Noticias del español

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| César García Muñoz, profesor de Comunicación en Central Washington University
El Mundo, España
Martes, 23 de diciembre del 2008

EL ESPAÑOL EN LOS ESTADOS UNIDOS

Existe un gran optimismo en España en lo que se refiere a la pujanza del español en Estados Unidos, país que parecería destinado a convertirse en el centro de gravedad de la cultura en español en el próximo siglo.


Aunque algunas razones de peso permiten sostener esa argumentación, lo cierto es que hay numerosos factores que apuntan en la dirección contraria, es decir, hacia una paulatina decadencia de la importancia de la lengua española en el gigante norteamericano. Me permito apuntar tres de ellos: los patrones de integración de los hispanos en la sociedad norteamericana, la disminución del flujo migratorio y la falta de prestigio del español.

Ciertamente los datos demográficos parecen dar la razón a aquellas visiones más optimistas acerca del futuro de nuestra lengua. Los últimos datos del censo de Estados Unidos indican que la cifra de hispanos es de 42,7 millones, un 14 % de la población total, y que éstos constituyen la minoría de mas rápido crecimiento. Las predicciones apuntan a que si el ritmo de crecimiento de este segmento de la población se mantiene, los hispanos serán un 24 % de la población en el 2050.

Sin embargo, sería un error quedarse en las cifras ya que están basadas en tendencias que se mantendrían constantes a lo largo del tiempo, algo que parece que no va a producirse en el futuro por distintos motivos. Si bien es cierto que el número de hispanohablantes ha crecido en las últimas décadas a un ritmo exponencial —el número de hispanos en 1990 era la mitad que en la actualidad— no es menos cierto que ello se ha debido a la relativamente reciente emigración masiva de latinoamericanos y, muy especialmente, mexicanos (un 40 % de la población hispana de los Estados Unidos ha nacido en Latinoamérica).

Un dato sintomático es que el número de hispanos no se corresponde con el de hablantes del español, que es de 31 millones de habitantes, un 25 % menos que el total de la población de origen latino. Es relativamente sencillo comprobar la incomodidad y dificultad que sienten las segundas generaciones de hispanos al hablar un español que en la mayoría de las ocasiones han aprendido casi exclusivamente en casa y distan mucho de escribir correctamente. En el caso de la tercera generación, siguiendo la tradición integradora de otros grupos étnicos en Estados Unidos, el español se ha convertido en una reliquia del pasado.

La excepción a esta tendencia podemos encontrarlas en aquellas zonas donde los hispanos forman una mayoría relativa como California o Texas, cuya población hispana supone aproximadamente la mitad de todo el país, convertidas en auténticas comunidades bilingües, aunque bien es cierto que los segmentos más dinámicos de la misma tienden rápidamente a adoptar el inglés como primera lengua, tanto en estas zonas como en el resto del país.

Yo mismo soy testigo de primera mano de la timidez y falta de confianza que sienten mis alumnos hispanos a la hora de dirigirse a mí en español, algo que por otra parte muy raramente sucede. La primera lengua de un joven universitario estadounidense de origen hispano tiende a ser claramente el inglés, por numerosas razones: la educación se recibe íntegramente en inglés, la mayoría de los medios de comunicación de calidad emiten en inglés, y el inglés es la lengua de prestigio y de los negocios relevantes en un país donde el español se identifica como una lengua hablada mayoritariamente por las clases subalternas. Nuevamente, me estoy refiriendo naturalmente a Estados Unidos en su globalidad, ya que en ciudades como Miami, Nueva York y Los Angeles hay escuelas bilingües y algún periódico en español de calidad, pero son la excepción que confirma la regla.

Otro importante factor que hace dudar del futuro del español en este país se deriva del hecho de que no está ni mucho menos garantizado que los niveles de emigración desde Latinoamérica se vayan a mantener en los próximos años. La recesión económica y las tendencias proteccionistas manifestadas por el presidente Obama durante la campaña electoral hacen presagiar que la inmigración, lejos de encontrar mayores facilidades, tenderá a ralentizarse en los próximos años.

Hace pocas semanas, el semanario The Economist publicaba un artículo apuntando una nueva tendencia. El regreso de numerosos mexicanos que han perdido su empleo durante la crisis a su país de origen, adonde ya estarían enviando sus ahorros para empezar una nueva vida. Si a ello le unimos las crecientes dificultades de los inmigrantes ilegales para atravesar la frontera (mucho mayor que por ejemplo la que encuentran los inmigrantes africanos en las costas del sur de España), el panorama parece indicar que la inmigración procedente de Latinoamérica puede no sólo ralentizarse sino decrecer en términos absolutos en los próximos años.

El Gobierno norteamericano probablemente ofrezca en el futuro mayores facilidades para instalarse a inmigrantes cualificados, pero todo indica que la relativa laxitud inmigratoria en lo que respecta a los trabajadores ilegales mantenida durante el Gobierno de Bush tiene los días contados. No hay que perder de vista que la contratación de inmigrantes ilegales está comenzando a ser duramente penada en numerosos estados.

Pero quizás el factor más importante se refiere a la falta de prestigio de la que goza nuestra lengua y el desconocimiento de la cultura que en su globalidad pudiéramos llamar hispana en Estados Unidos. No me estoy refiriendo al desprestigio que he mencionado anteriormente, derivado de la clase social de sus hablantes, sino a la falta de interés con que se enseña la lengua española en las universidades. Por supuesto no estoy hablando de los departamentos de español de las grandes universidades norteamericanas, donde nuestro idioma ha gozado de reconocimiento desde hace muchas décadas en los estudios de posgrado, sino de un segundo nivel de universidades estatales y privadas donde, entre los numerosos motivos que los estudiantes esgrimen para tomar cursos de español, figuran el hecho de que si aprenden español no tendrán que empezar desde cero —porque ya tomaron algunos cursos en high school—, o un cierto buenismo que identifica aprender español con tener un gesto de solidaridad con algunas de las capas más débiles de la sociedad. Es muy raro encontrarse un estudiante universitario de español en una universidad estatal que estudie nuestra lengua porque piense que hay una literatura, cine, arte, ciencia, una cultura en suma, que valga la pena. Esta circunstancia es relativamente fácil de percibir cuando se comparan las opiniones de los estudiantes de español con las de estudiantes de otras lenguas como el francés o incluso el ruso.

En numerosas ocasiones el español se aprende de una manera mecánica, totalmente desgajado de la cultura de los países que lo hablan. Quizás sea, como ya advirtió Ramiro de Maeztu hace casi un siglo en su visita a Middlebury College, porque muchos de los profesores no son nativos de países hispanohablantes. En cualquier caso, se echa de menos algo del amor que estudiantes de otras lenguas más minoritarias sienten hacia sus lenguas y culturas de adopción.

Mucho me temo que el futuro del español en Estados Unidos dependa de eso. De la capacidad que tengamos no sólo los españoles sino el resto de hispanohablantes de promocionar y prestigiar la cultura expresada en español, pero sobre todo de generar ciencia y conocimiento en nuestra lengua.

El Instituto Cervantes está realizando una importante labor (que debería haber comenzado muchas décadas antes), pero sería incluso más deseable que hubiera grandes universidades en los países de habla hispana donde se produjera investigación de calidad, o colegios, como ya existen liceos franceses o alemanes, donde pudiera recibirse enseñanza en español, algo que ni siquiera ocurre en ninguna de las grandes ciudades estadounidenses. Desgraciadamente, en lo que se refiere a España, las bases de nuestro sistema educativo y la aquiescencia con la implantación de políticas lingüísticas discriminatorias del español en nuestro propio país indican que ninguna de estas circunstancias parece dibujarse en un horizonte próximo.

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