Noticias del español

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| Rafael Padilla
Huelvainformacion.es (Andalucía, España)
Domingo, 18 de febrero del 2007

«EL GENIO DE LA LENGUA»

ALGUNOS expertos en el idioma español —Álex Grijelmo, por ejemplo— recurren a la expresión «genio de la lengua» para personificar esa misteriosa fuerza, inasible y por supuesto también incontrolable, que permanentemente va construyéndolo y adaptándolo.


Escurridizo pero no ilógico, algo sabemos ya, por sus obras, de sus gustos. Prefiere siempre, desde luego, la sencillez. Busca y encuentra las fórmulas más simples, las que mejor consiguen la comunicación. Así, oscurecer el idioma, retorcerlo y complicarlo, suele ser un propósito condenado al fracaso. Adora, por otra parte, la llaneza. Eso que casi despectivamente llamamos el «lenguaje llano» no es más que la percepción exacta de una verdad estadística: el 71 % de las 92.000 entradas del diccionario son palabras llanas o graves. Hay, claro, otras. Pero son minoría en el patrimonio del habla.Persigue tenazmente, además, la economía: le desagradan las palabras largas, acorta por lo general las compuestas, aborrece las reiteraciones artificiales, confía en la inteligencia del oyente, huye del barroquismo en lo obvio, se desespera ante duplicidades tan políticamente correctas como inútiles y molestas para su proverbial sentido común. Se manifiesta, por último, incansablemente democrático. Atento a la voluntad de la mayoría, reconoce sin enojo que la lengua —cualquier lengua— se renueva de abajo hacia arriba y no al revés.

Desecha tentaciones despóticas, repele cualquier intento de modelar la realidad, se conforma con dotar de cierta coherencia a la que, en cada momento, le presenta el pueblo, autor y destinatario de sus vocablos y reglas.Conociéndole, ha de sentirse hoy francamente enojado por causa de las propuestas estrafalarias y pueriles de cuantos le creen esclavo dócil de unos sueños que, aunque legítimos, él no puede conquistar ni facilitar. Debe agitarse en su lámpara milenaria por la proliferación de géneros, en el escribir y en el decir, que ensombrecen el discurso, lo distancian de la normalidad y desprecian el hallazgo —en absoluto relacionado con el sexo— de su sobrio y pragmático masculino genérico. Se preguntará, supongo, por la cordura de quienes reivindican términos exóticos (jóvena, marida, miembra, lideresa), bajo el estandarte subvencionado de una supuesta lucha contra la «violencia lingüística». Dudará, intuyo, de la sensatez de un mundo —el nuestro— que parece tan interesado en la guerra de las formas como indiferente al drama de los fondos. Y al cabo —estoy seguro— se lamentará por carecer de ese poder mágico que otros, frívola y bobaliconamente, le atribuyen.

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