Noticias del español

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| Luis Fernando Afanador
semana.com, Colombia
Lunes, 23 de abril del 2007

EL ESPLENDOR DE LA LENGUA

En este año de congresos y reflexiones sobre nuestro idioma viene muy bien leer la reciente antología poética de los siglos de oro editada por María del Rosario Aguilar, profesora de la Universidad Nacional. En los siglos XVI y XVII brillaron por primera vez en todo su esplendor el español con Garcilaso, San Juan de la Cruz, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo y Lope de Vega. Si los poetas son los que fundan las lenguas, ellos son los padres de la lengua, las fuentes a las que habremos de volver una y otra vez.


El primer impulso, como se sabe, vino de Italia con el petrarquismo. En el año de 1526, Juan Boscán se encuentra en Granada con Andrea Navagero, el embajador de Venecia, que lo anima a escribir en lengua castellana «sonetos y otras artes de trovas usadas por los buenos autores de Italia». A los pocos días Boscán se dejó tentar por esta forma y así comenzó una fructífera apropiación que echaría hondas raíces en la lírica de la época —renacentista— y, posteriormente, en la barroca. La influencia no fue sólo en las formas métricas sino también en los temas: el amor neoplatónico y cortés en el que el amante sufre eternamente por el desdén o la ausencia de la amada. «Escrito está en mi alma vuestro gesto», dice Garcilaso, el genio lírico del XVI.

El petrarquismo italianizante, sumado al conocimiento de los clásicos latinos —Horacio, Ovidio y Virgilio—, marcó un tono elevado en la poesía que desembocaría en los estilos culterano y conceptista. El culteranismo se caracteriza por el uso del hipérbaton —que trastoca el orden sintáctico de la frase para imitar la sintaxis del latín donde el verbo va al final— y de la metáfora brillante y sensorial. Llega muchas veces a un exceso de ornamentación; su representante más connotado es Luis de Góngora. El conceptismo se distingue por la complejidad de las ideas que buscan asombrar, y sus metáforas resaltan las correspondencias que existen entre los objetos; Francisco de Quevedo es su máximo exponente. Estas dos corrientes, muy intelectuales, se alejan de lo vulgar y de la de la poesía llana que defendían Lope de Vega y Juan de Valdés, quien dijo: «Sin afectación alguna escribo como hablo».

Sin embargo, la interesante tesis del especialista José María Blecua, en un ensayo incluido en la antología, es que los estilos cultos nunca perdieron su contacto «con lo más hondo de la Edad Media», es decir, con la lírica tradicional, esa corriente popular y vital de la lengua cristalizada en el Romancero. La aparición de esas obras cultas no impidió el auge de la poesía romanceril. La prueba es que siete años después de que Garcilaso publicara sus trabajos, se hizo una edición en Amberes del Cancionero de romances y tuvo un gran éxito. «Está bien claro que Garcilaso no vino a matar lo tradicional, sino a vivificar una poesía que habría terminado de adelgazarse como un huso».

Permitir que el lector se sumerja en la diversidad de corrientes poéticas que se entrecruzan a lo largo del Renacimiento y el Barroco es uno de los objetivos de este libro. Una recopilación bastante amplia que muestra la riqueza de formas y de temas en la poesía de los siglos de oro. Por eso, además de los grandes nombres, hay figuras menos conocidas que vale la pena no olvidar como Francisco de la Torre, autor de un bellísimo soneto a la noche: «¡Noche, que en tu amoroso y dulce olvido/ escondes y entretienes los cuidados/ del enemigo día y los pasados/ trabajos recompensas al sentido!». También se destaca la presencia de varias mujeres y de los poetas santafereños Hernando Domínguez Camargo y Francisco Álvarez de Velasco y Zorrilla, considerado el primer poeta que verdaderamente se apropia del lenguaje americano.

Un idioma barroco, el español, que tiende a sacrificar la precisión en aras de la belleza inútil y al que el habla popular le da un anclaje a tierra. Las discusiones del comienzo son también las de ahora.

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