puesto un cerrojo en su portería porque, de ser así, nadie —mucho menos el «tronco»— podrá meterle un gol ni al arcoíris.

Atrás quedaron los buenos tiempos en los que los extremos se llamaban wines y los actuales «cancerberos», goalkeapers. Ya no hay más backs ni marcadores de punta: ahora los laterales son más delanteros que defensores y van y vienen como antes solamente lo hacían los número ocho, cuando el 8 era 8. En la línea de fondo estaban cuatro clavados y no cinco ni tres. Y el 5 era clásico; no había doble cinco, o sea, diez.

A propósito, no existen más las alineaciones del 1 al 11, así que el 9 no es más el 9 de área, el que tenía el arco «entre ceja y ceja». La redonda, o la «caprichosa», tampoco es la número cinco que de chicos resultaba enorme para nuestros pies; ahora «no se mancha» y, encima, «no dobla» a partir de no sé cuántos metros sobre el nivel del mar. Antes, por otra parte, el árbitro era un señor respetable que prefería la sobriedad, andaba siempre de negro y no se dejaba seducir por la alta costura de la patibularia FIFA.

Por lo menos, el fútbol todavía tiene punteros, mediocampistas y defensores, obreros que tiran y construyen paredes, líneas compactas que se adelantan y hacen pressing. Aunque los goles, al menos en España, ahora se «encajan»; soeces se han vuelto los «monárquicos» y ni a su madre respetan, a la Madre Patria que los parió… pero, dejemos en paz a los españoles, que últimamente no encajan sino encasillan. Hasta las ironías —como los insultos— han cambiado… nunca serán lo mismo profiriéndose por Internet.

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