Noticias del español

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| Jesús Rodríguez
Diario de Jerez, España
Viernes, 2 de enero del 2009

EL IDIOMA Y LOS MÓVILES

Acabo de recibir un mensaje extrañísimo : 'Fliz Nvdd xa tda famly. Bsssssssssss. OKM'. Como reconozco el número de una sobrina, la llamo por si se trata de una petición de socorro.


Al otro lado del teléfono suena una voz alegre y despreocupada que me pregunta si he recibido su mensaje de felicitación para toda la familia por las Navidades, en el que me envía muchos besos y nos recuerda que nos quiere mucho. Abochornado, le digo que sí y que mi llamada es sólo para corresponder a su mensaje y enviarle una be seguida de más eses todavía que el suyo.

Depués de colgar me he quedado pensando un rato en cómo recibirá el duende de nuestra lengua española esta 'letrafagia' de moda, que pone en grave peligro de extinción, sobre todo, a las vocales. De la misma manera que las casas tienen sus duendes familiares, las lenguas tienen cada una también el suyo. Son ellos quienes las hacen evolucionar, enriqueciéndolas con palabras y expresiones nuevas. Podíamos decir que los académicos de la Lengua son los legisladores del idioma y los duendes, el espíritu de las leyes.

Puesto que los duendes son seres vivos, aunque invisibles, tienen también un carácter, un modo de ser. El duende del español, por ejemplo, es muy metódico, y se conduce siempre conforme a reglas que sólo transgrede en casos excepcionales. Lo ha sido desde que, con ocasión de la Segunda Guerra Púnica, el latín entró en la península ibérica. Yo creo que una de las primeras muestra de este carácter la dio, allá en el siglo I a. de C., cuando decidió suprimir la -m final de las palabras (firmamentum-firmamento); al poco, la tomó con las vocales : si una palabra latina acababa en -e, la suprimió (mare-mar; sole-sol); si en otra aparecían los diptongos ae – oe, los redujo a una solitaria -e (daemonis-demonio; poena-pena). Más tarde le dio por las consonantes : si a una la seguían cl, fl, o pl, convirtió al grupo en ch (amplum-ancho) y si una consonante fuerte iba unida a una vocal, la suavizó. Así fue como convirtió al metus latino en el 'miedo' castellano y a vita en 'vida'.

A finales del siglo XV y principios del XVI, el duende particular de nuestra Lengua se fijó en la -h y trazó un plan para convertirla en una letra mágica, presente y a la vez ausente. Empezó haciendo que todas las palabras que comenzaran por -f pasaran a hacerlo con -h (por eso facer terminó en 'hacer'). La -h sin embargo seguía estando en las conversaciones, ya que la gente la pronunciaba, aunque débilmente, aspirada. Hizo ver entonces a nuestros antepasados que tener que proferir un soplo gutural sordo para pronunciar una letra era un esfuerzo del que podía prescindirse sin menoscabo de la claridad de la palabra. Al fin lo consiguió y hoy podemos ver el portento de que la -h está en las palabras, pero sin estarlo : está en el lenguaje escrito, pero no en el oral.

Lo prodigioso de esta evolución de nuestra Lengua es que el duende no la hizo sirviéndose de las elites intelectuales sino del pueblo llano, que era analfabeto en su práctica totalidad. Decidió entonces que ya era hora de que los eruditos hicieran algo por el idioma que les servía para aprender y para transmitir sus saberes, y pensó en la eñe y en los monjes. Estos dividían sus jornadas entre rezos y la copia de manuscritos, y para transcribir más rápidamente los textos que tenían sobre la mesa hacían, entre otras, la fullería de colocar una -n pequeña sobre otra de tamaño normal cuando tenían que escribir una palabra compuesta de dos enes seguidas (anno, cennir..). Cuando la copia de documentos dejó de ser una labor manual para hacerse mecánica, con la imprenta, nuestro duende insufló en los impresores ese mismo espíritu económico. Así fue como acabaron sintetizando en las páginas impresas aquella -n superpuesta de los monjes en el sencillo trazo curvado que hoy llamamos tilde, y que es el signo propio de la letra que mejor identifica al español.

Hace tiempo que algunos sesudos lingüistas vienen avisando de que nuestro idioma está en grave peligro porque en los mensajes realizados a través de móviles o del messenger se sacrifica la corrección lingüística a la agilidad en la comunicación. Yo no veo el peligro, porque para el duende del español esta moda no es cosa nueva. Ya tuvo que emplearse a fondo cuando la comunicación se hacía por medio de palomas mensajeras, con textos forzosamente muy extractados; y no digamos cuando se idearon el telégrafo y el alfabeto morse, el telegrama y más tarde el télex. No sólo se aprovechó de estos inventos para enriquecer la Lengua con nuevas palabras, sino que se sirvió de ellos para culminar la revolución que llevaba tiempo planeando y suprimió la segunda y la tercera conjugación de los verbos. Lo hizo con disimulo, sin que la mayoría de los hablantes nos diéramos cuenta, pero basta un poco de atención para advertir que, desde hace mucho, el duende de nuestro idioma no permite que lleguen al Diccionario verbos que no terminen en -ar : telefonear, radiar, televisar, fotocopiar, chatear, formatear, tunear…

Estos graves académicos se quejan de los emoticonos, esas caritas que dibujan un ademán de alegría, tristeza, enfado, ternura, angustia o depresión y que se pegan a los mensajes para expresar el estado de ánimo del que habla, evitándole una larga prosa descriptiva, olvidándose de que los emoticonos no son cosa nueva. Seguro que también ellos remataron alguna vez una carta dibujando un corazón traspasado por una flecha para expresar a su destinataria un «te quiero» melancólico y lejano. ¿Y qué son ese corazón que sangra y esa flecha lancinante sino un emoticono que se expresa en estilo gongorino?.

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