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| Livia Díaz.
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EL GENERO DE LA LENGUA

«En español no existe tradición de uso de la palabra género como sinónimo de sexo», dice información publicada recientemente en la página de información de la Real Academia Española (RAE).


La frase pertenece al documento llamado «Informe de la Real Academia Española sobre la violencia de Género». Hace algún tiempo ya me había percatado de que la distinción de género en los documentos políticos y públicos, aún no está aterrizado en todo el mundo, incluso, al subrayar el tema entre lingüistas, no faltó el chotis sobre el asunto.

En aquella discusión cité las disposiciones acerca de la forma de abordar los aspectos de la vida de la humanidad en la de los hombres y las mujeres, que implica femenino y lo masculino, en el futuro inmediato de la vida de los países que firmaron de acuerdo, a partir de la Cumbre Mundial de Pekín en 1995, sobre género y equidad. Desde entonces, me había quedado claro que estaban establecidas las formas por las cuáles el camino a la igualdad, sería llevado a cabo, comenzando por el reconocimiento de la existencia de las dos partes en la especie humana sobre el planeta tierra; sin embargo, me doy cuenta que no está en realidad inscrito en el lenguaje. Que nuestra comunicación formal sobre el concepto, su empleo, sus variantes, limitaciones, y existencia, en realidad es una formalidad que no viaja en el terreno que le da voz al lenguaje de entendimiento que nos identifica en este idioma.

Partiendo de ahí sus fórmulas ideomáticas, no adquieren junto con las idiomáticas, una cualidad capaz de determinar el terreno de la humanidad, como ejecutor de la formalidad de un acuerdo de forma de vida en la comprensión de las diferencias ni en la actuación de las igualdades. A fin de comprender que una y otra cosa, uno y otro género, somos parte de la misma y aunque humanas, el reconocimiento de sus diferencias, nos llevaría a lograr una igualdad de trato para comenzar, y de respeto a una circunstancia que se pretende establecer, es permisiva de atender y solucionar la problemática de la mujer, pero que en realidad es ajeno a esta circunstancia. Al acceder al mundo con la preclara identificación de que hay un «todos y todas».

El documento agrega: «El anuncio de que el Gobierno de España va a presentar un Proyecto de Ley integral contra la violencia de género ha llevado a la Real Academia Española a elaborar el presente Informe sobre el aspecto lingüístico de la denominación, incorporada ya de forma equivalente en las Leyes 50/1997 y 30/2003 al hablar de impacto por razón de género», motivo este avance. Cito partes del documento, que considero un gran avance, al que ha aventajado la política pública y el periodismo en México, entre otros países. Sin embargo, no dejó de llamarme la atención particularmente la confusión que prevalece, y causó la información sobre el discurso en el género periodístico al abordar los temas, entre quienes imparten cátedra y teórica sobre el uso del lenguaje. Porque es principio de la retórica del discurso político, de la ejecución de los programas de desarrollo social, y los planes de educación, entre los interminables particulares que se pueden señalar, pero quizá los más importantes. Un ejemplo clásico de su introducción en México es aquel día que el presidente Vicente Fox comenzó su discurso, dirigiéndose a los niños como: «chiquillos y chiquillas». Esto porqué. Digamos, a casi diez años vale la pena la reflexión sobre el lenguaje y hacer un espacio en el tiempo y forma para analizar los pormenores de la situación. La RAE explora en esta información el termino «violencia de genero», pero comienza analizando la propia situación de género al decir: «La palabra género tiene en español los sentidos generales de 'conjunto de seres establecido en función de características comunes' y 'clase o tipo': Hemos clasificado sus obras por géneros; Ese género de vida puede ser pernicioso para la salud».

En gramática significa 'propiedad de los sustantivos y de algunos pronombres por la cual se clasifican en masculinos, femeninos y, en algunas lenguas, también en neutros': El sustantivo 'mapa' es de género masculino. Para designar la condición orgánica, biológica, por la cual los seres vivos son masculinos o femeninos, debe emplearse el término sexo: Las personas de sexo femenino adoptaban una conducta diferente. Es decir, las palabras tienen género (y no sexo), mientras que los seres vivos tienen sexo (y no género). En español no existe tradición de uso de la palabra género como sinónimo de sexo. Lo cual orienta a pensar que en el lenguaje, radica una de las principales velas que orientan el principio fundamental de la guía hacia el fomento del entendimiento de la noción, hombre y mujer, como ambas partes del globo cuyos hemisferios son pieza fundamental de su coexistencia y armonía, al convivir en un todo del que debe cambiar también, por principio, su lenguaje. Pero este análisis encuentra que no solamente lo que sobre las olas navega está moviéndose, sino toda la concepción de lo establecido hasta hoy en nuestra vida. Porque al haber sol y luna, no se encuentra mayor problema en saber sus géneros: masculino y femenino. Pero los académicos si encuentran terriblemente problemático distinguir lo femenino de lo masculino con todo lo que implica. Como al comenzar a impartir materia se diga: «señoras y señores, niños y niñas».

Esto a su vez me remite a los tiempos en que se enumeraba niños y niñas, azul y rosa. Se distinguían las cosas de mujeres, y las cosas de hombres. Y estaba absolutamente mal visto y hasta prohibido en algunos casos, mezclar las cosas. Una jovencita no tenía permitido jugar fútbol, en tanto que estaba mal visto tener a un jovencito en la cocina horneando pasteles. El documento del que reduzco la cita al aspecto de género, para no extenderme sobre el termino de violencia que pertenece a un análisis diferente por sus características terminológicas legales, que no tienen una relación directa con este tema, señala: «Tal sentido técnico específico ha pasado del inglés a otras lenguas, entre ellas el español. Así pues, mientras que con la voz sexo se designa una categoría meramente orgánica, biológica, con el término género se ha venido aludiendo a una categoría sociocultural que implica diferencias o desigualdades de índole social, económica, política, laboral, etc».

Quiero entender que el término no está explicando que se sugiere, género identifica lo asociado con las desigualdades humanas. Pero continúa: «En esa línea se habla de estudios de género, discriminación de género, violencia de género, etcétera. Y sobre esa base se ha llegado a veces a extender el uso del término género hasta su equivalencia con sexo: "El sistema justo sería aquel que no asigna premios ni castigos en razón de criterios moralmente irrelevantes (la raza, la clase social, el género de cada persona)" (País [Esp.] 28.11.02); "Los mandos medios de las compañías suelen ver cómo sus propios ingresos dependen en gran medida de la diversidad étnica y de género que se da en su plantilla" (Mundo [Esp.] 15.1.95). Es obvio que en ambos casos debió decirse sexo, y no género».

La reflexión.

De aquel acuerdo de la Cumbre de Pekín, lo que me extraña es la traslación de lo simple a lo complejo ha pasado desapercibido para el sector más importante de la población, el educativo.

Desde que comenzó a emplearse el género para diferenciar a los dos grupos que integramos la sociedad, hombres y mujeres, se ha visto su paso en todas las expresiones de carácter político, público, social e informativo.

En los programas de carácter social, en la retórica política, en la expresión pública, se habla de géneros, y se dice «señoras y señores». En la información se comenzó a hablar de mujeres y tener incluso una fuente informativa para conocer los problemas propios de las mujeres que no son los de los hombres.

Es cierto que nos diferenciamos por el sexo, pero de ahí, por la vida sexual, todavía mucho más. Por ende género aterriza en la situación de los unos y los otros y engloba, cual el mundo redondo es, los dos hemisferios en que se divide la raza humana.

El reconocimiento de la diferencia tiene entonces una profunda connotación, y no solo la que sugiere este documento de la RAE sobre la social, político, o femenino. Sino una aún más profunda en que se estructura la idea el idioma y el futuro. Sin analizar esto, el propio término sería destacado como una cizaña panfletaria bien sembrada por unas feministas. Y no es así la realidad. La situación que el 70 por ciento de los pobres del mundo son mujeres, orilla al análisis profundo de la solución de su problemática, para el avance de una igualdad, no solo de usos y costumbres sino también de vida.

En ese contexto yo encuentro, y encontré importante, y sostengo: que sin una palabra que señale divida y merodee, o al menos alcance al borde de la comprensión humana, bien especificada en el diccionario de la Real Academia «género» como entidad, de la cual forman parte de la humanidad, la mitad de los habitantes del planeta y no como unas pobres mujeres a las que se les hace un apartado especial con permisividad para usar un término -no suficientemente definido- cualquier intento de llevar a un marco legislativo el ejercicio de una ley, y nosotros, trasmisores de estos conocimientos, caerá sin más en el vacío. Y los logros de la Cumbre también.

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