Noticias del español

| María Luisa García Moreno (Periódico Granma, Cuba, junio, 2013)

El español nuestro: «Envalentonado»

Me dice un lector que alguien afirmó que el término envalentonado no existe, pues «no aparece en el DRAE». Pues ¡claro que existe!, muchas, muchísimas palabras no aparecen en el lexicón académico y sí en cualquier otro diccionario de materia, regional, etc. Pero, además, en materia de idioma, todo lo que está consagrado por el uso existe.

Envalentonado es el participio de envalentonar, formado por en- + valentón, y, según el DRAE significa ‘infundir valentía o arrogancia’ y pronominalizado, ‘cobrar valentía o echárselas de valiente’. En líneas generales, ni las formas verbales conjugadas, ni el participio, ni el gerundio de un verbo aparecen en los diccionarios.

«Eso es una bicoca», repite Meñique, uno de los más queridos personajes de La Edad de Oro. Y ¿saben de dónde procede bicoca? Pues el término viene del italiano bicocca, ‘castillo en una roca’. Se registra desde los primeros años del siglo xvii con los significados de ‘fortificación insignificante’ y ‘cosa de poco valor’. Por esa época, se enfrentaban España  y una coalición franco-veneciana: la batalla se libró el 27 de abril de 1522 en la localidad de La Bicocca, en Milán, con un resultado favorable para los españoles, cuyo triunfo, fácil, rápido y de gran importancia, afianzó su supremacía en la zona. Desde entonces, bicoca se incorporó al español para referirse a algo muy deseado, que se obtiene fácilmente.

Muchas veces he oído decir que murciélago es la única palabra en español con las cinco vocales. Sin embargo, la revista Pionero publicó una nota en la que enumera las siguientes, que no tienen tampoco por qué ser las únicas: abuelito, adulterio, arquetipo, arquitecto, auténtico, comunicante, consiguiera, ecuación, encubridora, educación, enunciado, escuálido, esquilado, estanquillo, estimulador, euforia, irresoluta, jerárquico, menstruación, meticulosa, milonguera, peliagudo, perturbación, repudiado, reticulado, reumático.

Muchos errores se cometen en el empleo de parónimos u homófonos: lectores devenidos cazadores de gazapos me envían los siguientes:

Embestir, (quizá del italiano investire, ‘acometer’), significa ‘ir con ímpetu sobre alguien o algo’ (El camión embistió contra el edificio), mientras que investir, (del latín investīre), es ‘conferir una dignidad o cargo importante’ (Sudcorea invistió a su primera presidenta). Ambos se conjugan como pedir, lo que quiere decir que presentan irregularidad (cambio de e en i en su lexema o raíz).

Vasto, -a, (del latín vastus), quiere decir ‘dilatado, muy extendido o muy grande’ (Tiene vasta experiencia), mientras que basto, -a, (de bastar), significa ‘grosero, tosco, sin pulimento’ (Esos carpinteros realizaron un pulido basto). También basta es sinónimo de hilván.

El elemento compositivo ante-, procedente del latín, denota anterioridad en el tiempo o en el espacio, mientras que el prefijo anti-, de origen griego, quiere decir ‘opuesto’ o ‘con propiedades contrarias’. De ahí que el término antediluviano se forme con el primero de ellos y signifique literalmente ‘anterior al diluvio universal’ y, en sentido general, ‘antiquísimo’. Quienes emplean esta palabra con el prefijo anti- están refiriéndose a algo ‘contrario o enemigo del diluvio’, lo cual carece de sentido.

Los prefijos deben escribirse siempre unidos a la palabra a la que preceden. No debe dejarse espacio ni colocarse guion entre los dos elementos: anteanoche, antidopaje, antimperialista.

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