Noticias del español

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| Irene Benito
lagaceta.com.ar, Argentina
Martes, 29 de abril del 2008

EL LENGUAJE DEL DERECHO

No se puede redactar de forma temeraria. Las recomendaciones y las sugerencias abundan en el libro de estilo editado por el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, un material valioso y completo.


Los postulados del libro de estilo publicado recientemente por el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, algunos de los cuales comenzamos a desarrollar la semana pasada, acogen el principio de la simplicidad, que no hay que confundir con la ausencia de elegancia. Es la apuesta valiente de una obra destinada a profesionales que, justamente, no se caracterizan por cultivar una prosa clara y directa, sino todo lo contrario. El primer consejo de este manual ataca la creencia de que sabe Derecho el que escribe complicado: «al redactar una oración debe optarse por el orden natural en la gramática: sujeto, verbo y complementos. Respetar ese orden ayuda a una lectura fácil y, por lo tanto, a una comprensión inmediata del texto».

No sería absurdo vincular este consejo con la sensación —o la realidad— de que cada día se lee menos. El que no lee un texto bien escrito, menos leerá aquellos textos que no se dejan leer. La hipótesis es todavía más lógica en el ámbito de unos tribunales desbordados de trabajo, donde lo que precisamente nunca falta son los expedientes.

El libro de estilo se pone en el lugar del lector cuando recomienda evitar la necesidad de una segunda lectura y redactar párrafos cortos, con una media de cuatro a ocho líneas. Agrega: «para lograr una redacción directa y dinámica es mejor usar siempre la voz activa, porque ayuda a escribir oraciones breves y facilita el empleo de los verbos».

Mejor en español

Otro principio privilegiado en el libro de los abogados madrileños es el que alienta a redactar en español, siempre que sea posible. Este consejo aspira a evitar el uso abusivo de las palabras y locuciones foráneas, un vicio muy arraigado entre los letrados. En el texto, se realiza una aclaración terminológica al definir los extranjerismos como aquellas palabras extranjeras que se usan en el español y que han sido incorporadas en el diccionario académico. Estas se escriben en letra redonda («máster»), mientras que los barbarismos —los extranjerismos que todavía no han sido aceptados o conservan una grafía no españolizada— van siempre en letra cursiva. El objetivo es advertir al lector que esa palabra proviene de otra lengua.

Con el objetivo de reducir al mínimo la necesidad de emplear barbarismos, el manual presenta un listado de palabras extranjeras y una traducción recomendada. Así, I>account manager debe ser reemplazada por «director de cuentas»; approach, por “aproximación o acercamiento»; assistant junior, por «asistente de prácticas» o «pasante»; bluff, por «engaño, mentira, montaje» o «invento» —o directamente con la grafía española «bluf», en redonda—.

En la misma dirección, el anglicismo click debe ceder frente a la forma española «clic».

El libro de estilo también advierte sobre los llamados «falsos amigos» (palabras que no tienen el significado con el que habitualmente son empleadas). Entre varios ejemplos, uno de los más llamativos es el de «impasse», que no significa 'compás de espera' ni 'espacio breve de tiempo' sino 'atolladero' o 'callejón sin salida'. Otro caso curioso el del verbo «operar», un anglicismo que no debe reemplazar a los españoles 'explotar', 'manejar', 'dirigir' y 'hacer funcionar'.

«Volar por los aires» es un pleonasmo porque el aire es el medio normal en el que se efectúa el vuelo. El libro de estilo aconseja decir simplemente «volar». Y evitar la expresión «valorar negativamente», que considera una construcción contradictoria puesto que la acción de valorar es siempre positiva; en lugar de ella hay que usar «rechazar» o «reprobar». Tampoco es correcto emplear «valorar positivamente», porque implica incurrir en otra redundancia, un riesgo que desaparece con «aprobar» y «mostrar conformidad». También hay redundancia en «conjuntamente con», puesto que la preposición «con» está incluida en «conjuntamente»: hay que usar «juntamente con». «Persona humana» es otro pleonasmo; sólo procede para hacer referencia a una «persona bondadosa», porque «persona» es un individuo de la especie humana. Una conclusión semejante merece la expresión «breves minutos», que solamente vale para el lenguaje literario, dado que los minutos tienen todos la misma duración.

El manual expone el equívoco que supone «inflingir», un verbo que no existe: «se trata de una mezcla errónea de otros dos verbos: 'infringir’ e ‘infligir’. Pero el híbrido ‘inflingir’ se está usando con el significado de uno y de otro. Hay que prestar especial atención a no confundir los verbos que lo originaron. ‘Infringir’ significa ‘quebrantar leyes, órdenes, etcétera’, e ‘infligir’ es ‘causar daño o imponer un castigo’”, se aclara. Algo similar ocurre con «asequible» y «accesible». Ambos adjetivos son usados incorrectamente como sinónimos cuando «asequible» se aplica a lo que puede conseguirse y alcanzarse, y «accesible», a lo que es de trato o acceso fácil. Exhorta además a emplear con propiedad el término «balance», que debe ser reservado para dar cuenta sobre el activo y el pasivo de una empresa. Por lo tanto, es inadecuado usarlo como sinónimo de 'examen', 'repaso', 'análisis', 'resumen' o 'informe'.

El beneficio de la duda

Aunque sólo se proponga ser un libro para consultas concretas, el manual del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid (de cuya conducción acaba de retirarse el reconocido y elogiado Luis Martí Mingarro) ofrece alternativas para todos los aspectos involucrados en la redacción de los textos jurídicos (léxico, sintaxis, puntuación y cuestiones de estilo). Este enfoque estructural insinúa que hay muchos criterios por revisar; algunos están olvidados, otros son desconocidos.

En cualquier caso, el libro previene contra la actitud temeraria del redactor que nunca duda, que no se cuestiona y que repite frases hechas sin parar. Por el contrario, al dudar, el hablante se protege contra los accidentes ortográficos —los más comunes— y se permite jugar con la lengua, una herramienta que agradece la actitud creativa.

El fin último del ejercicio de la autocrítica es asumir una posición activa frente al idioma, que, al igual que la democracia, entraña una responsabilidad individual que no puede ser reemplazada por la grupal. Cada hablante decide la medida de esa responsabilidad y, en función de ello, contribuye a engrandecer el idioma o lo maltrata. El libro de estilo de los abogados de Madrid, redactado por la Fundación del Español Urgente, apuesta por el uso responsable de la lengua como un medio para mejorar el ejercicio de la profesión. En el fondo, quienes imparten justicia no pueden ser inmunes a una prosa delicada, que se distingue a simple vista de la que procede de quienes carecen de estilo propio, porque estos están condenados a imitar —malamente— lo peor de los estilos ajenos o pasados.

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