Noticias del español

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| Matus Lazo
El Nuevo Diario, Nicaragua
Viernes, 25 de abril del 2008

EL ESPAÑOL DE AMÉRICA

Cuando Boabdil, llorando, abandona en 1492 Granada —último baluarte moro— no sólo terminaban más de setecientos años de dominación árabe en la Península Ibérica, sino que ocurrían otros dos acontecimientos de singular importancia para nuestro idioma: la publicación de la primera Gramática de Nebrija, obra que sienta las bases del español escrito y literario, y la más descomunal empresa que registra la historia de España: el descubrimiento de América.


Dos intérpretes trajo Colón al Nuevo Mundo: Rodrigo de Jerez y Luis Torres. El primero —nos informa Rosenblat en el Tomo III de sus Estudios sobre el español de América— había incursionado por tierras de Guinea, y el segundo era un judío converso que hablaba hebreo, caldeo y árabe. Sin embargo, el Almirante tuvo que recurrir en un comienzo al «lenguaje» de las señas, como ocurrió con los indios de las Antillas, las primeras tierras descubiertas y colonizadas. Por eso nos dice el Fray Bartolomé de Las Casas —citado por Rosenblat— que «las manos les servían de lengua».

La lengua entonces, único camino para llegar al conocimiento, se había convertido en un obstáculo para el invasor español y su empresa que incluía, entre otros, tres de sus más importantes expedientes: el trabajo, el mestizaje y la catequización.

Y se inicia el proceso de hispanización que implica, en primer lugar y paralelamente, una doble vía: el conquistador impone su lengua —y su religión y su cultura—, pero se ve obligado a aprender también la lengua indígena. Por una parte, hubo indios que compusieron en su lengua cánticos cristianos, o reconstruyeron con la ayuda de nuestro alfabeto sus antiguas historias; y por otra, padres que escribieron sus sermones e historias en lengua indígena. «El español de América se españoliza» —nos dice Malmberg en La América hispanohablante—, pero «el español de España se americaniza». La huella indígena más notoria y valiosa –explica Alonso Zamora Vicente en su Dialectología española— «es en el terreno del léxico». Por eso a su retorno a España, los descubridores llevaban consigo no sólo una nueva visión de estas tierras ignoradas, sino las nuevas palabras que llegarían a sustituir a las españolas. Ya en 1492, Colón y sus acompañantes hablaban de la palabra portadora de un idioma –la canoa india- , término que el mismo Nebrija se apresuraba a registrar en su Vocabulario latino-español.

Impuesto ya el español en tierras americanas, comienza también otro proceso, inevitable y necesario en la vida de la lengua y su desarrollo: el contacto interlingüístico e interdialectal, como nos aclara Rosenblat en sus Estudios sobre el español de América, «uno de los factores más activos de la evolución lingüística». Se trata de un español, agrega Moreno de Alba en El español en América, que «sin perder su unidad esencial con el europeo», va adquiriendo su propia fisonomía. Un lenguaje convertido en carne y sangre en cada uno de sus hablantes, los cuales viven enraizados en su propio mundo -no el de otros-, que expresan sus vivencias como las viven y como las sienten con las palabras y las ideas que mejor les parece.

En su Diccionario del español de América, Marcos A. Morínigo escribe, al referirse al proceso de diferenciación del español en nuestra América:

Desde los inicios de la colonización de América por los españoles empieza el proceso de diferenciación de la lengua de los colonos con respecto del español que ellos mismos habían traído de la Península, proceso inevitable porque ninguna lengua puede eludir ser la expresión del modo de vida de la comunidad que la utiliza y al mismo tiempo ser la expresión de esa vida.

De ahí la necesidad de conocer mejor esa lengua que el conquistador nos trajo a tierras americanas, singular y distinta del español peninsular, que ha estado sometida –como toda lengua- a un proceso constante de renovación y cambio. Se trata, como afirma Kany en su Semántica hispanoamericana, de la evolución natural de un lenguaje vivo:

Los hablantes escogerán ciertos vocablos, desecharán otros, ampliarán el significado de una palabra, restringirán el de otra y crearán neologismos para adaptarse a las exigencias de tiempo, lugar, ocasión y tono de sensibilidad requeridos.

Por su parte, Rosenblat nos dice que «no hay un solo rasgo importante del español de América que no tenga su origen en España». Pero esos rasgos, lógicamente, van cambiando en su proceso de aclimatación y adquiriendo a su vez sus propias peculiaridades, pues las condiciones particulares de vida le imponen un nuevo sentido de cómo se debe hablar en cada región. Por eso afirma Moreno de Alba: «La lengua que hoy se habla en América es el producto de una evolución incesante».

Es, pues, nuestro español muy propio y característico de estas tierras en sus diversos niveles (fonológico, fonético, gramatical y léxico) -como agrega Moreno de Alba)- cuyos cambios responden a la natural tendencia diferenciadora de las lenguas, pero que no ponen en riesgo su unidad porque pervive un fondo común «mucho más poderoso que los particularismos».

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