Noticias del español

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| Claudio Mena Villamar
Diario Hoy (Ecuador) - Quito, Ecuador
Viernes, 13 de abril del 2007

EL LENGUAJE

La lengua que hablamos debe entenderse como un factor básico de inclusión social, lo cual significa que solamente gracias al uso adecuado del lenguaje, las personas pueden participar en la vida del conglomerado social al que pertenecen y se hallan en capacidad de incluirse en la sociedad en la que viven y trabajan.


En nuestra realidad social existe una característica que se ha denominado «indigencia expresiva» que califica a aquellos individuos que tienen una limitación poderosa en sus capacidades de expresión mediante el lenguaje escrito o hablado. En este caso no se trata de personas analfabetas que carecen de la facultad de leer y escribir. Se trata de analfabetos en otro sentido: de quienes sabiendo leer aparecen como si no lo supieran, debido a una incapacidad lingüística que les convierte en una especie de minusválidos para los actos de comunicación y de expresión. Estas personas escasamente dotadas de un léxico limitado, se hallan excluidas del acceso a los bienes culturales, pues su capacidad intelectual que está en relación con el lenguaje, esto es con el ámbito de la comprensión, del conocimiento, se encuentra en el nivel más bajo.

Un académico argentino, Pedro Barcia, ha ido más allá de la situación arriba descrita, pues ha planteado que aquello que no sale por la boca sale por el palo, la pedrada o los puñetazos. Este tema, vinculado al ejercicio de la democracia, nos lleva a considerar a estas personas como incapaces de ejercerla por su ínfimo nivel de expresión idiomática. No están en capacidad de ejercer la democracia porque son incapaces del diálogo socrático, del dominio del lenguaje como expresión de una actividad mental que llamamos conocimiento.

Esta indigencia en materia de lenguaje es un cáncer de nuestras sociedades, en las que vemos que los debates, conversatorios, conferencias, solamente reúnen a grupos pequeños que son los «incluidos», los que participan en el tratamiento de temas y problemas comunes porque saben hablar y discurrir en un idioma de expresiones compartidas, gracias a la utilización de palabras que comunican pensamientos, opiniones, mensajes. Cuando este escenario desaparece, surge una aparente democracia, en la que, como hemos visto en nuestra realidad política, no es la palabra la que tiene primacía, ni el don de convencer, de defender o de impugnar, porque ante su ausencia, se abren las otras vías, las de la fuerza y del garrote.

Para atacar esta enfermedad social es urgente instaurar el diálogo en todas las instancias educativas, porque el hombre es dueño de sí solamente cuando es dueño de su lenguaje. Escuelas, colegios y universidades deben tener conciencia de que si la educación en el lenguaje no es prioritaria, todo lo demás será un tiempo perdido.

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